Finalicé mi artículo de la semana pasada (Ver: Ismael Pérez Vigil: Inmigración y emigración, dos momentos, un país (1) ) afirmando que el tema de la inmigración y la emigración tiene sus claroscuros y que hay que iluminar algunos rincones que se nos quedan a veces en la oscuridad. Incluí en ese artículo un cuadro en el que se podían apreciar las cifras del proceso, lo que nos permite alertar sobre algunos de los “errores” en los que se incurre al hablar de inmigración.
Error importante
Uno de esos errores, importante, es que al hablar de inmigración debemos cuidarnos de no asumir una perspectiva europeizante. Está bien que destaquemos y hablemos de España, Italia, Portugal y eventualmente de otros países europeos, que sin duda jugaron un papel muy importante en el forjamiento y desarrollo del país; pero no dejemos por fuera a otros. Y no me refiero a la población de origen africano, que vino con la conquista española y durante la colonia, sino a la población del Caribe, de Ecuador, de Perú y sobre todo de Colombia, que llegaron también entre los años cincuenta y principios de este siglo −los colombianos desde mucho antes− y contribuyeron igualmente al desarrollo del país. Conscientes de no incurrir en ese error y visto el impacto de la inmigración, el otro rincón oscuro que es necesario iluminar, y que forma parte del título de este artículo, es la emigración, que es otro momento de la historia del país sobre el que nos toca reflexionar.
Emigración
A partir de 1999 comenzó un giro silencioso. Primero fue la salida de profesionales durante el gobierno de Hugo Chávez Frías; miles de venezolanos descontentos e inconformes con la situación política del país, o sintiéndose amenazados en su seguridad personal y familiar, resolvieron abandonar el país. Familias enteras con recursos de capital, y algunos con doble nacionalidad, decidieron establecerse en el exterior, no sin esfuerzo y trabajo, pero con ciertas facilidades y probabilidades de éxito. Luego, desde 2015 y con mayor intensidad desde 2017, la emigración se convirtió en éxodo, en muchos casos pauperizado, de víctimas de una cruel crisis humanitaria inocultable. Por miles cruzaron las fronteras, caminando, en busca de la oportunidad que su país dio a otros y a ellos les negaba. Hoy los organismos internacionales hablan de entre ocho y nueve millones de venezolanos en el exterior −casi un tercio de la población total del país−. Por lo tanto, se hace necesario evaluar algunas cifras y características de ese proceso.
Como éramos… y como somos
Durante décadas, los venezolanos solo salíamos del país para estudiar o para pasar vacaciones, siempre con la certeza del regreso. Venezuela era un país receptor: un territorio petrolero, amplio −un millón de kilómetros cuadrados− y con una población que apenas en 1971 superó los diez millones de habitantes. En ese contexto, recibir inmigrantes no representaba una presión significativa sobre el empleo, la vivienda o los servicios públicos.
Como ya vimos, en el mencionado artículo anterior, a lo largo de las décadas de los cuarenta, cincuenta, sesenta e incluso hasta los ochenta del siglo XX, llegaron al país miles de inmigrantes de muy diversos orígenes: judíos, polacos, sirios, libaneses; decenas de miles de españoles, italianos, portugueses y sobre todo colombianos; algunos caribeños, y argentinos y chilenos exiliados por razones políticas. Aquellos inmigrantes no desplazaban mano de obra local ni competían por servicios básicos; por el contrario, aportaron conocimientos, destrezas y fuerza de trabajo en un país en expansión. Hoy la situación es radicalmente distinta. A principios del siglo XXI, Venezuela dejó de ser el país que recibía inmigrantes para convertirse en uno de los principales expulsores de población en el mundo. Y esa tendencia −por su magnitud y por sus causas− tiene consecuencias profundas y, en muchos sentidos, irreversibles, que debemos aprender a manejar.
No comparar, ni equiparar
Conviene advertir que no se pueden equiparar las condiciones de la inmigración histórica hacia Venezuela con las condiciones que enfrentan hoy los venezolanos en el exterior. No es comparable el trato que ofrecimos a quienes llegaron al país con el trato que reciben nuestros emigrantes en Colombia, Perú, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos y otros destinos. Sobre todo, porque no son equivalentes las condiciones ni la escala. Y debemos entender que no es lo mismo recibir unos pocos miles de inmigrantes en un país extenso, petrolero y con economía en expansión como Venezuela, que recibir −como ocurre ahora, principalmente en la región− un millón, millón y medio o incluso más de dos millones de personas en naciones con recursos más limitados. Solo en Lima viven cerca de un millón de venezolanos; en Chile, alrededor de medio millón; en Colombia, más de 2,6 millones, sin contar a los que tienen doble nacionalidad.
Crecimiento poblacional
Los países tardan décadas en duplicar su población. Venezuela tiene una trayectoria única en la región: fue el país latinoamericano con mayor crecimiento poblacional en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, superando incluso a África subsahariana en algunos lustros. Como vimos en el artículo anterior, el peso de la inmigración internacional alcanzó su punto máximo en 1981, según el censo, al representar el 7,4 % del total de la población, con 1.074.629 personas. Esa inmigración explica en buena medida por qué Venezuela alcanzó las tasas de crecimiento poblacional más altas de América Latina entre 1950 y 1970.
