Sí, y el eco de su caída todavía vibra. Ted Turner, ese hombre que decidió que el mundo debía verse en vivo, sin pausas ni maquillaje, se ha ido. Y mientras los medios corren hoy detrás de su propia sombra, convendría que se detuvieran un instante —sólo uno— a mirarlo bien. Porque Turner entendía algo que ahora parece un arte perdido: la noticia es un servicio, el entretenimiento es un oficio, y confundirlos es una forma elegante de estafar al público.
Turner no pedía permiso. Construía. Cuando lanzó CNN, muchos se burlaron. Qué ocurrencia, noticias a toda hora. Pero él tenía esa insolencia luminosa de los que ven más lejos que el resto. Y de pronto el planeta empezó a latir al ritmo de una señal que no dormía. Desde entonces, cuando algo estalla, tiembla o nace, miramos una pantalla esperando que alguien, en algún lugar, esté transmitiendo. Ese alguien, en el fondo, sigue siendo Turner.
Murió a los 87 años, después de años lidiando con una enfermedad maldita. Una muerte anunciada, sí, pero no por eso menos punzante. Hay figuras cuya partida no sorprende, pero igual descoloca: uno siente que se apaga una lámpara que llevaba décadas encendida.
Y mientras tanto, los medios de hoy —tan ocupados en disfrazarse de espectáculo, tan enamorados del ruido— harían bien en recordar lo que Turner repetía sin adornos: haz el trabajo, cuenta lo que pasa, no te enamores de tu propia voz. Él sabía que la inmediatez no es excusa para la superficialidad, que la audiencia no es ganado al que se le empuja contenido, sino ciudadanos que merecen respeto. Sabía también que el entretenimiento tiene su propio territorio, su propia dignidad, y que no necesita vestirse de “análisis” para funcionar.
Turner fue un constructor compulsivo: CNN, TBS, TNT, Cartoon Network. Fue filántropo de chequera generosa, ecologista testarudo, domador de bisontes, navegante temerario, empresario de lengua afilada. Un personaje de novela americana, de esos que no caben en un solo capítulo. Deja hijos, nietos, bisnietos, tierras, fundaciones, canales, ideas. Pero sobre todo deja una forma de mirar el mundo.
Porque cada vez que una cámara transmite desde un rincón improbable, cada vez que una noticia nos despierta a medianoche, cada vez que el planeta se entera al mismo tiempo de algo que importa, ahí está él, todavía, sosteniendo el andamiaje invisible de esta época.
Un gigante ha caído. Pero los gigantes, cuando caen, no desaparecen: se vuelven horizonte.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

