Tal día como hoy, nace Bertrand Russell, ese hombre que desmontaba mentiras como quien desarma un explosivo, con dedos fríos y mente despiadadamente lúcida. Y sobre Carmen Navas habría dicho que la muerte de un hijo a manos de otros no es un hecho: Es un incendio. Un incendio que no sólo consume al hijo, sino que calcina por dentro a la madre, dejándola en pie sólo por inercia, como un árbol carbonizado que aún conserva la forma pero ya no la savia.
Carmen murió el día en que la verdad se le reveló como un rayo: Su hijo estaba muerto —muerto por culpa de otros— y comprendió que no había azar ni destino, sino voluntad humana, esa fuerza oscura que decide quién vive y quién no. Habían sido “otros”: Otros con poder, otros con arma, otros con permiso, otros que sabían que la impunidad es un blindaje más resistente que cualquier chaleco.
Ese “otros” que en Venezuela tiene nombres, cargos, uniformes, silencios. Ese “otros” que mata y luego exige gratitud por devolver un cuerpo como quien devuelve un objeto extraviado en un aeropuerto.
Desde ese instante, la vida para Carmen Navas dejó de ser vida, de tener sentido. Respirar se volvió una humillación. Caminar, un agravio. Comer, una traición a la memoria del hijo.
¿Cómo seguir viva cuando el más elemental de los derechos y sentidos fue arrancado de cuajo por manos ajenas y cobardes?
Russell habría dicho que la grandeza humana está en la ética, no en la eternidad. Pero aquí no hubo ética: Hubo un país convertido en maquinaria de dolor, un engranaje que tritura a los inocentes y pule a los verdugos. Carmen quedó atrapada en ese mecanismo como una pieza que se quiebra, no por fragilidad, sino por exceso de fuerza aplicada en su contra.
Cuando finalmente halló a su hijo —no vivo, no salvable, no rescatable— algo en ella se partió con un estruendo que nadie oyó, pero que ella sintió como un relámpago interno, un desgarrón que iluminó por un segundo la verdad: que ya no había regreso posible. Desde ese día, su cuerpo siguió, pero ella no. Lo que quedó fue la sombra de una mujer que había perdido su norte, su centro, su razón de estar en el mundo.
Russell, cuyo nombre y relevancia por seguro los verdugos desconocen, con su ironía afilada, habría dicho que la muerte oficial de Carmen fue, apenas, un trámite administrativo. La verdadera ocurrió antes, en ese instante en que la injusticia la atravesó como una lanza. Russell habría añadido que la única forma de honrarla no es inventarle un cielo, sino transformar esta tierra en un lugar donde los hijos no sean “descartables”, “sacrificables”.
Carmen murió dos veces. La primera, la que la incendió por dentro. La segunda, la que quedó asentada en su acta de defunción.
Y en ese papel, seguramente, no dice la verdad: Que Carmen Navas no murió “de muerte natural”; murió de la más salvaje injusticia.
Y sin embargo —diría Russell, con esa mezcla suya de lógica y compasión— la muerte de Carmen no debe archivarse como un destino individual, sino como una acusación colectiva. Porque cada vez que un país permite que una madre muera dos veces, ese país también se desangra un poco. La muerte de Carmen Navas no es un episodio: Es un veredicto. Un recordatorio de que la injusticia no sólo mata cuerpos, también arrasa futuros.
Quizá por eso su historia persiste, incómoda, irreductible, como una piedra en el zapato de la memoria nacional. Porque mientras no se nombre a los responsables, mientras no se rompa el pacto de silencio, mientras la impunidad siga siendo la ley no escrita, Carmen seguirá muriendo en otras madres, en otros hijos, en otros hogares que aún no saben que les llegará el turno.
Y tal vez ahí esté la única forma de honrarla: No permitir que su muerte —la primera y la segunda— se vuelva costumbre. No permitir que el país se acostumbre a perder a sus hijos como quien pierde llaves. No permitir que la injusticia se normalice como clima.
Porque si algo enseñó Russell es que la dignidad humana no se hereda: Se defiende. Y Carmen Navas, incluso en su muerte antes de la muerte, nos dejó esa tarea pendiente.
Soledadmorillobelloso@

