La polarización política en Venezuela es como esa canción que uno juró no volver a escuchar y que, sin previo aviso, reaparece en la radio del carro ajeno, en el supermercado o en una fiesta donde nadie la pidió. Uno cree que ya pasó, que quedó atrás, pero vuelve. Eso sí: no regresa igual. Cambia el ritmo, el volumen, el escenario. Ahora suena más fuerte, tiene más público y se cuela en lugares donde antes se hablaba de cualquier cosa menos de política. La repolarización no es un déjà vu: Es la misma melodía tocada con instrumentos nuevos y un eco más largo.
Este fenómeno no cayó del cielo ni salió de una caja de sorpresas. Viene de raíces viejas y profundas: instituciones que crujen, una desconfianza que se heredó como un apellido y una dificultad casi genética para ponernos de acuerdo sin que alguien acabe señalado como traidor, vendido o ingenuo. Cada intento de diálogo que fracasa, cada mesa que se levanta sin acuerdo, reactiva el reflejo automático: “nosotros” contra “ellos”. Como si el país funcionara con un interruptor dañado que sólo conoce el blanco y el negro, y jamás el gris.
A eso se suma que las crisis en Venezuela no llegan por separado, sino en combo familiar. Económica, social, simbólica, emocional. Todo junto, como para no aburrirse. Cuando el suelo tiembla por todos lados, la moderación parece una pérdida de tiempo y el grito vuelve a imponerse sobre la palabra pensada. En tiempos de incertidumbre, el matiz no paga alquiler. Lo que vende es la certeza absoluta, aunque esté hecha de aire.
Lo más inquietante es que la repolarización no se queda en los discursos grandilocuentes ni en las campañas electorales. Se filtra en la vida cotidiana como el polvo fino que entra por las rendijas. Aparece en almuerzos familiares donde el helado se derrite porque alguien mencionó “el país”, en aulas donde opinar se siente como caminar sobre vidrio, en amistades que sobreviven siempre y cuando no se toque “ese tema”. El otro deja de ser alguien con quien hablar y pasa a ser algo que hay que esquivar.
Las redes sociales, por supuesto, hacen su magia. Allí la política se volvió espectáculo, ring y tribunal al mismo tiempo. Antes se escribía para lectores; ahora se escribe para algoritmos. Para likes, rebotes y corazoncitos digitales. Twitter, Instagram y WhatsApp funcionan como coliseos donde todo se simplifica, todo se exagera y cualquier duda se castiga. El algoritmo —muy listo, pero incapaz de pensar— no premia la reflexión, sino la indignación bien empacada. Así, el mensaje más furioso corre más rápido que el más sensato, y la repolarización encuentra gasolina infinita.
En ese ambiente, las instituciones también pagan la cuenta, con recargo. Cuando nadie cree en los árbitros —sean del Estado o de la sociedad— cada quien juega su propio partido, con reglas inventadas sobre la marcha. Las normas se discuten más que el juego y los acuerdos duraderos parecen piezas de museo. Para colmo, dentro de cada bando hay peleas intestinas, celos, sospechas y liderazgos que compiten por adueñarse de las conciencias. La polarización no sólo separa bloques: los agrieta por dentro. Y en ese forcejeo, la libertad de decidir queda en veremos.
Hoy la política venezolana se parece bastante a un concurso de popularidad permanente. Dos fuerzas, cada una jugando su propio juego, compiten por likes, retuits y atención, como si el futuro pudiera medirse en métricas digitales. Ambas saben que no se están disputando sólo una narrativa o una tendencia, sino algo más serio: el destino personal de sus líderes y, de paso, el porvenir del país. Los seguidores observan, comentan, aplauden o abuchean, no tanto para decidir, sino para dejar claro “a quién apoyo” y “a quién detesto”. A una la repolarización le conviene ahora, pero el tiempo le juega en contra. La otra quiere estirar el reloj, porque sabe que los helados no sobreviven al calor. Una no gobierna; la otra gobierna sin gobernar, porque desde afuera le dictan el libreto diario. Mientras tanto, el país real sigue esperando algo más que frases ingeniosas y videos bien editados.
Pero esta vez hay un detalle nuevo: la repolarización ya no se queda en casa. Venezuela se fue del país sin pedir permiso. Se fue en aviones, autobuses y caminatas interminables, pero también en opiniones, traumas y discusiones sin cerrar. La política viajó en las maletas y se instaló cómodamente en los grupos de WhatsApp. Por eso hoy Venezuela se discute con la misma pasión —o más— en Miami, Madrid, Bogotá, Santiago o Buenos Aires que en Caracas.
Así, un venezolano en Florida debate las elecciones estadounidenses como si se jugara su propio pasado; en España, la política local se mira a través del lente del exilio; en Argentina o Colombia, cada giro político despierta comparaciones automáticas: “ojo con eso”, “ya sabemos cómo termina”. La política internacional deja de ser lejana y se convierte en espejo, advertencia o tabla de salvación. El pasado no se queda quieto: se sienta a la mesa como un vecino incómodo.
La repolarización se vuelve entonces una sombra larga. Cambia de acento, de consignas y de banderas, pero conserva la misma lógica binaria. Opinar es declararse. Callar es levantar sospechas. Dudar es casi un acto subversivo. Dentro de la diáspora, esto abre nuevas grietas: comunidades que comparten el desarraigo se dividen por lecturas opuestas del mundo que ahora habitan. La identidad venezolana se mezcla con discursos importados y lealtades prestadas, con la misma pasión —y el mismo cansancio— de siempre.
Porque la repolarización no sólo divide: agota. Cansa discutir, cansa cuidarse, cansa medir cada palabra. Se mete en la sobremesa, en el trabajo, en reuniones que terminan pareciendo campos minados. La política se vuelve un ruido de fondo constante, imposible de silenciar.
Al final, la repolarización política venezolana se parece menos a una discusión ideológica y más a un eco que rebota de país en país. Viaja con los venezolanos como un equipaje emocional que nadie pidió, pero que cuesta abandonar. Tal vez el verdadero desafío, dentro y fuera del país, no sea tomar posición sobre cada escenario político que aparece en el camino, sino aprender a convivir con la diferencia sin convertirla, otra vez, en frontera. Porque, como en las parejas mal avenidas, entre la polarización y el divorcio sólo hay un paso.
Ah, y en medio de todo esto, guerra en el Medio Oriente, con consecuencias planetarias y con ganas de volverse mundial. Y sobre eso, los venezolanos también tienen polarización.
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