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Soledad Morillo Belloso: Mírenme, léanme, existo

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La lectura en el mundo occidental se ha ido apagando como una lámpara que nadie recuerda encender al caer la tarde. No fue un apagón brusco, sino un lento deslizamiento hacia la penumbra: primero se dejó de leer un poco, luego un poco más, hasta que el silencio de las páginas se volvió contable, perceptible. Los libros siguen ahí, pacientes como perros viejos que esperan a su dueño sin reproches, pero la gente pasa frente a ellos como quien pasa frente a un espejo empañado: sabe que hay un reflejo, pero no se detiene a buscarlo.

Y pensar que hubo un tiempo en que las bibliotecas eran templos, tesoros de la civilización. La de Alejandría ardió como arde un sueño demasiado grande para este mundo; la de Pérgamo olía a pergamino y ambición; la de Córdoba brillaba como un jardín de papel bajo la luna; la de Bagdad, antes del fuego, era un río de sabiduría que no dejaba de fluir. En aquellas salas, la humanidad se sabía frágil y, por eso mismo, escribía para no desaparecer, leía para entender. Cada estante era una forma de vencer a la muerte. Hoy, en cambio, las bibliotecas parecen islas en un archipiélago que se hunde lentamente, y los lectores, náufragos que aún recuerdan cómo se respira bajo la luz de una lámpara.

Los jóvenes, por su parte, leen cada vez menos porque viven en un mundo que no les concede quietud. Crecen rodeados de pantallas que parpadean como luciérnagas impacientes, reclamando atención a cada segundo. La lectura —que necesita silencio, lentitud, un espacio interior donde acomodarse— compite con un océano de estímulos que no descansa. Para muchos, un libro es demasiado lento para un mundo que corre, demasiado profundo para una vida que se vive en la superficie, demasiado exigente para una mente entrenada en la inmediatez. No es que no quieran leer: es que el mundo no les deja aprender a detenerse.

Mientras tanto, ocurre la paradoja más extraña de nuestro tiempo: cada vez hay más gente que escribe y menos gente que lee. Es como si el mundo se hubiera llenado de voces que hablan en un salón donde casi nadie escucha. Un coro inmenso cantando para un auditorio cada vez más vacío. La escritura se ha vuelto un acto de presencia, casi de supervivencia simbólica: “mírenme, léanme, existo”. Pero la lectura —ese gesto humilde y generoso de abrirle espacio al otro dentro de uno mismo— se ha vuelto algo prescindible, un músculo que pocos ejercitan.

Leer era antes un acto de respiración profunda, un sumergirse en aguas quietas donde el tiempo se estiraba como un gato al sol. Ahora la atención salta como un colibrí nervioso, picoteando aquí y allá, sin posarse nunca. Las pantallas —esas sirenas luminosas— cantan con voces breves, rápidas, irresistibles. Y la lectura, que exige silencio interior, se queda sin territorio donde desplegar sus alas. Se escribe más porque se lee menos: cuando nadie escucha, uno grita más fuerte; cuando nadie lee, uno escribe compulsivamente, como quien lanza botellas al mar esperando que alguna llegue a una orilla. Pero el mar está lleno de botellas y las orillas cada vez más despobladas.

Los hogares también han cambiado. Donde antes había estantes que parecían bosques, ahora hay superficies lisas, minimalistas, sin raíces. Los libros ya no viven en las casas: visitan, a lo sumo, como invitados ocasionales. Y sin ese paisaje cotidiano, la lectura pierde su clima, su olor, su costumbre. Un niño que crece sin ver libros es como un marinero que nunca ha visto el horizonte: no sabe que existe. Curiosamente, leer hoy es más accesible que nunca antes. Casi cualquier libro existe en versión digital y a costos irrisorios. Pero leer se ha convertido en algo “para cuando tenga tiempo”, y, en medio de la vorágine, la gente ya no tiene tiempo.

La pandemia terminó de desordenar lo que ya venía dando tumbos. Fue un viento que entró por todas las rendijas y desparramó los hábitos. Muchos no volvieron a recogerlos. La lectura, que requiere disciplina y un cierto temple, quedó arrinconada detrás de la ansiedad, la prisa y la necesidad de estímulos inmediatos. Y así, en medio del ruido, la comprensión se adelgaza: se lee más rápido, se entiende menos, las palabras no alcanzan a hundirse en el agua antes de que otra ola las empuje. Y el vocabulario se vuelve mínimo. Un egresado de un liceo hispanoamericano maneja un castellano de unas dos mil palabras, y con eso le basta y le sobra.

Y sin embargo —porque siempre hay un sin embargo— la lectura no muere: se refugia. Se vuelve íntima, casi clandestina. Sobrevive en quienes todavía saben que leer es un acto de hospitalidad, un gesto de amor hacia la voz de otro, una comprobación de civilización. Los libros, silenciosos, esperan como semillas enterradas. Basta un lector —uno solo— que vuelva a abrir una página con la devoción de quien abre una puerta antigua, para que el mundo recupere un poco de su respiración profunda.

Occidente ha dejado de leer tanto como ha dejado de escucharse. Pero la palabra escrita sigue ahí, intacta, como un faro que no se apaga aunque nadie lo mire. Sólo espera que alguien recuerde que, para ver lejos, hay que detenerse. Y para detenerse, hay que tener el valor de entrar en el silencio donde las historias vuelven a hablar.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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