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Ignacio Peyró: León XIV: el primer año de un Papa de centro

 

El 11 de abril de 1963 vino cargado de éxitos: los Beatles publicaron From me to you y Juan XXIII proclamó la Pacem in terris. Si todo el mundo iba a escuchar la canción, la encíclica tendría un público bien cualificado. Kennedy la leyó y la alabó. El New York Times la incluyó, cosa hoy impensable, en su paginado. Los diarios comunistas europeos —L’Unità, L’Humanité— la cubrieron de incienso, y hasta George Kennan, el pensador geopolítico de la época, asistió a seminarios en su honor. Por supuesto, es difícil que un documento pontificio pueda competir en popularidad mundana con un single: tampoco una encíclica que —por obra de Darius Milhaud— llegó a convertirse en sinfonía. Pero, si no en las discotecas, el viejo del Vaticano sí iba a ganar a los muchachos de Liverpool en valor profético: lejos aún del pacifismo y la contracultura, Lennon y McCartney seguían cantando dulces naderías, mientras que Roncalli ya hablaba de raza e inmigración, de “familia humana” y de “paz en el mundo”.

Papa León XIV y niño

Para explicar la sacudida de la Pacem in terris no hace falta, sin embargo, leer toda la carta: basta con detenerse en un encabezado en el que, por primera vez en la Historia, el Papa se dirigía no solo a su rebaño, sino “a todos los hombres de buena voluntad”. El Vaticano estaba interpretando bien, por usar una expresión de la época, los signos de los tiempos. La humanidad acababa de intuir su propio fin con la crisis de los misiles, apenas seis meses atrás. Y, con unas Naciones Unidas en máximos de autoridad, el multilateralismo estaba en pleno mediodía. En esa tesitura, Juan XXIII, con una cierta inocencia u optimismo de época, podía erigirse —como resaltó la prensa seria de esos días— en “conciencia del mundo”.

De entonces a esta parte, los Pontífices iban a seguir teniendo alguna relevancia geopolítica. Pablo VI inaugura los viajes internacionales y —con su abrazo al Patriarca de Constantinopla— los gestos ecuménicos. Juan Pablo II tuvo su papel en la implosión del comunismo y, aunque se recuerde menos, también en la deslegitimación de la aventura de Irak. Benedicto XVI quiso imprimir una nueva mordiente intelectual al catolicismo en lucha contra lo que llamó “dictadura del relativismo”. Y Francisco rebasó en Fratelli tutti los clásicos eclesiásticos en torno a la guerra justa para situar a la Iglesia en una “teología de la no violencia”. El Papado, en todo caso, llevaba mucho tiempo sin tener el protagonismo moral internacional que ha adquirido con León XIV al reeditar, en sus encontronazos con Trump, las antiguas querellas entre Papado e Imperio. Y aquí tenemos una ironía amarga: al contrario de lo que ocurría con Juan XXIII, si hoy se escucha al Pontífice es porque, una vez arrojado al tacho el multilateralismo, no queda nadie que hable por o para el mundo. Nadie que se dirija “a todos los hombres de buena voluntad”.

De igual modo que León el Grande —León I— salió victorioso de sus refriegas con Atila, el choque con Trump solo ha favorecido a León XIV, quien para imponerse no ha necesitado mayor secreto espiritual que el de ser un adulto. Entre la improvisación en Irán y los berrinches contra el Pontífice ha ocurrido algo importante: ha quedado abolida la especie de que Trump, quizá con modos mejorables, encarnaba la vanguardia de una reconquista conservadora y cristiana. La elasticidad de J. D. Vance y Marco Rubio en materia de valores debe de estar llegando a su límite de torsión: ambos son católicos comprometidos, y ¿quién querría asociar su fe a estos desafueros? Es llamativo, por lo demás, que Trump parezca decidido a contrariar a todos aquellos que votaron por él, incluida esa mayoría católica que lo hizo. En una Iglesia como la americana, que lleva décadas dividida, solo una materia ha sido capaz de unir facciones: la política migratoria de Trump y, más en concreto, el ICE. Cosa, quizá, de saber en las propias carnes qué significa haber sido, como papistas, ciudadanos de clase B.

Sin duda, para ganar envergadura moral debe de haber pocas maneras más efectivas que medirse con Trump: a León XIV se la han dejado como se las dejaban a Fernando VII. Los papas gozan, además, de una libertad que no goza ningún otro líder en el mundo: pueden hacer todo tipo de apelaciones genéricas al bien, sin que sus exhortaciones tengan que cohonestarse con la fea política del día a día. Así, cuando León XIV dice que “Dios no bendice ningún conflicto”, seguramente debamos inferir que Dios no bendice este conflicto. Y cuando Vance apela a las nociones de guerra justa que nacen con San Agustín, su argumento tal vez no sea descabellado, pero tiene muy escasas posibilidades de victoria ante un Papa que fue en tiempos superior de la orden de San Agustín. Algo parecido ocurre con la inmigración: podemos postular el deber de acogida del hermano y citar no pocos versículos al respecto, pero cabe plantearse si hay alguna política migratoria que sea íntegramente agradable.

El Papa se sitúa, así, en una tradición de pensamiento social católico cercana a la sensibilidad de la izquierda. Es un pot-pourri ideológico en el que se cruzan el pacifismo italiano, el talante democristiano, el idealismo conciliar al modo de Juan XXIII y una crítica al capitalismo habitual entre los Pontífices. Súmese esa sensibilidad latinoamericana que Francisco tuvo en grado sumo y que León, con una escenificación menos dramática, también se trajo de Chiclayo. Pasando de las musas al teatro, al mirar este primer año de pontificado es legítimo plantearse si, en efecto, León fue elegido también como contrafigura de Trump. Damian Thompson escribe que, todavía en los tiempos en los que “Trump estaba en el papel de pacificador, el Vaticano parecía interpretar cada acción de EE UU bajo la peor de las luces”. Esta visión debe de cualquier modo compensarse con la panorámica que se tiene desde San Pedro, donde el mundo es mucho más amplio que Trump. En su primer Via Crucis, hace apenas un mes, el Papa criticaba con rigor a aquellos que “creen que han recibido una autoridad sin límites y piensan que pueden usarla y abusar de ella a su antojo”. Ahí podemos pensar en el presidente americano, claro, pero también en no pocos africanos —y León acaba de volver de África, donde, entre otras cosas, está el mayor semillero de vocaciones de la Iglesia.

Las enganchadas con Trump han dado prominencia a un Papa al que comenzaban a llamar “el americano impasible” por salvar su primer año sin apenas cambios y sin apenas documentos pontificios. A buen seguro, el gradualismo y la prudencia se deben a la voluntad de sanar, de desinflamar la convivencia dentro de la Iglesia con un mínimo común católico en el que todos se puedan ver reconocidos. De ahí también sus gestos y equilibrios: si por un lado promociona a Erik Varden —último autor estrella de la sensibilidad católica—, por otro recibe a Gareth Gore, autor de un libro muy severo sobre el Opus Dei. En comparación con el pontificado de Francisco, podemos pensar que los fieles más ortodoxos aceptan un cierto utopismo en lo social siempre que no se les toquen valores y liturgias. En esa línea camina León. Que es un camino estrecho lo prueban unos lefevbrianos que van a ganarse la excomunión y no pocos obispos alemanes que siguen al borde del cisma. A una semana de lanzar su primera encíclica sobre IA, en quien piensa León XIV es en aquel León XIII que logró cuadrar el imposible: abordar el tema de su tiempo, e inspirar a la izquierda sin que la derecha dejara de amarlo.

 

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