De vez en cuando escribo algo que no cae: explota. Una frase, una línea, una verdad incómoda, y los hunos y los otros, los tirios y los troyanos, salen disparados a pontificar, como si pudieran enseñarnos cómo se hierve el agua. Eso pasó con mi “Carta a los que van a negociar nuestro futuro”: se viralizó porque les tocó el nervio a muchos que llevan años fingiendo que no existe. Los inteligentes la celebraron, no porque yo escriba bien, sino porque puse en negro sobre blanco lo que millones piensan; los otros, los de siempre, los que viven de la conveniente indignación prefabricada, se dedicaron a lanzarme insultos como quien escupe desde un balcón.
Pero yo no escribo para que me aplaudan ni para que me insulten. Escribo porque hay cosas que hay que decir, aunque duelan, aunque incomoden, aunque arranquen máscaras. Escribo porque el silencio, en este país, se ha vuelto una forma de complicidad. Y yo no nací para ser cómplice de nadie. Me permito recordar que el silencio es el asesino de la democracia.
Por supuesto que estoy preocupada por lo que va a ocurrir a partir del sábado primero de agosto. Cómo no estarlo. Sea que el escenario sea un hotel cinco estrellas en Caracas, una finca en las afueras de Madrid o un espacio fortificado en Camp David, y que hablen en español o inglés, lo que ahí se va a discutir y negociar es nada menos que nuestro futuro, el inmediato —el que ya respira en la nuca— y el de más largo plazo, ese que todavía no tiene forma pero ya huele a consecuencias. Y lo que más angustia (e irrita) es que quienes se sentarán en esa mesa parecen creer que están negociando su futuro, no el nuestro, no el del país.
Es bueno que se cree un espacio para construir un acuerdo, claro que sí. Pero también es malo —gravemente malo— que los que van a negociar nuestro futuro hayan caído en esa pedantería rancia de creerse representantes del pueblo, cuando en realidad al pueblo lo han dejado afuera, como burro amarrado a la puerta del baile. Ellos adentro, con aire acondicionado, café importado y discursos con mala sintaxis muy ensayados; el país afuera, esperando que alguien se acuerde de que existe. Esa imagen no es metáfora: es diagnóstico.
Cuando llevan a Venezuela a una sala de negociación, no entra sola: entran sus ruinas, sus muertos, sus presos, sus exilios, sus fracturas, sus hambres, sus miedos, sus esperanzas mutiladas. Entran también los que han sobrevivido a punta de dignidad y los que lo hacen a punta de cinismo. Y ahí, en ese salón donde cada palabra será una ficha de poder y cada silencio una amenaza, se decidirá si seguimos arrastrando esta agonía o si por fin se abre una rendija.
Lo que está en juego no es un acuerdo técnico ni un protocolo diplomático. Lo que está en juego es si quienes se sientan a negociar entienden que representan a un país cansado pero no vencido; fracturado pero no rendido; desconfiado pero todavía capaz de apostar por un horizonte distinto. Lo que está en juego es si esa negociación será un punto de inflexión o una nueva pantomima, otro teatro donde ellos actúan y cobran y nosotros somos los pendejos que pagamos la entrada y el decorado.
Lo que ocurra a partir del primero de agosto —donde sea que ocurra— será un examen. No sólo de ellos: del país entero. Un examen de madurez, de intención, de verdad. Y yo lo miro con la inquietud de quien sabe que el futuro no es un concepto abstracto: es la vida de la gente, gente de carne y hueso y no figuras creadas con una app de inteligencia artificial; es la posibilidad de respirar sin miedo, es la oportunidad de reconstruir lo que se ha roto. Y también lo miro con la rabia de quien sabe que demasiadas veces nos han vendido -y hemos comprado- humo envuelto en promesas.
Cuentan con mi voto de desconfianza y, sospecho, con el de muchos. No porque seamos cínicos, sino porque ya hemos visto demasiadas veces cómo convierten el futuro en mercancía y al país en espectador mudo. Que negocien, sí, donde quieran y como quieran, pero que sepan que no les damos cheques en blanco: los miramos, los medimos, los seguimos. Y esta vez, más que nunca, sabemos exactamente quiénes son. Pueden hacer historia o dejar que la historia los barra. Y no veremos los toros desde la barrera. El pueblo, esa figura que algunos ven por encima del hombro, no será condescendiente.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

