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Álvaro Pino: Retazos

 

Un oasis de esperanza en el oriente venezolano. Buenos días a todos. Ya no somos aquellos cazadores, pescadores, recolectores que dependían directamente de lo que la naturaleza nos proveía. Hoy en día necesitamos el dinero que es producto de nuestro esfuerzo y nuestro trabajo para conseguir nuestros alimentos, nuestros bienes y lo fundamental para el sustento. Sin embargo, todos somos testigos de una realidad que nos duele: el salario ya no ayuda en nada y, en líneas generales, la suerte del empleado y del asalariado, incluso con la modalidad de los bonos incluida, tampoco alcanza para llegar a fin de mes. De hecho, a duras penas soluciona solo unos pocos días y sales corriendo al cobrar a comprar, porque nadie se escapa de esta depauperación que ha marcado el ritmo del país en los últimos veintisiete años. Nuestro país era políticamente estable y económicamente sano. Existía la oportunidad de desarrollo, el dinero alcanzaba para el día a día y, ¿por qué no?, hasta para darnos el gusto y tirar una canita al aire de vez en cuando. Éramos una nación alegre, divertida, solidaria, amigable y unida. La política no nos dividía; las discusiones eran apenas algunas pequeñas chispas insulsas y totalmente comprensibles, donde cada cual defendía con pasión su visión. En los municipios del interior del país, en aquellos pueblos pequeños y pintorescos, la magia ocurría. Mes a mes nos dábamos el gran lujo de celebrar por todo lo alto. En mi pueblo, por ejemplo, teníamos el doble honor de celebrar a nuestro patrono y a nuestra patrona: a San Juan Bautista cada veinticuatro de junio y a Santa Lucía el trece de diciembre. Eran dos fiestas inolvidables. Durante esos días festivos nos uníamos todos, nos amigábamos y nos entendíamos profundamente. Todo era alegría pura, fraternidad y compañerismo. Participábamos de la fiesta con el mayor cariño y la mayor solidaridad posible. No había diferencia que pudiera separarnos. Eran momentos sagrados donde se guardaban los conflictos y las mezquindades para hermanarnos en un solo abrazo colectivo. La Plaza Bolívar de la población era el centro de las diversiones con orquestas, juegos de envite y azar, y ventas de chucherías y caramelos. Las ruletas pugnaban por llevarse los escasos recursos de los parroquianos, igual que los quioscos con cerveza fría. Tampoco podían faltar las diversiones populares, tales como la carrera de saco, el huevo en cuchara, el palo encebado, además de juegos de béisbol y carreras de bicicleta, mientras los bares aledaños abrían sus puertas en la noche para recibir a las parejas que buscaban más intimidad. Se vendían helados, como la famosa teta, y el pueblo se desbordaba de abrazos, risas y anécdotas compartidas al abrir las puertas de nuestras casas a los visitantes, compartiendo el sancocho, los dulces y la bebida. Éramos ciudadanos inocentes, puros, sin la contaminación del ruido y la división. Hoy, sin embargo, la antigua Plaza Bolívar luce un deterioro evidente. Tras remodelaciones fallidas, el espacio se nota vacío y casi nadie lo visita. En el centro, la estatua del Libertador queda rodeada por un piso mal diseñado que se convierte en laguna al llover, y la fuente que nunca funcionó es hoy poco más que un criadero de mosquitos. Cuando la música cesaba y la fiesta terminaba, volvía el pobre a su pobreza y el rico a sus riquezas, pero nos quedaba el alma llena de luz, la esperanza intacta en el corazón y la dulce certeza de que nos volveríamos a encontrar al año siguiente.