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Corina Yoris-Villasana: Hidalguía contra el envilecimiento

 

Al ciudadano que le ofrece su mano a MCM y le dice: “¿En qué te puedo ayudar?”

En el panorama político venezolano actual un fenómeno resalta con alarmante insistencia: la sustitución del argumento por la hostilidad sistemática dirigida de manera feroz hacia la dirigencia democrática, encarnada de forma muy particular en María Corina Machado. Quienes recurren a esta estridencia suelen confundir la violencia con la fortaleza. Sin embargo, desde una perspectiva ética y filosófica, la persecución no es más que el síntoma inequívoco de un profundo vacío conceptual y de una quiebra moral. Frente a ese vendaval, la insistencia en rescatar conceptos como la verdad, la confianza y los valores éticos no constituye una ingenuidad romántica, por el contrario, representa un acto de resistencia contracultural y una propuesta de reconstrucción civilizatoria.

Para comprender la dimensión de este choque de narrativas, conviene abandonar la inmediatez del debate local y elevar la mirada hacia dos referentes fundamentales del pensamiento político universal: Tomás Moro y Václav Havel. En la confluencia de sus ideas encontramos el mapa perfecto para descifrar el valor de la dignidad frente al atropello.

En su monumental obra A Man for All Seasons (conocida en Hispanoamérica como Un hombre de dos reinos y en España como Un hombre para la eternidad), Robert Bolt retrata el juicio histórico de 1535 contra Tomás Moro. En un pasaje clave, Moro debate con su yerno William Roper, un joven impetuoso dispuesto a derribar todas las leyes de Inglaterra con tal de dar caza al Diablo. Moro lo detiene con una advertencia imperecedera: «¿Y qué harías cuando el Diablo se volviera contra ti, estando todas las leyes por los suelos? Yo le daría al Diablo el beneficio de la ley por mi propia seguridad».

Moro no defendía un formalismo estéril, sino el marco ético y jurídico como el único escudo de la civilización frente a la arbitrariedad del poder. Cuando los antagonistas de la alternativa democrática en Venezuela optan por liquidar las reglas mínimas de la convivencia, están haciendo precisamente lo que Moro temía: derribar los árboles de la ley para dejar al ciudadano a la intemperie.

Esta demolición institucional comienza en el lenguaje, pero no se detiene allí. Es crucial advertir que las agresiones perpetradas contra María Corina Machado y su entorno no se han limitado al terreno de los insultos o la descalificación retórica; han escalado trágicamente hacia la violencia física, el hostigamiento fáctico, los bloqueos de vías y la saña corporal. El insulto oficialista no es inofensivo: es la tecnología discursiva que busca deshumanizar al adversario para justificar y pavimentar el camino hacia la agresión física directa.

Es allí donde el testimonio de Moro conecta con la lucidez de Václav Havel. En su célebre ensayo El poder de los sin poder (1978), el dramaturgo y pensador checo describía los mecanismos de los sistemas «autoritarios atenuados» para someter a la sociedad a través de la mentira y el miedo. Sin embargo, Havel recordaba que asumir los principios éticos en tales contextos no responde a una planificación épica o mesiánica, sino a un imperativo de decencia cotidiana. Como el propio Havel escribió con esclarecedora humildad: «Nunca decidimos convertirnos en disidentes. Nos hemos transformado en ellos, sin saber muy bien cómo; a veces hemos acabado en prisión sin saber con precisión cómo. Simplemente seguimos adelante e hicimos ciertas cosas que sentíamos que debíamos hacer y que nos parecían decentes, ni más ni menos».

Las persistentes apelaciones de María Corina a la verdad y a la confianza ciudadana operan bajo esa misma premisa de Havel: la simple e indomable decisión de hacer lo que es decente, ni más ni menos, a pesar del costo personal. El gesto de un ciudadano en Vargas refleja la hidalguía y la decencia cotidiana que, en sintonía con el pensamiento de Tomás Moro y Václav Havel, resiste ante la hostilidad y la quiebra moral en el panorama político venezolano. Esta postura de resistencia ética representa un acto de reconstrucción civilizatoria frente a los intentos de deshumanización y violencia institucional. Son actos de insubordinación ética que desarticulan el circuito del sometimiento.

La confianza no es un término abstract; es el pegamento social indispensable para que una nación pueda articularse y ponerse en marcha. El atropello y la agresión dividen y aíslan; la confianza teje redes y edifica comunidad. Por ello, la respuesta basada en principios morales frente a la diatriba violenta no es un simple cambio de estilo, sino una postura política radical en el sentido más clásico y noble del término.

Frente a una vocinglería que busca deshumanizar y erosionar el tejido republicano mediante la fuerza bruta, el rescate de la dignidad a través de la palabra y el testimonio corporal se convierte en nuestra principal trinchera. La consistencia moral de Tomás Moro y la inquebrantable claridad de Václav Havel nos recuerdan que, cuando el poder físico intenta despojarnos de todo, el destino de una sociedad se define en la firme decisión de su gente de no claudicar ante la mentira institucionalizada y de persistir, con serena firmeza, en el camino de los valores compartidos.

@yorisvillasana