Dicen los que saben de cocina criolla que el sancocho no se arregla echándole más sal al plato, sino sabiendo mover la fogata. Y en este patio nuestro, donde la política tiene la costumbre de cocinarse con leña ajena, cada vez que en el Norte sacan las urnas de madera fina, aquí a más de uno se le empicha la leche del desayuno.
Las elecciones de mitad de término en los Estados Unidos no son un asunto de cortesía diplomática para el venezolano de a pie; Son el termómetro con el que el médico de afuera mide la fiebre del de adentro. Terminaron las midterms, bajaron las persianas del Capitolio y el mapa político gringo amaneció pintado con rayas cruzadas. La muchachada de Washington dividió el pupitre: Un Congreso donde nadie tiene el sartén agarrado por el mango sin pedirle permiso al de enfrente. Y esa simple matemática parlamentaria, tan lejana a la lógica del «aquí mando yo y se acabó», le mueve el piso al escenario venezolano con la fuerza de un temblor de medianoche.
Durante meses, los arquitectos de la política local —los de corbata planchada y los de guayabera apresurada— actuaron como si la Casa Blanca fuera una autopista de un solo sentido. Presumían de llamadas directas, firmaban licencias a tintero lleno y negociaban el petróleo criollo como quien vende fruta madura en la bajada de La Guaira antes de que se dañe. Pensaban que el interlocutor del Norte era un monolito de piedra tallada. Se les olvidó el pequeño detalle de que allá las instituciones no son un adorno de repisa y que, cada tanto, la gente sale a cobrarle las facturas al inquilino de turno.
¿Qué cambia ahora que el Poder Legislativo en Washington se volvió un terreno de cacería cruzada? Cambia la letra chiquita. Se acabó el cheque firmado en servilleta de restaurante caro.
A partir de mañana, cada acuerdo energético -negocio de Alejandrito Betancourt incluido- cada flexibilización de sanciones y cada salvoconducto diplomático tendrá que pasar por el filtro hosco y pesado de las comisiones del Congreso estadounidense. Esos parlamentarios que ahora necesitan demostrarle a su electorado que no son cómplices de transacciones oscuras van a sacar la lupa. Y cuando en Washington sacan la lupa, en las oficinas de Caracas y de Quinta Crespo empieza el sudor frío de color tinta china. La transición venezolana, esa criatura rara que avanza a trances entre la necesidad de gasolina y el cansancio de la gente, ya no podrá gestionarse a punta de decretos ejecutivos firmados a espaldas de la opinión pública internacional.
Para la dictadura que aún colea y para los sectores que pretenden una gobernabilidad de plastilina, la lección es de manzanilla picante: El Norte no es un cheque al portador. Los demócratas exigirán cuentas sobre derechos humanos y garantías democráticas reales antes de soltar un solo dólar de inversión pesada; Los republicanos, por su parte, no le regalarán oxígeno a ningún arreglo que huela a capitulación. El margen de maniobra se achicó como camisa lavada con agua caliente.
Pero no nos engañemos en la mesa del café. Mi abuelo, que tenía un ojo clínico para descubrir falsos profetas, repetía que «el que espera que el vecino le pinte la fachada termina viviendo en casa ajena». La política exterior de Estados Unidos no se mueve por caridad ni por devoción a la arepa; Se mueve por intereses de mapa grande. Las midterms no vienen a traernos la libertad empaquetada en una caja de envíos internacionales. Lo que sí hacen es desmontar la ilusión de los atajos.
El venezolano en la cola del autobús, el que cuenta los billeticos para el pasaje y mira de reojo el precio del dólar en la pantalla del teléfono, sabe bien que la verdadera partida se juega aquí. Sin embargo, no deja de ser un consuelo ver cómo a los dueños del poder —de lado y lado— se les enredan los cables porque allá en el Norte la gente votó como le dio la gana.
Se movió el tablero en Washington y el sonido de las fichas retumba en la sala de la casa criolla. Toca acomodarse en la mecedora, abanicarse con ganas y ver quién es el primero en perder el paso en este joropo trancado.
Vienen varios amaneceres y varios veremos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

