Dicen que la justicia es ciega. Lo dicen con una seriedad que roza lo litúrgico, como si la venda fuera garantía y no una metáfora algo optimista. Lo que rara vez se aclara —quizá porque incomoda, quizá porque ya se volvió costumbre— es que también cojea, se distrae, se hace la dormida… y, cuando conviene, juega a no encontrar lo que tiene justo delante.
A veces parece que no busca, que más bien espera. A veces parece que no duda… selecciona. Pero de pronto —porque incluso los sistemas más previsibles tienen grietas— alguien se tropieza. Y no se tropieza por accidente: se tropieza con esa alfombra gruesa, persistente, cuidadosamente extendida para que todo lo incómodo repose en silencio. Y al caer, se levanta un borde. Y debajo, sorpresa, hay algo más que polvo.
Y entonces pasan cosas.
Sucede, por ejemplo, que Alex Saab —ese nombre que durante años sonó a clave, a contacto, a atajo— cambia de relato sin cambiar de apellido. El hombre de los mil vínculos, de las mil rutas, de las mil justificaciones, termina abordando un viaje que no figuraba en ningún discurso: sin aplausos, sin épica, sin excusas protocolarias. Un traslado sin maquillaje.
No hay alfombra roja esta vez. Hay pista de aterrizaje. Y espera.
Porque el “intocable” —ese que parecía tener siempre una puerta de salida o una explicación a medida— ahora pisa un terreno donde las reglas no necesariamente se acomodan al invitado. Donde el poder no se exhibe, se prueba. Donde la cercanía deja de ser blindaje y empieza a ser… material de interrogatorio.
Una buena noticia, dicen algunos, casi como quien lo dice en voz baja para no espantarla. Un ajuste de cuentas, dicen otros, con más entusiasmo que prudencia. Un guion que cambia de tinta, aunque no sepamos aún si cambia de final.
La historia, vista de cerca, no tiene nada de improvisada. Es una trama larga, aceitada, con personajes que entran y salen como si conocieran de memoria la escena. Un hombre que navegó con destreza entre contratos que alimentaban más preguntas que certezas. Que convirtió las rutas financieras en un deporte extremo y las sombras en territorio de trabajo.
No era un improvisado. Era metódico. Un profesional del laberinto. Un ilusionista, sí, pero no de escenario: de estructura. De esos que no hacen desaparecer objetos, sino responsabilidades. Que convierten lo improbable en rutina y lo opaco en procedimiento. Y, como todo buen mago, con la diferencia de que aquí el truco no entretenía: sostenía.
Durante años, todo parecía funcionar con la precisión de un reloj… sin hora. Hasta que cambian las luces. Y cambia el teatro. Porque allá, en ese escenario donde las preguntas no se negocian con consignas, el espectáculo es menos tolerante al truco. Allí no basta con sugerir. Hay que sostener. Y sostener implica decir, explicar, detallar… y, sobre todo, no contradecirse demasiado bajo presión. Es un espectáculo menos vistoso, pero más incómodo. Menos épico, más quirúrgico. Menos relato, más registro.
Y aquí entra la pieza clave: la voz. Porque en estos territorios, hablar no es un derecho… es una herramienta. Y cantar —sí, cantar— es una habilidad altamente cotizada. No es música, es moneda. Y la pregunta, inevitable, se instala como un eco: ¿qué tan caro puede ser el silencio… y qué tan rentable romperlo? ¿Será este un repertorio breve, cuidadosamente editado, donde apenas se sugieren nombres? ¿O una función sin censura, donde el escenario se llene de conexiones, cifras, rutas, firmas y responsabilidades compartidas?
Porque eso es lo realmente inquietante del momento: no el traslado, no la imagen, no el titular. Eso es golondrina. Lo inquietante es el potencial. Lo que podría decirse. Lo que podría escucharse. Lo que, una vez dicho, no vuelve a caber bajo ninguna alfombra.
En este tipo de mercados —porque lo son—, el valor no está en hablar mucho, sino en hablar “lo justo”. Y cuando se habla “lo justo”, que no se refiere a justicia sino a lo estrictamente indispensable y conveniente, ocurre ese fenómeno tan peculiar donde las culpas se redistribuyen y las penas, curiosamente, adelgazan. Dieta procesal, podríamos llamarla. Nada desaparece. Pero mucho se ajusta.
Mientras tanto, el público observa. Con distancia, con escepticismo, con esa mezcla de ironía y cansancio que da haber visto demasiadas veces el mismo argumento con distintos nombres. Algunos celebran, como si la justicia ya hubiese firmado el epílogo. Otros dudan, porque saben que en estas historias el verdadero libreto se escribe lejos del escenario visible. Porque aquí nadie actúa solo. Nunca. Siempre hay manos que firman y manos que no aparecen. Siempre hay decisiones que se toman y decisiones que se encubren. Y siempre, siempre, hay silencios que no son olvido sino inversión.
Así que sí, puede ser una buena noticia. Pero no por lo que ya es. Sino por lo que puede desatar. Porque por un instante —breve, incómodo, suficiente— algo se mueve. Porque una pieza que parecía inamovible resulta ser desplazable. Porque lo que se pensaba blindado empieza a mostrar fisuras. Porque lo intocable —ese viejo mito tan bien administrado— comienza, tímidamente, a sudar.
Y en un país donde la impunidad se volvió paisaje, donde lo excepcional dejó de asombrar y lo injustificable encontró siempre cómo explicarse, ese pequeño temblor tiene algo de acontecimiento. No es justicia todavía. No nos engañemos. Pero tampoco es lo de siempre. Y en estos tiempos, eso ya es bastante. Ácido, sí. Incómodo, también. Irónico… inevitable. Pero, en el fondo, y pese a todo, con ese raro sabor —casi olvidado— de una posibilidad.
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