Allá en el palacio, donde las alfombras ya amortiguan con cierto cansancio los pasos de la premura, se tejieron de nuevo las maletas vacías. Decían los mentideros de la esquina que el viaje estaba listo, que los viáticos se habían firmado con esa tinta espesa con que el poder rubrica sus pequeñas certezas de ultramar. Sin embargo, la pasajera estelar prefirió quedarse. No marchó la presidente encargada a la cumbre; Dejó el tiquete en la gaveta y la diplomacia colgada del perchero, como un saco dominguero que a última hora parece demasiado caluroso para cruzar la mar atlántica.
Para disimular el vacío y cumplir con el protocolo sin arriesgar el tipo, enviaron al jojotico a atender la cita, sirviendo de personaje de relleno en una tarima que le queda ancha y ajena. Su presencia allí no es más que el adorno decorativo en la foto, la figura secundaria mandada a poner el pecho y sonreír para la minuta mientras los dueños del circo se quedaban a resguardo en casa.
Ir a esas citas iberoamericanas exige una puesta en escena casi sacramental: La sonrisa entrenada para la foto de familia, la mano extendida al prójimo ideológico y la barbilla en alto frente al descontento extranjero. Es un sainete de besamanos, café helado en tazas finas y discursos empaquetados en un lenguaje almibarado que no dice nada pero llena el acta. Pero el país de acá no está para zarzuelitas de ultramar cuando la cocina de la casa está echando humo. Quedarse no fue una distracción, fue un cálculo de tejedora mañosa. Ir significaba sentarse en una mesa donde los cubiertos cortan pero también punzan, exponerse a las miradas socarronas de quienes leen los periódicos de Caracas con lupa extranjera, y soportar el murmullo de pasillo de quienes no le perdonan al régimen ni el acento ni la permanencia.
Preferible resulta la querencia, la tribuna propia con aplauso pagado y micrófonos amables, que la incomodidad de un foro donde la hegemonía se vuelve un asunto opinable. Delcy prefirió la barricada doméstica, la comodidad del feudo donde cada adjetivo encuentra su caja de resonancia sin riesgo de réplica. A fin de cuentas, la política tropical es como la sopa de res del domingo: Si se deja enfriar mucho mientras uno atiende la calle, se le junta la grasa arriba y ya nadie se la quiere tomar. Viajar era pagar un peaje de escrutinio demasiado caro para un gobierno que ha hecho de la distancia internacional su mejor trinchera. Resulta más útil jugar a la víctima ausente desde el balcón de la patria —dejando a los gregarios para el bulto— que ser una figura incómoda y solitaria en el banquete iberoamericano, masticando canapés con gusto a derrota diplomática.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

