La cultura política del cálculo electoral transcurre como un río decreciente, hasta desaparecer en el cauce de los grandes propósitos. Es un modo pragmático de obrar desde una concepción electoralista, de logros burocráticos.
Una propuesta distinta, como la expresada por la ciudadanía el 28 de Julio, de propósitos políticos superiores, como soberanía, cambio, libertad, democracia, lucen difíciles, inalcanzables para la cultura pragmática. La difícil lucha por su cumplimiento parece empujarlos a una conducta más fácil y “realista”. Para esta visión lo que opera es aprovechar las oportunidades y resultados electorales concretos para el crecimiento burocrático y partidista. Mientras se alcanzan los objetivos “sublimes” vamos “avanzando”.
Lo que no es valorado suficiente, ni adecuadamente, por parte de esta cultura pragmática, es la convivencia con el autoritarismo. Una vez concluido el proceso electoral pueden perder no solo los cargos alcanzados sino hasta las siglas partidistas.
Quienes optan, junto al gobierno, por “pasar la página”, saben que esta expresión es sinónimo de olvido, de “estamos en otra cosa, vamos a lo nuevo”. Significa desentenderse de algo que el pragmatismo llamaría “ya eso pasó”.
Significa también deslindarse del modo soberano, como el 70% del país ganó las elecciones el 28 de julio. Esta decisión es comprensible, viene de parte de quienes ya habían decidido, antes de las elecciones, tener candidatura propia, a sabiendas de que no ganaban. Era fácil comprender que la proliferación de candidatos debilitaban una opción única, victoriosa, para enfrentar al gobierno.
La única página que debemos pasar es la página de la miseria, la corrupción y los presos políticos.
Debemos adelantar una nueva página que registre el cumplimiento de la decisión soberana del pueblo, que anuncie un porvenir democrático, libertario y próspero.

