Yo realmente estoy loca, pero no esa locura romántica de poeta con bufanda. No: la mía es una locura con maracas, medias distintas y un diablito de Yare sentado en el hombro dándome ideas. Y hace mucho tiempo, ojo. Esto no es un desperfecto reciente ni un brote de temporada. Esto viene de fábrica, edición limitada, sin manual de uso. Y soy la peor clase de loca: la camuflada. La que parece normalita. La que habla con tono serio, escribe con sintaxis bien estructurada, y la gente cae redondita creyendo que soy una señora formal. Me leen, me oyen, me ven… y ni sospechan que por dentro tengo un zoológico entero haciendo huelga. Pobrecitos. Si supieran.
Y claro, ahora que llevo más de cuatro años de viuda, estoy peor. Bastante peor. Porque ahora pienso más barbaridades, más travesuras, más ideas que harían sonrojar a un cura y a un guardia nacional al mismo tiempo. Antes, cuando mi marido estaba vivo —él, que era un tipo serísimo, casi un lord británico — me frenaba. Me decía “Nené, por favor” con esa cara de reglamento recién impreso. Y yo, bueno, hacía como que me portaba bien.
Pero ahora ando por la libre. Sin freno de mano. Sin supervisor. Sin comité de censura doméstica. Y la locura se me riega como harina PAN en cocina de estudiante. A veces me sorprendo pensando cosas que antes ni borracha, y me río sola, como quien sabe que ya no tiene que pedir permiso para ser un un poquito traviesa, un poquito peligrosa.
Hoy en la tarde, por ejemplo, estaba yo muy propia tomando un café en una terraza deliciosa aquí en Margarita —brisa suave, sol bajito, mar oliendo a cuento bien contado— cuando me puse los audífonos y me dio por ver en el celular a Michael Bublé cantando en la Copa Mundial.
Y sí, ya sé: muchos hubieran preferido que cantara “Home”, esa pieza melcochosa que hace llorar hasta a los perros callejeros. Pero no. El hombre se lanzó “Bring It On Home to Me”, esa joya de Sam Cooke que tiene más alma que un domingo de resurrección. Y ahí estaba yo, sorbiendo café como señora decente, mientras él, con esa cara de “soy perfecto y lo sé”, se metía en ese temazo como si fuera fácil, como si cualquiera pudiera pararse en una Copa Mundial y decir: “permiso, voy a cantar un clásico que te va a dejar con el café frío”.
Y claro, yo, que ya vengo con mis neuronas en estado de descontrol, me puse a imaginar que Bublé me estaba dedicando la canción a mí. A mí, viuda, loca, desatada, tomando café con actitud de femme fatale de pueblo costero. Porque una cosa es oír “Bring It On Home to Me” en Spotify, y otra es verla cantada por ese hombre mientras tú estás en Margarita, con la brisa diciéndote al oído: “suelta”. Y yo solté. Y arranqué a llorar.
Pero no un llantico discreto, no. Un llanto de viuda tropical, de esos que empiezan en la garganta, se calientan en el pecho y salen por los ojos como si una tuviera un surtidor interno conectado directo al alma. Lloré porque la canción es hermosa. Lloré porque Sam Cooke sabía lo que hacía. Lloré porque Bublé la canta como si estuviera pidiendo perdón por todos los que ya no están. Lloré porque extrañar es un oficio que una no pidió aprender, pero igual lo practica a diario. Lloré porque la libertad pesa. Lloré porque soy loca, sí, pero también soy humana.
Pero el cuento no termina ahí.
Porque una cosa es llorar por Michael Bublé en una terraza margariteña, y otra muy distinta es que la vida decida meterle comedia física a la escena. De repente sentí una mano en el hombro. Una mano tibia, humana, preocupada. Me volteo —bueno, intento, porque tenía los ojos como dos parchitas exprimidas— y veo a un señor con cara de angustia existencial, como si acabara de encontrarme desmayada en plena autopista. El pobre hombre me hablaba, me decía cosas, me ofrecía un pañuelo, movía la boca como un pez fuera del agua. Pero claro: yo con los audífonos puestos, metida en mi tragedia musical, no escuchaba ni un suspiro.
Paré el YouTube. Me quité los audífonos. Y ahí lo oigo, con voz de angustia:
—Señora… ¿está bien? ¿Necesita ayuda?
Y ahí estaba yo, con los lagrimones tamaño aguacate, las mejillas enchumbadas, la nariz roja, y tratando de ver cómo demonios le explico yo a este señor —tan genuinamente preocupado, tan decente, tan “vamos a llamar a Protección Civil”— que yo estaba llorando por Michael Bublé. Por un canadiense con traje. Por un cover. Por una fantasía emocional que ni Freud se atrevería a analizar.
Yo solo atiné a decirle algo entre sollozo y risa nerviosa:
—Ay, señor… es que… es que… Michael Bublé…
El hombre parpadeó. Una, dos, tres veces. Y me dijo, muy serio, como quien diagnostica una enfermedad rara:
—¿Ese es su perro?
Yo casi me atraganto con mi propio llanto. Porque claro, ¿cómo le explico yo que no, que no es mi perro, que no es mi ex, que no es nadie cercano? Que es un cantante. Un cantante que ni sabe que yo existo. El hombre me puso el pañuelo en la mano, me dio dos palmaditas en el hombro y, con la solemnidad de un médico que entrega un diagnóstico irreversible, me dijo:
—Bueno… ánimo.
Y se fue. Lento. Mirando hacia atrás. Como quien piensa: “Pobrecita… la hirió un tal Bublé.”
Y yo me quedé ahí, con el café ya frío, el pañuelo ajeno y la certeza absoluta de que, si la locura era poca, ahora tengo testigos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

