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Wladimir Rodríguez: El premio Nobel que Estocolmo ignora Por qué la verdadera economista del año es la madre venezolana

 

En Venezuela, la economía dejó de enseñarse en las aulas universitarias para explicarse en la mesa de la cocina. Mientras los teóricos y economistas tratan de descifrar cómo un país sobrevive con un salario mínimo que bordea el dólar mensual y una Canasta Alimentaria Familiar que roza los 800 dólares, la respuesta no está en los boletines del Banco Central ni en los discursos oficiales. La respuesta está en la casa de al lado, en los barrios de Maracay, en Turmero, en La Victoria y en cada rincón de Aragua y de toda Venezuela. La respuesta la tiene la mujer.

Si en Estocolmo existiera un Nobel de Economía Práctica, el galardón de este año no debería ir a un académico con biblioteca de caoba y títulos de Harvard, sino a la madre venezolana. Ella ha logrado la proeza cotidiana de multiplicar los panes sin más milagro que la angustia, el trabajo duro y una capacidad invencible para no dejarse vencer por el hambre.

La casa a cuestas y la billetera vacía

​Las cifras de este octubre de 2026 no son porcentajes fríos; son la radiografía de un país sostenido por hombros femeninos. Más del 50% de los hogares venezolanos están hoy encabezados por una mujer. En las zonas más castigadas de Aragua, debido a la ruptura de las familias y la estampida migratoria, la dependencia de la mujer roza el 71%. No se trata de un simple dato sociológico significa que en 7 de cada 10 casas, el plato de comida de los niños depende exclusivamente de lo que una madre traiga en el bolso al final de la tarde.

El mercado laboral les impone, además, una paradoja brutal. Apenas un 39% de las mujeres logra insertarse en el trabajo formal, aplastadas por esa carga invisible que nadie paga pero a todos sostiene la falta de agua, la falla eléctrica, los niños que salen temprano del colegio y la atención a los ancianos. Dedican más de seis horas diarias únicamente a resolver la logística doméstica.

Y cuando logran trabajar, tropiezan con una brecha salarial que supera el 36%. Ganar menos por hacer lo mismo o por hacer más esa es la regla no escrita de un mercado que castiga a quien no tiene con quién dejar a sus hijos.

​¿Cómo se mantiene entonces una familia cuando el salario integral roza apenas una fracción de lo que cuesta comer? Con lo que los analistas llaman “economía de resistencia” y la gente común llama a hacer magia. La mujer venezolana es secretaria de mañana, cosechadora de pedidos por WhatsApp a mediodía, vendedora de empanadas al atardecer y administradora implacable de los pocos dólares o bolívares que llegan en remesas. Cuidan cada centavo con la precisión de un cirujano.

El banquete de la dignidad en Aragua

En las comunidades de Aragua, el impacto de esta crisis se siente en la mesa diaria. Con un subsidio oficial como el CLAP cada vez más esporádico y desmantelado, el verdadero amortiguador social ha sido la creatividad de las jefas de hogar. Ellas han aprendido la alquimia de sustituir la proteína inalcanzable por la combinación exacta de legumbres y carbohidratos, estirando una rendidora sopa o un guiso para que coman cuatro donde solo comía uno.

Pero el costo de este milagro no sale de la nada; sale del propio cuerpo de la madre. El “sacrificio nutricional” no es una categoría abstracta es la madre que sirve los platos, cuenta las raciones y decide, sin decir una palabra, que ella “no tiene mucha hambre” para que repita el menor de la casa.

Es el hambre silenciosa que se traga la mujer para que no se note la escasez en el rostro de sus hijos.

A eso se suma el liderazgo en las calles. Si una olla comunitaria se prende en un sector popular de Maracay, hay una mujer soplando el fogón. Si hay que organizar la compra a granel entre tres vecinas para abaratar costos, son las mujeres las que sacan las cuentas. Son la red de seguridad social real del país, la única que funciona sin burocracia y con el corazón en la mano.

​Un país en deuda

El venezolano de a pie lo sabe muy bien si este país no ha colapsado de manera definitiva en el abismo de la desesperación alimentaria, ha sido por la terquedad biológica y moral de nuestras mujeres. Ellas no están esperando reconocimientos internacionales ni palmaditas en la espalda de la política. Lo único que piden es un país normal donde el trabajo rinda, donde los servicios funcionen y donde alimentar a un hijo no sea una hazaña de héroes, sino el acto sencillo y cotidiano que jamás debió dejar de ser.

Mientras esa normalidad llega, las madres de Aragua y de toda Venezuela seguirán levantándose a las cinco de la mañana, acomodando el presupuesto imaginario y multiplicando lo que no existe. No tendrán la medalla de oro de la Academia de Ciencias de Suecia, pero en cada casa donde hoy se cena caliente, ya se les ha otorgado el único premio que verdaderamente les importa la vida y el futuro de sus hijos.

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Somos Aragua.