Poco que celebrar y mucho que pensar. La presidente electa de Perú enfrenta una cuesta empinada, no por el estrecho resultado —eso es apenas la superficie del problema— sino porque ahora debe hacer algo que en política casi nadie logra: desmontar la idea de que gobernará sólo para los suyos. Tiene que demostrar que puede ser la presidenta de todos los peruanos, incluidos los que votaron en su contra, los que desconfían de ella, los que la miran con recelo desde hace años. Esos eligieron otro cargo: el del liderazgo de la oposición, un rol tan legítimo como el suyo y que merece respeto, no hostilidad. Ese es el verdadero desafío, el que no se resuelve con discursos en plazas públicas ni con fotos de gabinete, sino con gestos que abran puertas en vez de atrincherarla.
El poder siempre invita al sectarismo. Después del “yo gané”, es cómodo rodearse de los propios, escuchar sólo a los propios, creer que la victoria otorga una especie de derecho divino a imponer la mirada propia. Pero un país no es un botín ni un trofeo que se exhibe en la repisa del partido. Y Perú, con su fractura social, territorial y emocional, no puede soportar un gobierno que confunda mandato con revancha. Si Keiko cae en esa tentación, repetirá la historia que ha llevado al país a este punto de cansancio, sospecha y desconfianza acumulada. La victoria electoral no borra las heridas ni resuelve las tensiones; apenas abre una ventana estrecha para intentar recomponer algo que lleva años resquebrajado.
El reto de Keiko y de quienes la rodean es otro, mucho más complejo y menos glamoroso: entender que en el que no ganó también hay buenas ideas, que la discrepancia no es sabotaje, que la crítica no es traición. Que la mitad del país que no votó por ella no es un enemigo a neutralizar, sino una parte indispensable del tejido nacional. Gobernar es un acto de síntesis, no de purificación ideológica. Y la síntesis exige escuchar incluso cuando incomoda, integrar incluso cuando duele, reconocer incluso cuando cuesta. Exige admitir que la política no es un concurso de lealtades, sino un ejercicio de convivencia. Exige, también, abandonar la tentación de gobernar desde la sospecha permanente, ese vicio tan latinoamericano que convierte cualquier desacuerdo en una amenaza existencial.
Si quiere gobernar para todos, tendrá que hacer algo que en la política peruana —y en muchos países latinoamericanos— sería casi revolucionario: admitir que el otro también tiene razón en algunas cosas. Que hay diagnósticos lúcidos fuera de su círculo. Que hay propuestas sensatas en quienes no la apoyaron. Que el país no se reconstruye desde una sola orilla ni desde un solo relato. Que la pluralidad no es un obstáculo, sino una herramienta. Que la democracia no es un coro afinado, sino una conversación difícil. Y que gobernar implica, inevitablemente, convivir con la incomodidad.
Perú necesita menos trincheras y más puentes. Menos consignas y más inteligencia. Menos fidelidades ciegas y más voluntad de encuentro. Necesita que la política deje de ser un ring y vuelva a ser un espacio donde se discute sin destruir. Si Keiko logra eso, si logra romper la perversa lógica amigo-enemigo, si logra abrir el espacio común, entonces tendrá una oportunidad real de gobernar con legitimidad y con éxito. Si no, el país volverá al mismo ciclo de polarización, parálisis y desgaste que ya conoce demasiado bien y que ya no resiste otra vuelta.
Y algo más: Keiko tiene que ser ella, no la hija de Fujimori. Tiene que usar su propio liderazgo, su propio tono, su propia narrativa. Gobernar desde la sombra heredada sería el error más costoso. Gobernar desde su propia voz es, quizá, la única posibilidad de empezar a sanar un país que lleva demasiado tiempo fracturado.
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