“El pueblo nunca se equivoca” fue la frase de circunstancias empleada por Rafael Caldera cuando su derrota ante Jaime Lusinchi en los comicios del año 1984. Una frase en medio de una circunstancia de completo descalabro. Lo desacertado de ella se convertiría en trágica realidad en las elecciones del año 1999 en las que el teniente coronel Hugo Chávez alcanzaría la primera magistratura gracias a dos cosas: los evidentes desajustes en la vida venezolana de entonces y la capacidad de Chávez para vociferar inagotablemente toda clase de promesas y soluciones.
La falsa noción de infalibilidad popular habría de expresarse a todo lo largo del desolador páramo vivido por Venezuela junto a un líder carismático ahora rodeado por un creciente culto a su personalidad. Culto evidenciado en ejemplos tan asombrosos como lograr hablar en un programa dominical transmitido por la televisión estatal durante ocho horas ante un público embobado, capaz de seguir sin pausa esas interminables alocuciones.
La equivocación del pueblo venezolano volvería a manifestarse en la oportunidad de un referéndum que, aunque inicialmente había negado a Chávez la posibilidad de reelegirse una y otra vez, aceptaría un subterfugio posterior que la permitiría la indefinida potestad de aferrarse a la silla presidencial.
La equivocación popular continuaría. Recuerdo mi absoluta sorpresa ante el extraño, muy extraño espectáculo de una anciana mujer del pueblo que, en una manifestación de apoyo a Chávez, portaba una gigantesca pancarta con el rostro de Osama Bin Laden, la mente maestra detrás de los atentados en contra de las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York. Era obvia la razón de ese extraño apoyo: si Chávez, movido en su odio a los Estados Unidos había decidido hacer causa común con los más extremos enemigos de esta nación, entonces el pueblo -que una vez más demostraba que sí era capaz de equivocarse – obedecía a su líder congeniando fraternamente con la mayor amenaza de la nación del norte.
Obviamente, la inmensa mayoría de los venezolanos, incapaces de entender que, de la noche a la mañana, Irán y sus ayatolás, los terroristas de Hezbolá, los terroristas palestinos de Hamás o los criminales de Al Qaeda fuesen interlocutores naturales de la nación venezolana, no podían sino distanciarse de quienes se equivocaban grotescamente al apoyar a todos ellos como aliados naturales de nuestro país. La evidente equivocación de una buena parte de la población nacional no resultaba, en modo alguno, aceptable para la otra. ¿La consecuencia? Un fenómeno que los venezolanos hubimos de soportar por veintisiete años: enfrentamientos inacabables entre nosotros; y, algo mucho más grave: propiciados desde el poder, lo que contradecía groseramente el sentido que cualquier gobierno debería alentar: la avenencia entre sus ciudadanos.
¿La conclusión de todo esto? Frente a la posibilidad siempre posible de la equivocación de un pueblo, habrá de permanecer, como única respuesta, la convicción de que toda colectividad deberá ser educada en el respeto a la ley, a las instituciones, a las leyes, a la tradición y al verdadero sentido de una acción política amparada en la lucidez y honestidad de gobiernos y gobernantes.

