Escribir es trazar un camino, dice Octavio Paz en El mono gramático.
Camino diseñado por el propósito de dar un sentido a nuestro tiempo vivido; y, también, como una manera de aprobarnos junto a ese sentido. Se trata de escribir voces cómplices de nuestras experiencias; eventualmente relacionadas con la esperanza más que con el desaliento, con las convicciones más que con las dudas, con las promesas más que con las omisiones…
Suele definirse a la escritura como el más solitario de los oficios Afirmación algo cuestionable. Si bien es cierto que solitariamente escribimos, lo hacemos siempre con el convencimiento de un destino y la convicción de un destinatario para cuanto nos resulta imposible callar.
“Las verdades que se callan se hacen venenosas”, dijo Nietzsche. Y acaso ése sea uno de los puntos de partida de la escritura: colocar nuestro amor por las palabras al servicio de la comunicación de descubiertas verdades; a medida que vivimos y vamos aprendiendo de la vida, utilizar nuestras voces para nombrar certezas junto a las cuales dibujarnos nosotros mismos.
Al comparar la escritura con el diseño de un camino no puedo sino evocar el largo poema Espacio de Juan Ramón Jiménez, escrito ya hacia el final de su vida. Espacio es una amplia construcción de voces donde el poeta escoge habitar. Es la forma construida por una conciencia que busca respuestas a las más trascendentes interrogantes: ¿por qué vivo? ¿Para qué vivo? ¿Qué sentido tiene mi existencia? Respuestas que el poeta responde a su manera: “Cualquier forma es la forma del destino … Todos somos actores aquí, y solo actores, y el teatro es la ciudad, y el campo y el horizonte, ¡el mundo!”.
Reflejo de una conciencia que ha acumulado muchas experiencias, Espacio es testimonio de pasos y actos, de paisajes y horizontes. En él memorias, verdades y comprensiones se hacen argumento que concluye cerrándose sobre sí mismo. Por ello, simbólicamente, el poema finaliza de la misma manera como había comenzado: reconociendo la importancia de la propia humanidad; de algún modo, divinizando la condición humana: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo”.
Toda escritura es, a la vez, fijeza y desplazamiento; detenida palabra sobre la página que la acoge y, también, paulatino avance en voces siempre sucesivas. En su factura misma, Espacio, evoca esa dual condición: memoria de definitivas imágenes y, a la vez, ritmo de una existencia construida por recorridos y propósitos. La escritura sostiene al poeta en su caminar, a la vez que ella misma va haciéndose territorio protector.
Exiliado en los Estados Unidos, tras la guerra civil española, Juan Ramón Jiménez, alejado de esos sitios a los cuales la vida lo había llevado a renunciar -Palos de Moguer, Madrid, España- necesita hablar, precisa decir y decirse. Y lo hace comunicándose -“en español”- con los perros, los gatos y los árboles de Nueva York. A estos últimos los compara con los árboles de Madrid: “En el jardín de St. John the Divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español”.
Desde su exilio, el poeta dibuja con sus voces un espacio en el cual resistir, dándose fuerzas para seguir aventurándose por entre un rumbo predecible en el presagio de ciertos desenlaces: “(Soy) fuga raudal de cabo a fin”. Es un caminante empeñado en preservarse al lado de cuanto lo fortalezca.

