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Crisanto Gregorio León: El mecanismo psicológico de culpar a quien sufre

 

Es tan perversamente narcisista su mujer que lo engañó consuetudinariamente por tres décadas con cantidad de hombres, y mal parió los embarazos; Que al ser tardíamente descubierta le dice a su marido que él se lo buscó, que por eso ella se metió a puta… O sea que el espíritu de puta solo necesitaba ser motivado. Introito

Y ella se encabritó y tiró su propio -movil-  (celular)al water Cloc’k, porque su marido no debió leer los mensajes que su amante le había enviado… ¡habrase visto!. Crónica

El ejercicio del abuso nunca termina en la ejecución de la violencia física o psicológica; su consolidación definitiva exige la apropiación del relato. Existe una perversa arquitectura discursiva mediante la cual, cuando una víctima expone con valentía el tormento al que ha sido sometida, el victimario no responde con rectificación ni decoro, sino con una elaborada ingeniería de la distorsión. Se activa así una lógica de la contradicción orientada a invertir los papeles, convertir el dolor en culpa y despojar a quien sufre de su derecho inalienable a la verdad y a la justicia.

La lógica de la contradicción: Cuando el verdugo se viste de víctima

Esta maniobra inicia con una descarada teatralización del agravio. El verdadero ejecutor de la violencia asume con frialdad la vestimenta del damnificado, pretendiendo proyectar ante la opinión pública o el entorno social una falsa condición de vulnerabilidad. Con una narrativa calculada, el agresor argumenta haber sido “arrastrado” a actuar, transformando su perversión en una supuesta respuesta desesperada. Se busca así neutralizar el repudio moral que merece el acto violento, desviando la compasión hacia quien cometió el atropello y dejando a la víctima atrapada en la perplejidad de ver su calvario suplantado.

La perversa inversión de la culpa: Radiografía de la manipulación extrema

En este nivel de manipulación, el relato del opresor busca minuciosamente que la víctima llegue a dudar de su propia inocencia. Mediante la imputación de supuestas faltas previas, provocaciones inexistentes o interpretaciones amañadas de la realidad, se construye una acusación paralela donde la persona torturada termina figurando como la causa originaria del conflicto. Esta inversión de la carga de la culpa no es un simple desacuerdo discursivo: es una forma de violencia psicológica continuada que pretende paralizar el juicio crítico de la persona afectada, sometiéndola al remordimiento e induciéndola al silencio.

La falacia del desvío: Mentiras e imputaciones ajenas a la memoria

Para sostener su coartada, el victimario recurre frecuentemente a la mentira deliberada y a la invención de hechos ficticios, endilgándole a la víctima conductas, ofensas o conspiraciones que esta jamás ha cometido y que, por supuesto, no puede recordar porque nunca existieron. Estos falsos testimonios actúan como cortinas de humo dentro de la falacia del desvío: un ardid retórico cuyo único propósito es desviar la atención del núcleo central —la tortura infligida— hacia un debate falso sobre eventos imaginarios. Al obligar a la víctima a defenderse de acusaciones fantasmales, el agresor la entrampa en un laberinto estéril donde el centro de la discusión ya no es el tormento sufrido, sino una sarta de patrañas fabricadas a la medida del opresor.

La racionalización del horror como doctrina de impunidad

Sobre los cimientos de estas mentiras, el victimario argumenta una aparente necesidad de defensa o castigo. Se inventan motivos de “disciplina” o “restablecimiento del orden” para hacer pasar el tormento por una medida inevitable frente a las supuestas ofensas inventadas. Esta racionalización del horror busca institucionalizar la impunidad: al presentar la tortura como una consecuencia “proporcionada” a conductas que solo existen en la mente del agresor, se intenta eximir de toda responsabilidad individual y legitimar el arbitrio con el que se actuó.

El quiebre del juicio y la desorientación de la víctima

El objetivo ulterior de esta dinámica no es solo el control momentáneo, sino el quebrantamiento definitivo de la brújula mental y moral de quien padece el abuso. Cuando el discurso dominante le repite a la víctima que su dolor es producto de su propia injusticia, y se le confronta con mentiras que erosionan su seguridad, se produce una fractura interior. La indignación legítima corre el riesgo de ser reemplazada por el aislamiento y la vergüenza, asfixiando a la persona hasta hacerla dudar incluso de su propio pasado.

Desmontar la falacia para restituir la dignidad

Frente a la trampa de la inversión discursiva y la infamia de los hechos inventados, el antídoto fundamental radica en nombrar con precisión quirúrgica la verdad y mantener la inquebrantable firmeza de los principios. Ninguna mentira fabricada ni argumento falaz puede justificar jamás la vulneración de la integridad humana. Desmontar la falacia del agresor exige rechazar las cortinas de humo, validar el testimonio de quien ha sufrido y recordar que la responsabilidad del atropello recae, de manera exclusiva y categórica, en quien decide ejercer la violencia.

Con un caradurismo patológico, la mujer justificaba su perversión de tener muchos «machos», de contagiar a su esposo con ETS y de sentirse ofendida porque él no debía haberla descubierto.

Profesor universitario y broadcaster – crisantogleon@gmail.com