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Soledad Morillo Belloso: Con Feliciano Reyna gana la paz

 

Un hombre como Feliciano Reyna no se incorpora al Programa de Paz y Convivencia Democrática para adornarlo ni para rendir pleitesía a nadie: entra para mover placas tectónicas. Su llegada no es un gesto amable ni un guiño simbólico; es una declaración de intenciones. Cuando alguien con su trayectoria decide poner el cuerpo y la inteligencia en un espacio así, el mensaje es inequívoco: el espacio tiene que abandonar la retórica y empieza a ser trabajo ineludible.

Reyna no es un teórico de la paz; es alguien que ha visto de cerca lo que ocurre cuando la dignidad se vulnera y cuando la vida se vuelve rehén de la arbitrariedad. Por eso su presencia incomoda a los que prefieren la paz como eslogan y no como compromiso. Él trae método donde otros traen consignas, trae ética donde otros traen cálculo, trae memoria donde otros traen amnesia selectiva. Y eso, en un país que ha sobrevivido a tanta fractura, es dinamita pura.

Su integración introduce una vara más alta, una exigencia tácita: aquí no se viene a improvisar ni a posar. Aquí se viene a construir convivencia con rigor, a desmontar desconfianzas, a hablar claro, a escuchar incluso cuando duele. La paz, entendida desde su experiencia, no es un abrazo fotogénico: es un proceso arduo, incómodo, disciplinado. Y él lo sabe porque lo ha vivido, no porque lo leyó en un manual.

Que Feliciano Reyna esté allí significa que el Programa deja de ser un proyecto bienintencionado y se convierte en una responsabilidad histórica. Su sola presencia obliga a todos a mirarse en un espejo menos indulgente. Y eso, en un país que necesita reconstruirse desde la verdad y no desde la fantasía, es exactamente lo que hace falta.

Menos piedras y más ladrillos.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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