Ustedes, criaturas gloriosamente desordenadas entre los 25 y los 60, no viven en una edad: viven en un ecosistema tropical con microclimas emocionales. Un sitio donde uno sale con paraguas y termina necesitando casco; donde las ilusiones son como iguanas —se reproducen sin pedir permiso— y los miedos son como palomas de plaza: se te montan encima sin que los invites. Es un territorio donde el destino cambia de acera cada diez pasos. Y sí, ya no sirve hacerse el inocente… pero todavía es legal hacerse el audaz sin que te manden a terapia intensiva.
Les tocó crecer en un país diseñado por un arquitecto con humor ácido y un gusto dudoso por las sorpresas: fachadas hermosas, cimientos que crujen, paisajes que enamoran y realidades que exigen casco, rodilleras y un seguro emocional que no existe ni en Mercado Libre. Vieron a los mayores convertirse en ninjas del “resolver”: remiendos, fe, ingenio, terquedad y ese humor negro que debería tener denominación de origen. Aprendieron que aquí lo imposible se arregla con un clip, un alambre, una oración y un chiste para no llorar.
Y ahora les toca decidir si siguen heredando ese manual de emergencia —ya amarillento, ya parchado, ya sospechoso— o si lo queman y escriben uno nuevo con letra grande, tinta fresca y menos superstición.
Aceptemos esto sin anestesia: ustedes ya no son promesas. Las promesas son los de veinte, que creen que la vida tiene “undo”, que los errores se biodegradan y que el tiempo es un buffet libre. Ustedes ya están en la parte del mapa donde no hay botón de “deshacer”, pero sí hay tecla de “reality check” para no repetir estupideces ajenas y propias. Y eso no es tragedia: es superpoder. Poder para equivocarse con estilo, corregir con dignidad y reinventarse sin pedir permiso ni disculpas.
Son como árboles con raíces profundas y tronco flexible: saben de dónde vienen, pero todavía pueden torcerse hacia la luz sin partirse. No están viejos para aprender, pero tampoco están jóvenes para hacerse los pendejos. Están en la edad exacta para dejar de repetir torpezas heredadas: decisiones tomadas por miedo, renuncias disfrazadas de prudencia, silencios que costaron demasiado, lealtades mal estacionadas, esperas eternas a que “alguien” arreglara el desastre.
Y si tienen papás, tíos, profes o viejos maestros que ya pasaron los sesenta pero todavía tienen la cabeza bien amarrada, no les pidan consejo… pero escúchennos. Somos los supervivientes. Los que ya caímos en huecos, zanjas, trampas y alcantarillas. Y créanme: no queremos que ustedes repitan los mismos huecos con la misma torpeza.
Este país —este laboratorio de resistencia emocional, este gimnasio de paciencia, este teatro del absurdo con temporada extendida— no necesita héroes de utilería ni mártires con discurso. Necesita gente que entienda que el futuro no se hereda: se fabrica. A mano. Con callos. Con humor. Con sensatez. Con la certeza de que nadie va a venir a arreglar lo que está torcido desde hace rato. El futuro es un taller, no un milagro.
No se queden en el comentario brillante. No se queden en el “yo opino que…”. Opinar es como lanzar papelillo: bonito, pero no cambia el clima. Construir sí. Y ustedes están en la edad perfecta para construir sin agotarse y sin cinismo, para hacer sin esperar aplausos, para avanzar sin pedir permiso, para equivocarse sin derrumbarse, para corregir sin drama.
Si alguna vez sienten que no pueden solos, recuerden algo que parece obvio pero se olvida: nadie puede solo. Pero juntos, con un poquito de sensatez y otro tanto de humor, se puede con casi todo. Hasta con este país, que ya es decir bastante.
Y ojo: Venezuela —este país que respira con dificultad pero respira— no está para restauraciones nostálgicas ni para museos sentimentales. Lo de ustedes no es rehacer el país de antes. No. Ese país ya fue, con sus luces y sus metidas de pata. Lo que toca ahora es fabricar uno distinto, uno que no repita los vicios, uno que no se arrodille ante los mismos errores, uno que no viva mirando por el retrovisor como quien maneja sin saber que la curva viene adelante. No sean esclavos del pasado.
Un país nuevo no se copia: se construye. Se diseña. Se decide. Se corrige. Se pule. Se vuelve a intentar. Y eso exige una valentía que la nostalgia no da: la valentía de soltar lo que ya no sirve, aunque duela, aunque haya sido bonito, aunque haya sido “lo que conocimos”.
Así que vayan. Hagan. Decidan. Cambien. Equivóquense. Corrijan. Insistan. Ríanse. Y, por favor, no esperen a cumplir sesenta para descubrir que lo que no se atiende a tiempo se daña más.
El calendario corre. No consulta. No pregunta. No se detiene porque a uno le convenga. Empuja. Y más vale que avancen también.
Les hablo con filo, con ese afecto silencioso que sostiene como una mano firme en la espalda. Soy una voz que ya caminó ese tramo, que ya se raspó las rodillas, que ya se levantó sin épica ni violines, y que si algo sabe es que sí se puede.
Y no, no les voy a salir con la cursilería de “ustedes son la esperanza de este país”. Esa frase es de una estupidez insoportable, digna de tarjeta de Hallmark en liquidación, con brillantina barata y un angelito bizco en la portada. La esperanza no se delega como si fuera un perro que uno deja encargado mientras viaja. La esperanza no es un adorno, ni un eslogan, ni un comodín emocional para salir del paso. La esperanza se trabaja, se suda, se fabrica con las manos, con la cabeza, con el cansancio y con la terquedad. La esperanza es un músculo, no una estampita. Y sin entusiasmo y acción, no sirve para nada.
Así que no esperen que nadie les entregue esperanza envuelta para regalo: háganla ustedes, a su medida, con su propio pulso. Ese es el cierre. Y también el comienzo.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