El promedio de crecimiento de la población mundial desde 1935 es de 1,52 %, siendo su pico más alto de 2,1 % entre 1965 y 1975; en ese mismo período, Venezuela crecía a tasas superiores al 3,6 %, siendo su pico máximo del 4,0 % en la década de 1955-1965. El mundo ha duplicado dos veces su población desde 1930; los países en desarrollo se duplicaron dos veces desde ese año, mientras que los países desarrollados nunca han llegado a duplicar su población. Venezuela ha sido un caso excepcional. Partiendo de 3,36 millones de habitantes según el censo de 1936, se triplicó −no solo duplicó− en apenas 35 años, llegando a 10,7 millones en 1971. Volvió a duplicarse alrededor de 1998, en 27 años, y llegó aproximadamente a 28,4 millones en 2024. La inmigración fue un factor que contribuyó a ese crecimiento, pues el flujo de inmigrantes no solo sumó personas directamente, sino que multiplicó la natalidad, ya que gran parte de los inmigrantes llegaron en edad reproductiva y sus hijos nacieron venezolanos, engrosando el bono demográfico de los años sesenta y setenta.
Con los recursos con los que sabemos que contaba el país, se pudo absorber la inmigración que llegaba. En contraste, hoy en día países como Perú, Ecuador o Colombia han debido absorber, en pocos años, flujos migratorios masivos que presionan sus sistemas de empleo, seguridad, salud, vivienda, transporte y educación.
Reversión
Después de las cifras espectaculares de crecimiento poblacional, que he mostrado, Venezuela es el único caso en la región de un país que pasa a tasa negativa (−0,8 % en el último decenio) sin guerra ni catástrofe natural, sino por emigración masiva; algo que ningún otro país de la región −o del mundo− experimentó, salvo por guerras o catástrofes naturales. Sin el éxodo masivo posterior a 2015, el país habría superado los 35 millones de habitantes en 2025, según estimaciones censales. Con un estimado oficial de más del 20% de la población viviendo en el extranjero, el éxodo venezolano representa el mayor desplazamiento de personas en la historia de América Latina y, en el mundo, solo Siria registra cifras similares.
A ello se suma que una parte importante de la emigración venezolana posterior a 2017 está compuesta por personas con baja calificación laboral, muchas de las cuales emprendieron a pie su salida del país. Este fenómeno, esta inesperada “invasión” para algunos países, ayuda a explicar −que no a justificar− la aparición de sentimientos xenófobos que deben ser denunciados y combatidos, pero también comprendidos en su contexto.
Cifras de emigración
Aunque es un tema muy trillado, mostraré algunas cifras, sobre la emigración, para dar contexto. Veamos en el siguiente gráfico cual es la situación aproximada de los venezolanos en el exterior, de acuerdo con las estimaciones más recientes, para finales de 2025.

El gráfico muestra los principales países de destino (Cifras de 2024, proyectadas a 2025) La distribución actual denota una concentración masiva en América Latina, aunque en los años 2023-2024 el flujo hacia Estados Unidos (vía el Darién) tuvo un repunte histórico, que ya no es tal.
En los siguientes dos cuadros veamos como evolucionó esa emigración, tomando como inicio 2007, el cuadro más pequeño y los últimos datos disponibles de 2024, en el cuadro más grande:

Ni siquiera sabemos con precisión cuántos venezolanos se han ido. El país no tiene cifras, solo negación de ellas. Pero las estimaciones oficiales internacionales hablan hoy en día de ocho o nueve millones, aunque la cifra exacta es incierta. Para 2024, según esas fuentes internacionales (ONU DESA 2024, Pew Research Center, R4V, ACNUR), en términos relativos, Venezuela ocupa el séptimo lugar en el porcentaje de emigrantes con relación a su población total, con casi el 23 %; −aunque en porcentaje el más alto es Guyana, con el 54% de su población−. Pero en términos absolutos, para 2024, en las mismas fuentes, la población emigrante de Venezuela era de 7,7 millones, seguida por Siria, con 7,5 millones. Los casos de Siria y Venezuela son crisis masivas y recientes, con una mezcla de refugiados forzados y migrantes económicos.
Lo que sí sabemos, sin duda algunas, es que existe una emigración extensa que mantiene vínculos familiares, afectivos, culturales y económicos con el país, que se manifiestan en el envío de remesas, el apoyo material a familiares y amigos, redes empresariales, etcétera; aunque no necesariamente mantiene vínculos políticos.
Conclusión
En resumen, en la década de 1950, el 42% de la población tenía menos de 14 años, y el país creció a un ritmo anual, con el que duplicó su población entre 1950 y 1971. La mortalidad infantil cayó un 86% entre 1950 y 2000, lo que permitió que sobrevivieran muchos más jóvenes. En otras palabras, Venezuela pasó de ser un país eminentemente joven en 1950 a uno en pleno proceso de envejecimiento en 2025, no tanto por desarrollo como en Europa, sino como consecuencia de una emigración masiva de adultos jóvenes sin precedentes en América Latina.
El “dato clave” −para lo que desarrollaré en el próximo artículo− es que actualmente casi un tercio de la población venezolana vive fuera del país. Esta cifra supera a la población total de países como El Salvador, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Uruguay o Costa Rica −y, por increíble que parezca, equivale al 95 % de la población de Portugal−. No es casualidad que se diga que tenemos otro país fuera de nuestras fronteras. Pero, como politólogo, lo que más me preocupa es la vinculación de los emigrantes con la situación política del país. Esa será la materia que analizaré en la próxima entrega, junto con la evaluación de esa situación ante la esperanza y perspectiva del retorno de nuestros emigrantes.

