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Jesús Puerta: El muchacho que Corre tras la esperanza

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A veces pienso que todo el pueblo es un muchacho que va corriendo tras la esperanza que se le va. Alí Primera

A veces (muchas) Alí Primera la pegaba con un verso. Por ejemplo, ese que puse de epígrafe de este artículo, me resuena en el estado de ánimo. Describe el malestar de un pueblo que ha seguido, durante décadas, discursos sobre su emancipación, su pasado heroico, la voluntad de levantarse por encima de sus propios errores, pero hoy parece haberse quedado sin brújula, con un país prácticamente destruido, sin distribución de electricidad, con todo el oriente sin agua, con los trabajadores sometidos a unas relaciones prácticamente esclavista, unas escuelas derruidas y unos hospitales que aguardan que Trump les tire algo del fondo ese en Qatar. Todos sus líderes, de todas las aceras, compiten por un piropo del poderoso rey loco del norte.

El malestar es complejo. Uno se siente como abrumado, deprimido. Pero no es solo social y económico; es la consecuencia de una capitulación política y moral que hasta Dugin, el ideologo de Putin, ha denunciado con todas estas letras: “traición”. Esta “competencia de elogios” expresa claramente que la política nacional ha renunciado a su autonomía. No se busca el apoyo del soberano, el pueblo, sino la validación de la OFAC y el beneplácito del Departamento de Estado.

La tradición del nacionalismo en general, y del petrolero en particular, que hundía sus raíces en la epopeya independentista, o en la vieja ley española que reservaba las riquezas del subsuelo al Estado y que evolucionó desde la Ley de 1943, la ley de la reversión de Caldera, la nacionalización de CAP y las medidas de la era de Chávez, está arrinconada, si no demolida, aunque todavía se escuchen las voces de algunos tercos, como el profesor Mendoza Potellá, que ya suenan como aquellos obispos arrianos, olvidados desde el Concilio de Nicea.

La Ley Antibloqueo fue el ariete que derribó los controles constitucionales de los contratos de explotación de todas nuestras riquezas, bajo la centralización en el ejecutivo de esas operaciones, prácticamente secretas. Bajo la excusa de la emergencia, quedó en la opacidad total, la gestión de los activos de la Nación.

El nuestro es un país en subasta. No hay diferencia sustancial entre las propuestas de privatización de la industria petrolera de MCM y la entrega fáctica a través de licencias especiales y acuerdos opacos del gobierno de Delcy. Ambos discursos coinciden en un punto: ofrecer el país al mejor postor extranjero. Al igual que las reformas en minería e hidrocarburos, el objetivo es atraer inversión sacrificando la soberanía.

Se ha confirmado aquella impresión que teníamos de hace tiempo: la destrucción del país fue para que vinieran otros a administrarlo. No era simplemente “la derecha”. Es directamente el gobierno norteamericano. La deuda histórica del chavismo y su degeneración no es solo con las generaciones actuales y futuras del país, es con la izquierda en general, con la visión de una sociedad justa, solidaria, y no por eso menos libre. Ha enterrado esa opción soberana y ya lo que queda en el panorama es el sometimiento a alguno de los imperialismos que pugnan por el mundo, gracias al “pragmatismo chavista”, elaboración “filosófica” del más rastrero oportunismo.

El control de nuestros recursos ahora depende de una cuenta en Qatar o del humor de los burócratas en Washington. Y ello incluye una reciente licencia de la OFAC para (la 51A) que permiten ciertas transacciones con minerales de oro y otros minerales de origen venezolano, con un esquema de vigilancia extrema, en parte para controlar lo que bien d la minería ilegal y los grupos armados en ciertas zonas del país: todos los contratos deben regirse por las leyes norteamericanas y resolverse en tribunales de EEUU.

Esta entrega económica tiene costos humanos directos. Por ejemplo: la eliminación de facto del derecho laboral. La narrativa de la “atracción de capitales” se ha traducido en la indefensión del trabajador, junto a la amenaza constante de reformas a la Ley del Trabajo para “flexibilizar” (precarizar) aún más el empleo. También tiene su consecuencia en la abolición del salario con el desmontaje constitucional, por el cual los derechos conquistados durante décadas han sido archivados, dejando a los trabajadores y pensionados en una orfandad jurídica sin precedentes.

El colmo es la penetración de ideologías extremas y, ciertamente, ajenas a nuestra tradición de cultura política, patriótica, popular, igualitaria, tolerante, solidaria. Ahora vemos en las redes voceros espontáneos de la ultraderecha española, el “libertarismo” de Milei y el populismo de Trump, que han permeado incluso en sectores populares. Alarma ver encuestas donde ya aparece la disposición de una parte de la población a renunciar a la independencia para convertirse en un estado más de los EE.UU. Es el síntoma de un pueblo agotado, que, ante la traición de sus élites, empieza a ver en el verdugo a su salvador y se entrega a la “espiritualidad” gringa de las sectas evangélicas y “testigos de Jehová”.

Frente a este panorama de subasta y subordinación, hay que decidir asumir una decisión ética y política a la vez: la construcción “desde abajo”, la cual también incluye la del pensamiento. El malestar debe transformarse ya, en una fuerza organizada de trabajadores y pensionados que no buscan el elogio de Trump, sino el rescate de la Constitución, el salario digno y el uso nacionalista de nuestros recursos. La esperanza no puede seguir siendo eso que se le escapa al muchacho de la canción de Alí. Debiera ser el suelo firme sobre el cual se reconstruya la soberanía real, lejos de las licencias de la OFAC y de los pactos de élites que han decidido vender el país.

 

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