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Soledad Morillo Belloso: Los partidos políticos; Democracia en movimiento

 

Hay en el aire de este país, bajo la polvareda de tanta fatiga, un olor a tierra mojada tras la sequía. Porque aun en la casa con las tejas rotas y el zaguán a oscuras, siempre hay alguien que busca el fósforo, abre los ventanales de par en par y saca la escoba para barrer el desorden. En esta Venezuela que no se rinde, los partidos políticos —sacudida la naftalina— tienen en las manos la arcilla fresca para moldear el mañana. Mirar su potencial con ojos limpios es descubrir que la política bien entendida sigue siendo el único arado capaz de abrir el surco donde germina la esperanza.

Lo bueno: El arte sagrado de remendar la casa

Lo verdaderamente bueno es la vocación de servicio que rehúsa morirse. Es ese dirigente de parroquia, el de las suelas gastadas y la libreta en mano, que no descansa buscando cómo organizar al vecino, cómo hacer que el agua llegue al grifo o cómo defender al que no tiene voz. Es la política como costura de alta filigrana: La terquedad luminosa de quienes se sientan a negociar para abrir rendijas de libertad, devolverle la dignidad al salario y traer de vuelta a los muchachos que emigraron. Cuando el partido deja de ser un feudo y se vuelve herramienta del pueblo, la palabra empeñada vale más que cualquier promesa de papel.

Lo malo: La tentación del encierro y el celo de sacristía

Lo malo requiere la valentía de mirarse al espejo sin trampas. Es la maña de quedarse encerrados en la trastienda de los egos, creyendo que el país se resuelve con maniobras de pasillo y aplausos de conventículo. Es el miedo a soltar el libreto viejo y no abrirles la puerta a los jóvenes que vienen con la sangre fresca. Ocurre cuando la dirigencia se encandila con su propio eco y olvida que afuera hay un pueblo pasando roncha; La gente no necesita discursos de atril, sino compañeros que caminen a su mismo paso, con la humildad del que sabe que el liderazgo se merece, no se impone.

Lo inútil: El llanto sobre la leche derramada

Lo inútil es todo aquello que gasta saliva sin sembrar una sola semilla: la queja repetida como rosario de pesares y el lamento estéril de cafetín que jamás propone una solución concreta. Es la política de vitrina que busca la foto perfecta para las redes mientras la plaza del pueblo está vacía; Los comunicados pesados que nadie lee y las peleas de comadres. Pretender construir el futuro mirando por el retrovisor no sirve; Lo que toca es agarrar el volante, afincar el pie en el acelerador y ponerse a trabajar.

Hay un temblor de madrugada en el alma de esta Venezuela terca. La política no es el pergamino viejo de los cónclaves ni la tarima de cartón piedra; Es la respiración de la gente que cruza la calle con la frente en alto. Que los partidos dejen los gabinetes a oscuras, suelten el lastre del ego y entiendan que la historia exige arremangarse la camisa, bajar al barro y ponerse al servicio de la gente. El futuro no es una propina que la historia tirará desde un balcón; Es una conquista a pulso de una sociedad que decidió sacudirse el polvo del sepulcro.

Y que lo escuchen bien los profetas del caos y los predicadores de la antipolítica: No existe democracia sin partidos políticos.

Podrá renegar el cínico y aplaudir el demagogo, pero la libertad no se sostiene sobre plazas vacías ni berrinches digitales. La democracia es una arquitectura de piedra y nervio; Sin el andamio áspero e imperfecto de la política organizada, cualquier república se derrumba como castillo de naipes.

Hoy los veo moviéndose y lo celebro. Pisotones de suelas contra el asfalto; Voces que despiertan en las esquinas, en los mercados y en las pantallas que parpadean a medianoche. La maquinaria que llevaba tiempo acumulando polvo finalmente engrana sus piezas. Verlos andar es reconfortante porque la quietud sabe a resignación. Un partido inmóvil es un estante de retratos viejos; Un partido en movimiento es una apuesta al aire, una señal de que todavía hay algo por lo que vale la pena luchar. La gente vuelve a medir los pasos y a descifrar intenciones.

Que caminen, que corran, que tropiecen si es necesario, pero que no se queden parados: mientras haya movimiento, la última palabra sigue estando en el aire y la ciudadanía tiene, otra vez, el tablero listo para jugar.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob