Hora tras hora, la mesa se va volviendo parte del paisaje, como esas cosas que uno deja en el patio y termina olvidando: Una silla coja, un tobo sin asa, un tronco que nadie recoge. Ahí está, quieta, sin pulso, sin tensión, sin expectativa. Una mesa que no anuncia nada, que no provoca nada, que no altera ni un milímetro la respiración del país. En esos salones donde se supone que se decide el rumbo, lo único que se mueve es el aire acondicionado. La mesa existe, pero no actúa; ocupa espacio, pero no genera dirección. Y en Venezuela, lo que no genera dirección se vuelve ruido, se vuelve decorado, se vuelve resignación.
Por supuesto que al gobierno de Delcy le conviene ese letargo. Que la mesa no avance, que se estanque, que fracase. Porque el fracaso de la mesa es un gol cantado para el régimen y un desgaste para la oposición, que ya carga suficientes derrotas en mesas como para sumar otra. Ese triunfo silencioso se oye en la calle, dicho con la precisión de quien ya no pierde tiempo en metáforas: “No pasa nada”. Ese “no pasa nada” es una victoria quirúrgica. Una anestesia. Una forma de erosionar la expectativa hasta convertir la transición en un rumor, un cuento contado bajito, una brisa que no mueve ni una hoja.
Dicen que hay movimiento económico, que hay trámites, carpetas, operadores viajando, intermediarios afinando acuerdos petroleros. Que hay “señales”. Que hay “dinamismo”. Pero el ciudadano de a pie no siente nada. No le cambia el bolsillo, no le cambia la vida, no le cambia la noche. Ese supuesto movimiento económico es como el ruido de una máquina vieja funcionando en un cuarto cerrado al fondo de la casa: Se escucha, pero no se ve. Y lo que no se ve, en este país, simplemente no existe.
Los negocios petroleros —si es que avanzan— se mueven en una dimensión paralela, una zona VIP donde unas élites negocian entre sí mientras el resto del país sigue resolviendo la cotidianidad con las uñas. Hay dos Venezuelas: La que firma acuerdos y la que compra pan; La que habla de “reactivación” y la que paga facturas que suben sin explicación; La que negocia petróleo y la que devuelve medicinas en la farmacia porque no las puede pagar. Mientras no haya un puente entre esas dos realidades, cualquier anuncio será solo eso: ruido de fondo, como el ventilador que uno deja encendido para no escuchar el silencio.
Hoy en el mercado, en la cola frente a la cajera, un señor hablaba con alguien a quien trataba como compadre. Era la vida misma, sin adornos, sin análisis, sin pretensiones. “Mira, pana, esta vaina no es sino una reunidera más”, dijo el hombre, acomodándose la gorra sudada. Y el compadre, sin levantar la vista del paquete de arroz que tenía en la mano, soltó la frase que resume el país mejor que cualquier editorial: “Esa mesa es naturaleza muerta”.
Ahí está Venezuela: En esa cola, en ese intercambio casual, en esa frase que no busca convencer a nadie porque ya lo da todo por entendido. La mesa convertida en paisaje; el paisaje convertido en resignación; la resignación convertida en ventaja para quienes administran el estancamiento. Mientras unos hablan de trámites, de negocios petroleros, de carpetas que circulan, la gente resume todo en dos líneas que valen más que cualquier comunicado: Una reunidera más, naturaleza muerta.
Y así, al cabo de una semana, la mesa se va volviendo objeto intrascendente, ruido de fondo, como el televisor encendido en una sala donde nadie mira. La economía se llena de rumores, y la calle —esa sí— se vuelve diagnóstico. Porque lo que no toca la vida diaria, lo que no altera el bolsillo, lo que no cambia la noche, simplemente no existe. Y lo que no existe, en Venezuela, se verbaliza con precisión quirúrgica: “no pasa nada”.
Me pregunto si será que han perdido la vista y la audición.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

