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Luis Fuenmayor Toro: Soberanía, democracia, bienestar y paz

 

Hacia septiembre del año pasado, cuando la cuarta flota de la marina gringa se desplazaba hacia el Caribe sur, un grupo de venezolanos, en buena parte, sin filiación partidista, pero comprometidos con nuestra nación, escogimos tres objetivos, que considerábamos fundamentales para nuestro país: soberanía, democracia y paz. Quizás, hemos debido añadir “bienestar”, lo que hubiera sido sin duda más representativo de nuestro sentir. De los análisis concluimos que algo serio iba a suceder, y así lo dejamos ver en entrevistas, declaraciones y artículos de opinión. Tuvimos razón, lamentablemente, y el 3 de enero de este año, fuimos víctimas de una invasión militar breve, pero lo suficientemente poderosa y destructiva, como para derrotarnos militarmente y comprometer en forma grave el ejercicio de nuestra soberanía e independencia nacional.

Como resultado de ese episodio, la cúpula gubernamental remanente, después del secuestro del presidente y de Cilia Flores, derivó, sin duda ninguna, en una suerte de gobierno tutelado, que prácticamente sólo controla el orden interno del país. No decide la conducción económica de la nación: no comercializa nuestro petróleo, ni el gas, ni muchos de nuestros recursos mineros; no decidimos qué vender ni a quien venderle, ni en qué cantidad hacerlo. No fijamos los precios de venta y ni siquiera nos pagan en cuentas bancarias gubernamentales. Es el gobierno gringo quien toma todas esas decisiones, en función de sus intereses. Además, no se dispone del producto de esas ventas, ni tomar ninguna decisión al respecto; EEUU decide cuánto nos entrega de esos recursos, cuando lo hace, en qué debemos gastarlo y supervisa que sus decisiones para que se cumplan estrictamente. Es una clara sumisión colonial. Nos convertimos rápidamente en un protectorado de facto.

Nuestros gobernantes argumentaron, desde el principio, que era militarmente imposible enfrentar al ejército de EEUU, por lo que había que recurrir a las vías diplomáticas y pacíficas, iniciar un camino de reconquista de nuestra soberanía y esperar mejores tiempos. Los opositores extremistas y una parte de nuestro pueblo, harto de años de infames condiciones de vida, de corrupción, negligencia, cinismo, indolencia e ignorancia del gobierno de Maduro, dieron su bienvenida al ejército invasor y celebraron lo que creyeron era el inicio de una bonanza económica, que daría por fin al traste con la miseria, y de una apertura política que acabaría con el sectarismo, la represión y la conculcación de las libertades ciudadanas. Pasan los meses y, pese a los claros signos de apertura política, la prosperidad económica continúa sin aparecer, lo que conspira y compromete seriamente la estabilización anunciada y el futuro desempeño del gobierno de Delcy Rodríguez.

Marco Rubio ha declarado sin ambages que Delcy no dispondrá de recursos más allá de los necesarios para el pago de la nómina de los funcionarios del Estado. Era utópico y fantasioso pensar que iba a ser diferente. Los imperios, mientras menos resistencia encuentran, más aprietan la soga puesta alrededor del cuello de los subyugados. Mientras más seguros están de su dominio, más rienda suelta dan a sus ambiciones y mayores restricciones aplican a las naciones sometidas. Por otra parte, siempre tratarán de sembrar el conformismo, tanto en la dirigencia política, como en la población. Estimularán la resignación a ser una colonia, el espejismo de su amistad con el oprimido y del bienestar que generará esta asociación contra natura. Nos quieren con la mentalidad del esclavo, que agradece las migajas que le lanzan luego del latigazo. La soberanía perdida es la pérdida de más de dos siglos de luchas, esfuerzos, miedos, desventuras y esperanzas; es sin duda ninguna una tragedia histórica.

Se entiende que estamos en el mismo continente de la mayor potencia del mundo. Somos sus vecinos; debemos relacionarnos y trabajar con ellos, tenemos que atender sus requerimientos, sus necesidades, sus demandas. Estábamos además obligados a prepararnos productivamente, científicamente y militarmente, para hacernos cada vez más independientes, sin que esa preparación significara romper con ellos, ni mucho menos en forma violenta. Nos guste o no, nuestro petróleo tenía que garantizarles su seguridad energética. No se puede, por razones baladíes, actuar en forma contraria a esta situación. No tenía ningún sentido práctico ni teórico, mantener una conducta provocadora, que además de inconveniente era claramente negligente por imposible de llevarla a la práctica.

Luchar por la reconquista de la soberanía perdida es un deber de los venezolanos. En esta compleja coyuntura, asistimos a una paradoja perversa: tanto el gobierno de Delcy Rodríguez, como la oposición extremista de María Corina Machado, a pesar de sus diferencias, operan validando el modelo colonial de subordinación instalado por Trump. El gobierno, obligado por las amenazas militares imperiales, y la oposición extremista, por estar de acuerdo con la sumisión ante EEUU: la impulsaron, la pidieron y la celebran. Tenemos un camino muy difícil por delante, pero la salida no está en la sumisión acomodaticia, sino en la resistencia inteligente que permita ir recuperando lo que tuvimos. Pero eso, para ser exitoso, requiere de un apoyo popular masivo, que sólo se obtendrá en la lucha por la conquista de un mayor bienestar social, con una conducta verdaderamente unitaria de la nación y ejerciendo la política de una manera totalmente honesta y transparente.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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