Hay vínculos que se forman en la distancia, sin que medie relación presencial alguna. Yo veía a esa mujer portentosa que hablaba tan rápido y sabía quién era, lo que había conseguido en el periodismo de este país, una figura casi histórica a pesar de que parecía rehuir las cámaras y los focos. Brillo de oficio, de pasión profunda era lo que me llegaba de ella cuando no la conocía y formaba parte de esa constelación de referentes que una se va tejiendo a medida que crece y busca modelos que sirvan de guía para entrar en la vida adulta. No hay más que repasar las fotografías de Soledad Gallego-Díaz a lo largo de las décadas en el periódico para darse cuenta de que fue una pionera pisando un terreno que parecía patrimonio exclusivo de los hombres: en muchas de esas reuniones ejecutivas ella era siempre la única mujer. Yo tuve noticia directa de la jefa cuando conocí a Lola Hierro en una mesa redonda en Málaga y me habló de la que era entonces la primera directora de EL PAÍS. En la descripción que hacía de Sol había admiración y afecto, un orgullo de formar parte del mismo equipo que ella. Envidié a Lola como envidio a todos los compañeros que han vivido y viven la experiencia de formar parte de una redacción, de pensar y escribir al lado de otros y no en la soledad de una habitación propia. Con el texto una siempre está a solas, claro está, pero la soledad no lo es tanto cuando está contigua a otras soledades.
Lo cierto es que no tengo razones para envidiar a los que disfrutaron de la amistad de Soledad Gallego Díaz o la tuvieron de una forma más cercana. Después de años de admirarla a lo lejos y de leerla me convocó para una comida cerca de Miguel Yuste y me propuso colaborar en el diario. Fui nerviosa, sin saber muy bien qué hacer con las manos, qué decir, cómo sentarme y al cabo de poco su talante resolutivo disipó todos mis miedos. Luego nos hemos encontrado alguna que otra vez en persona y siempre fue generosa conmigo. Y con la causa de las mujeres sin importar de dónde sean o qué religión tengan. Su compromiso con la igualdad, también de las musulmanas, es algo por lo que siempre le estaré agradecida. Más en unos tiempos en los que el relativismo siembra dudas sobre valores fundamentales de la democracia. Cuando esté a punto de vencerme el desaliento de un mundo que va en dirección contraria al progreso, me refugiaré en alguno de los correos que me escribía de vez en cuando. Son mi tesoro.

