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José Rafael Herrera: La supremacía moral del izquierdismo

 

La cátedra filosófica no es un púlpito. Su autoridad no proviene de la fe que exige, sino de la verdad que demuestra. Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

Uno de los rasgos característicos de ciertos sectores de la izquierda contemporánea es la presunción de detentar una superioridad moral que pareciera darles ventaja sobre sus adversarios. Ya no se trata, como en otros tiempos, de sostener determinadas ideas sobre la justicia social, la igualdad o los derechos humanos. Ahora se trata de algo mucho más profundo y sublime: la creencia de ocupar una posición privilegiada —una suerte de púlpito invisible— desde donde les resulta oportuno juzgar y dictar sentencia sobre el resto de la sociedad.

Es una actitud suele presentarse como una expresión de “progreso”, aunque pareciera poner de relieve una paradoja singular: lo que nació históricamente como una fuerza crítica contra las formas establecidas de dominación, ha terminado reproduciendo algunas de las estructuras doctrinarias más vetustas y conservadoras de Occidente. Se trata de una contradicción que recuerda una de las conclusiones fundamentales de las filosofías de Vico y de Hegel: la historia no se mueve en línea recta. Los movimientos históricos pueden transformarse en su contrario. Lo que surge como negación del dogmatismo puede configurarse en un nuevo dogmatismo. La conciencia que combate la opresión puede terminar generando nuevas formas de opresión. Y la voluntad de emancipación puede degenerar en una nueva forma de dependencia.

Es verdad que la izquierda moderna nació bajo el signo de la crítica. Desde la Ilustración hasta Marx, pasando por los grandes movimientos anarquistas, democráticos o republicanos del siglo XIX, su impulso fundamental consistió en someter a examen las estructuras del pasado, denunciar privilegios y ampliar los horizontes de la libertad. Su grandeza histórica ha consistido en su capacidad conscientemente crítica, en ser la fuerza que cuestiona las certezas y los prejuicios establecidos. Una energía moral e intelectual que se niega a aceptar como naturales las jerarquías políticas, económicas o culturales. Todo tiene que ser sometido al juicio de la razón histórica.

Pero toda negación corre el riesgo de olvidar su propia naturaleza crítica y convertirse en una nueva forma de positividad. La crítica puede convertirse en doctrina y la doctrina puede convertirse en dogma, como le sucedió al marxismo. Y los dogmas suelen terminar exigiendo obediencia. Es aquí donde la reflexión de Hegel adquiere una extraordinaria actualidad. En la Fenomenología del espíritu, Hegel analiza la figura de la conciencia moral abstracta y de la llamada “Alma bella” (die schöne Seele), especie de conciencia que se contempla a sí misma como depositaria de la pureza moral. Su problema no consiste en la falta de principios, sino en el exceso de autocomplacencia espiritual. Está tan convencida de su propia bondad y de sus inequívocas convicciones que pierde la capacidad de reconocerse en sus contradicciones reales con el mundo.

El alma bella vive en la distancia entre sus ideales y sus actos. Conserva intacta su “pureza”, precisamente porque evita confrontarse con las consecuencias efectivas de sus actos. No se mancha. Se niega a dejarse “ensuciar” por la mundanidad. Algo semejante ocurre hoy con los políticos que se presentan como representantes exclusivos de la virtud o la justicia, la inclusión o el progreso. Su legitimidad no deriva tanto de los resultados obtenidos como de la presunta nobleza superior de las intenciones proclamadas. La realidad podrá desmentirlas una y otra vez, pero la autopercepción moral permanece inalterada. La corrupción, el abuso de poder, la impericia o el fracaso administrativo, son interpretados como accidentes repudiables e incompatibles con la pureza de su causa.

