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Rodolfo Izaguirre: El arbolito de Navidad

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Mientras vivíamos en casas, las familias no necesitábamos de pinos convertidos en arbolitos navideños de clara estirpe alemana o norteamericana, porque recreaba el espíritu de la Navidad con nacimientos que ocupaban amplios espacios para que naciera allí el hijo de Dios en medio de animales de granjas y tres Reyes Magos de Oriente.

Recuerdo los nacimientos de mi infancia. Cajones de distinto tamaño cubiertos de coleta de color verde para simular las desigualdades de la comarca, olores de engrudo y del pesebre donde nace el Niño, toda clase de objetos decididamente heteróclitos e incongruentes que se pudieran encontrar en casa: fragmentos de espejos transformados en lagunas en las que nadan patos y cisnes, un tren eléctrico que da vueltas alrededor deteniéndose en dos o tres estaciones, casas clavadas en las montañas, animales domésticos o de pastoreo o de selvas africanas. En el nacimiento de mis vecinos, un avión de juguete detenido en el espacio abierto del aeródromo y al preguntar el porqué de un avión en aquel remoto lugar del tiempo, respondían que era el avión de Poncio, el piloto.

Se trataba de proyectar en la Navidad la absurdidad de aquel país venezolano, una modernidad que dejara atrás el carácter primitivo del gomecismo y encontrara la diversidad que solo podría ofrecer una democracia que transcurridos largos años aún seguimos buscando.

Al transformarse urbanísticamente la ciudad y aparecer y proliferar los edificios de apartamentos, el carácter restringido de sus espacios determinó la desaparición de los nacimientos y en su lugar aparecieron los arbolitos navideños y con ellos una avasallante y poderosa cultura capitalista armada de una tecnología cada vez más impositiva. El pino ha logrado imponerse, ha hecho que nosotros dejemos de ser seguidores de una vieja tradición para iniciarnos en otra, ajena, acaso más práctica y moderna; más lógica, coherente e imaginativa que sustituye a un Niño Jesús repartiendo juguetes, por un viejo con blancas barbas, vestido de rojo, manejando un trineo arrastrado por renos y un pino lleno de adornos que cabe en cualquier rincón del apartamento.

Hay, sin embargo, venezolanos que permanecen fieles a la tradición navideña del Nacimiento, no obstante vivir en apartamentos. Telmo Benfele y su mujer, Mariana Fonseca de Benfele, son una pareja realmente encantadora que lleva años coleccionando nacimientos. Todos los años permiten que el espacio social de su apartamento se vea ocupado por la portentosa colección de Nacimientos que han ido reuniendo en años de intensos contactos con la rica y prodigiosa cultura popular venezolana, viajando por el país y descubriendo sus tesoros.

En su admirable colección, Telmo expone más de 250 nacimientos de toda clase de material, tamaño y lugar de procedencia. Uno de ellos cabe en una cajita de fósforo, pero hay otro increíble como que en una conchita de pistacho abrigues al Niño Jesús y detrás de él vivan los colores de la bandera y se mantenga la firma de quien hizo tan insólita miniatura. Pero todos los nacimientos, chicos o grandes, se refieren de un modo u otro al país. Las veces que me he visto frente a ellos siento correr en mi sangre el torrente de vida cultural y religiosa que navega en Venezuela, porque de los Nacimientos de Telmo y Mariana brota no solo un fervor religioso y una fuerza cultural enorme, sino el encanto de una tradición que no se extinguirá jamás.

Conocí a una maestra bolchevique (famosa porque en el Congreso le dio un carterazo a Carlos Andrés Pérez) que odiaba por igual al Nacimiento y al arbolito. Al primero, porque ocupaba demasiado lugar y la suciedad, el olor a engrudo y a coleta atraían a las cucarachas. Al arbolito, por ser emblema del odiado capitalismo. En su lugar ponía ramas secas con flores amarillas de papel argumentando que era el araguaney, nuestro árbol nacional y los alumnos del colegio donde se activaba como directora se burlaban de ella y sostenían que estaba loca de bola.

Santa Claus, Santa o San Nicolás o como quiera llamarse, es figura inalterable. Nada lo altera o modifica y ha sacado del camino al Niño Jesús. En cambio, lo que varía constante y visiblemente es el arbolito que llegó para quedarse y para echar también a un lado al Nacimiento de nuestra vieja tradición. La presencia de lo abstracto hace que una simple línea de color puede aceptarse como un pino de Navidad, pero el que trajeron mi hijo Rházil y Charo Pintado, mi yerna, e instalaron en la sala de mi casa es un verdadero pino con adornos de colores, perfectas líneas de iluminación y varias estrellas de papel, espectaculares, hechas por Liszth Bárcenas, la amable señora que me ayuda a vivir.

¡También mi familia adora la Navidad!

 

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