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Manuel Barreto Hernaiz: La anatomía de la hazaña; De lo necesario a lo imposible

 

​Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible. San Francisco de Asís.

​Hay frases que la historia repite hasta vaciarlas de contenido, y otras que, de tanto transitar la intemperie, de tratar de pararse en ese cuero seco de nuestro territorio, recuperan su pegada original. Durante siglos, la ciencia política ha intentado encajonar la acción humana en márgenes de estricto cálculo. Aristóteles definió la política como el arte de lo posible; un ejercicio de geometría fría donde la realidad dada marca los límites infranqueables del mapa. Más tarde, el pensador francés Charles Maurras la estiró un poco más al proponer que la misión del verdadero estadista era hacer posible lo necesario, subordinando la viabilidad técnica a la urgencia moral.

​Pero hay momentos históricos —auténticas grietas en el tiempo ordinario— en los que ambas definiciones se quedan cortas, se vuelven tímidas y colapsan frente a la magnitud de los hechos.

​Lo pudimos atestiguar recientemente en los espacios de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). En una impecable rueda de prensa, María Corina Machado pronunció con una determinación tan lúcida como responsable una frase que resume el espíritu de nuestra época: «Vamos a hacer posible lo imposible una vez más». No se trata de un arrebato de lirismo vacío, sino de la constatación empírica de que la ciudadanía organizada es capaz de doblar las leyes de la física política. Se refiere precisamente a ese punto de inflexión donde las herramientas tradicionales de la política y la resistencia ciudadana convencional se quedan cortas, obligando a toda una nación a trascender sus propios límites.

​ Desmontando los límites del statu quo
​Para entender el peso de esa premisa, es necesario diseccionar los errores del análisis político tradicional. Cuando un régimen autocrático impone un asfixiante corsé institucional, el pragmatismo aristotélico se convierte en un instrumento de resignación: te dice lo que no se puede hacer. Frente a esto, el enfoque maurrasiano avanza un paso al identificar la necesidad de cambio, pero a menudo se estanca en la torre de marfil de la estrategia de élites.

​Frente a estas limitaciones, los procesos de emancipación ciudadana exigen una tercera vía: la audacia creadora. Como en cierta ocasión me manifestó mi buen amigo Carlos Ñañez: «Habrá un momento en el cual la máxima franciscana dejará de ser un devocionario místico para convertirse en un rigor metodológico de la resistencia democrática». Funciona en tres tiempos perfectamente articulados: primero, hacer lo necesario; segundo, hacer lo posible; y tercero, el punto de ruptura donde el acumulado cívico trasciende todos los cálculos y, de repente, se encuentra ejecutando lo imposible.

​En el contexto de la sociedad venezolana y la recuperación de nuestra Tierra de Gracia, este mandato de ir más allá de lo necesario se manifiesta de formas profundamente concretas:

​Organización sin recursos frente a estructuras de control total: Lograr articular a millones de ciudadanos, tejer redes comunitarias, defender la soberanía popular y construir una estructura de base —«con uñas y dientes», sin financiamiento masivo ni medios tradicionales— desafiaba todas las probabilidades estadísticas y lógicas del manual político. Eso fue, en su momento, el primer paso de hacer lo necesario para alcanzar lo inalcanzable.

​ La unidad por encima de la fragmentación: Romper los muros artificiales creados para dividir a la sociedad —el miedo, el desgaste, la distancia entre los que están dentro y la diáspora— exigió un acto de madurez y desprendimiento cívico extraordinario.

​La persistencia de la esperanza ante el desaliento crónico: Sostener la fe en el cambio frente a un sistema de opresión y desesperanza aprendida no surge de una estrategia fría; nace de un mandato moral y espiritual que entiende que rendirse no es una opción cuando lo que está en juego es el futuro de las familias y el reencuentro de los hijos de la nación.
​ Las pruebas de la realidad

​Un argumento político sin hechos carece de peso; por ello, la memoria reciente de Venezuela se alza como una prueba irrefutable que pulveriza el escepticismo de los analistas de escritorio.

​¿Quién no recuerda los augurios de los profetas del desánimo ante la Primaria del 22 de octubre de 2023? Era, nos decían en los corrillos de la rosca tecnocrática, una empresa sencillamente inviable. Sin logística oficial, sin recursos del Estado, sin la venia del Consejo Nacional Electoral. Y, sin embargo, ocurrió. La autogestión ciudadana demostró que la legitimidad auténtica brota de la base social, no de los despachos ministeriales.

​¿Y qué decir del histórico 28 de julio de 2024? Aquella jornada no fue una simple votación; fue una obra maestra de ingeniería cívica y contraloría popular. Un desafío masivo donde millones de ciudadanos, actas en mano y dignidad a flor de piel, reescribieron las reglas de la transición democrática en un sometido país y frente a los ojos del mundo.

El dintel del porvenir

​Hoy, la narrativa nacional vuelve a pararse en ese mismo dintel de vértigo. Cuando la necesidad de libertad choca contra la opresión sistémica, a los pueblos no les queda más camino que inventar su propio destino.

​Convertir lo imposible en una realidad cotidiana deja de ser una frase retórica; se transforma en la exigencia de una ciudadanía que decidió asumir su propia historia con la convicción de que la libertad no se espera, se conquista traspasando los límites de lo que el miedo dictaba como inalcanzable.

​La advertencia lanzada desde la UCAB no es voluntarismo mágico ni candidez; es la verificación histórica de que cuando una nación entera empuja en la misma dirección, las murallas del autoritarismo terminan por ceder. Nos estamos preparando, de nuevo, para hacer lo imposible. Y cuando la historia pase revista, quedará constancia de que no fue un milagro del azar, sino la consecuencia lógica de un pueblo que decidió no rendirse jamás ante los límites que otros quisieron imponerle.

Sociólogo de la Universidad de Carabobo. Director de Relaciones Interinstitucionales de la Universidad de Carabobo.