Es, en el fondo, un reflexivo que permite explicar por qué algunos de los regímenes más cuestionados del mundo contemporáneo continúan reivindicándose como modelos éticos de emancipación. La contradicción entre discurso y realidad deja de percibirse porque la legitimidad ya no procede de los hechos sino de una superioridad moral previamente establecida. Pero el fenómeno posee una dimensión aún más profunda: esa “superioridad” moral es, en realidad, una abstracción. Una conciencia que se aferra a la pureza de su autodefinición y se niega a dejarse juzgar por la riqueza contradictoria de la Wirklichkeit, de la realización efectiva.

Empero, existe todavía una dimensión más profunda de este fenómeno, una dimensión que el joven Hegel habría reconocido inmediatamente bajo el concepto de positividad. En sus escritos juveniles, Hegel utiliza esta categoría para describir aquellas formas de la conciencia que, habiendo perdido su vitalidad espiritual originaria, terminan en un sistema de normas sin alma, de dogmas y obligaciones que exigen sumisión. Lo positivo es una verdad que ha sido convertida en mandato. Es el espíritu transformado en ley y la libertad degradada en obediencia.

Vista desde esta perspectiva, la superioridad moral del izquierdismo aparece como una nueva forma de positividad. Lo que en otros tiempos fue crítica histórica se convierte en catecismo. Lo que nació como cuestionamiento de las jerarquías termina estableciendo nuevas jerarquías. Lo que surgió para liberar a los individuos de las autoridades tradicionales acaba construyendo nuevas autoridades investidas de “legitimidad moral”. La emancipación se transforma en disciplina; la objeción en vigilancia; la libertad en conformidad. La paradoja deviene abismo. Una conciencia se vuelve reaccionaria cuando deja de reconocerse como momento de un proceso histórico y se concibe a sí misma como encarnación absoluta de la verdad. A partir de entonces se inmoviliza. Ya no aprende de la experiencia porque supone hallarse en posesión de la verdad. Ya no hay confrontación con lo real porque interpreta toda resistencia de lo real como una prueba suplementaria de sus propias virtudes.

La superioridad moral constituye una figura esencialmente abstracta de la conciencia. No percibe hombres concretos sino categorías morales. No encuentra interlocutores sino culpables. No descubre contradicciones sino pecados. El mundo deja de aparecer como una totalidad compleja para convertirse en un escenario maniqueo, poblado por buenos y malos. La política abandona el terreno de la mediación y el reconocimiento para regresar al lenguaje de las condenas.

Lo que se presenta como moralidad absoluta termina generando efectos opuestos a los que proclama. La exigencia de tolerancia degenera en intolerancia. La lucha contra la exclusión produce nuevas exclusiones. La reivindicación de la diversidad termina en uniformidad ideológica. La voluntad de proteger a los individuos concluye restringiendo la libertad de pensamiento. Cuanto más absoluta se vuelve la pretensión moral, más fácilmente se transforma en instrumento de dominación. La razón es simple: la moralidad abstracta no reconoce límites para sí misma. Convencida de representar el bien, considera legítimo cualquier procedimiento orientado a imponerlo. Pero desde el momento en que el bien necesita imponerse mediante la coerción moral, deja de ser un principio de libertad para convertirse en instrumento del poder. La conciencia moral absoluta descubre así su verdad oculta: lo que creía ser la forma más elevada de emancipación es, en realidad, un nuevo modo de sometimiento.

La crítica de la superioridad moral no constituye una defensa del relativismo ni una renuncia a la eticidad: significa recordar que la moral sólo conserva su contenido emancipador cuando permanece abierta a la crítica, a la experiencia y al reconocimiento de sus propias limitaciones. Allí donde una doctrina se declara moralmente infalible, comienza su proceso de degradación. Allí donde una conciencia se proclama absolutamente pura, comienza su corrupción espiritual. El mal no siempre se presenta bajo la forma explícita de la injusticia o de la violencia. A veces, aparece revestido de las mejores intenciones. A veces, adopta el lenguaje de la virtud. Y, a veces, habla en nombre de la humanidad. Es por eso que resulta más difícil reconocerlo, porque la conciencia que se autoconcibe como absolutamente moral suele encontrarse en camino hacia su propia contradicción. Como dice el viejo adagio: “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.

@jrherreraucv

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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