En la narrativa del poder en Venezuela, el lenguaje ha mutado hacia una suerte de mesianismo amenazante. Hace cierto tiempo, Nicolás Maduro sentenciaba: “Si llegaran a hacerme algo a mí, la ira de los Dioses y de los pueblos sería incontenible”. La frase no es menor; revela la pretensión de quienes, sintiéndose ungidos, intentan vincular su destino personal con fuerzas cósmicas, mientras el ciudadano de a pie lidia con una realidad que parece diseñada por las deidades más crueles de la antigüedad.
Desde el Génesis, la humanidad ha intentado explicar el sufrimiento a través de la voluntad divina. Cada cultura ha bautizado su propia tragedia: para los hindúes fue la tentación de Brahma; para los griegos, la curiosidad de Pandora; y para el mundo judeocristiano, el libre albedrío mal empleado en el Edén. Sin embargo, en la Venezuela de hoy, el “mal” ha dejado de ser una abstracción teológica para convertirse en una gestión cotidiana.
La Geografía del Espanto
Si rastreamos la genealogía del mal, encontramos a Typhon, el monstruo que lanzaba llamas, o a Érebo, la personificación de la oscuridad que llenaba cada rincón del mundo. Es inevitable preguntarse: ¿Es acaso Érebo quien sabotea el sistema eléctrico nacional, o es la impericia de quienes juegan a ser dioses? ¿Será que Lucifer —cuyo nombre irónicamente significa “portador de luz”— está gerenciando las ruinas de lo que fue nuestra industria energética?
El terror que generaba Sheth en Egipto, dios de la sequía y el desierto, palidece ante el marasmo de un país sumergido en la corrupción, donde las instituciones —GNB, DGCIM, o PNB — a menudo generan tanto temor como los propios delincuentes. Como bien planteaba Epicuro en su famosa paradoja: si un Dios es omnipotente y bueno, ¿por qué no erradica el mal? En nuestro contexto, la pregunta se traslada a la tierra: si el Estado debe garantizar el orden, ¿qué sucede cuando la raíz del mal brota de quienes detentan el poder?
De Gurúes y Espejismos
La historia nos ha enseñado que los verdaderos transformadores —Gandhi, Teresa de Calcuta, Mandela, Vaclav Havel— nunca necesitaron ser vistos como dioses; les bastó con ser servidores. El contraste es doloroso frente a la tendencia de ciertos movimientos políticos que intentan justificar acosos y violaciones a la dignidad humana bajo una supuesta “naturaleza divina” o histórica.
Como recordaba Connie Larsson en su misiva a Sathya Sai Baba (aquel guía espiritual tan cercano a la pareja que hoy medita en News York) no se puede vivir como ser espiritual aceptando definiciones impuestas por otros. El endiosamiento del líder es, en última instancia, la confesión de una carencia profunda.
Venezuela se encuentra en una encrucijada donde el tejido social está desgarrado. El analista Fernando Mires lo sentenció con lucidez: “Allí donde hay endiosados no hay ningún lugar para Dios”. La adoración a figuras mesiánicas —primero Chávez, ahora sus herederos— solo delata la ausencia de una verdadera espiritualidad basada en la ética y el respeto al prójimo.
Hoy, más que la “ira de los dioses”, Venezuela clama por la fuerza física y mental que sugería Andrew M. Lobaczewski para proteger la razón humana. Estamos ávidos de que las luces de la razón nos devuelvan la confianza en la política y en la vida.
No es hora de invocar a deidades vengativas que sirven de escudo al Rodrigato hoy , sino a la conciencia y a la razón. Debemos dejar atrás el maniqueísmo nefasto para entender que, si bien la ciencia no miente, detrás de cada oscurantismo —por más denso que parezca— siempre habrá de renacer el sol. Un sol que no pertenece a un partido, sino a un pueblo que ha decidido dejar de adorar a los “insuficientes” para empezar a creer en sí mismo
Sociólogo de la Universidad de Carabobo. Director de Relaciones Interinstitucionales de la Universidad de Carabobo.

