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Soledad Morillo Belloso: Una foto en la madrugada

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A veces, una foto muestra lo que parece, no lo que es. Es un relámpago amaestrado: ilumina lo justo para que la escena no tropiece, pero deja intactas las sombras donde se esconde la verdad.

Seis personas posan bajo la luz artificial de una residencia diplomática, como si un director de teatro hubiera decidido montar una obra a las doce y media de la noche. La imagen pretende solemnidad, pero huele a utilería recién desempacada.

Allí están, cada quien en su marca, obedeciendo un guion que nadie admite haber escrito. A la izquierda, los acompañantes silenciosos, columnas decorativas que sostienen el cuadro sin reclamar voz. Y en el centro, el liberado y su esposa: dos rostros que no necesitan discursos. Ella, firme; él, exhausto pero erguido. Sus manos entrelazadas dicen lo que la foto intenta callar. En sus miradas hay una verdad que desarma la escenografía: no nos vencieron. No pudieron. No podrán. Son la grieta luminosa en un montaje que quiso ser control absoluto.

A su lado, el sacerdote. Vestido con su clergyman impecable, la cruz reluciendo como si acabara de ser pulida para la ocasión, aparece ahora como testigo moral de un momento que pretende ser reparador. Pero llega tarde, demasiado tarde. Esa cruz que hoy brilla como lámpara de emergencia no alumbró cuando la noche era real. Sin embargo, ahí está, posando con la serenidad de quien sabe que la foto será recordada más que su silencio previo. Ironías de la madrugada: la fe llega, pero siempre después del comunicado.

A la derecha, descolocado como quien fue arrancado de la cama sin tiempo de cambiarse, aparece un figurante femenino: el poder judicial. No en toga, no en majestad: en el equivalente simbólico de un traje de dormir. Es la justicia en pijama, somnolienta, convocada a última hora para posar en una escena que no le pertenece. No trae autoridad; trae tardanza. No representa equilibrio; representa improvisación. Es la prueba viviente de su papel utilitario, cuando todo está decidido, cuando ya no importa, cuando sólo se necesita una firma y un sello húmedo. Un papel que pretende cerrar un capítulo que jamás abrió con claridad.

El resto de los rostros —sobrios, institucionales, cuidadosamente neutros— completan la escena como muebles diplomáticos: están ahí para que la foto parezca seria, aunque la madrugada, el silencio y la coreografía del momento griten lo contrario. Todo apunta a un relato que no se cuenta, a una negociación que no se admite, a un pacto que se quiere sellar con una imagen en vez de con la verdad.

La foto es una cortina: Deja pasar un hilo de luz, pero mantiene la habitación en penumbra. Es símbolo, no testimonio. Es gesto, no rendición de cuentas. Es una transparencia de utilería que, al mirarla bien, confirma lo obvio: lo esencial sigue fuera de cuadro, protegido, negociado, oculto.

La foto no es historia. Es apenas el reflejo de lo que se ha querido tapar en toda esta historia. Un fotograma perfecto de la película que algún día habrá que filmar para, por fin, hacer justicia. Justicia, sí: la gran víctima, la que nunca aparece en la foto, ni siquiera en la madrugada.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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