La palabra enjambre huele a humo dulzón y a tarde hirviente de pueblo donde nadie pierde el tiempo preguntándose adónde va. Decir enjambre no es invocar la turba ciega ni la montonera floja que se atropella en la esquina a resolver el país a punta de saliva sin mover un dedo; Es hablar de una geometría sagrada que jamás necesitó de arquitectos con título engolado ni de decretos ilustrados. Es la lección más fina que la naturaleza nos restriega en la cara: La certeza de que la masa, cuando tiene alma y sangra, no es muchedumbre de saldo; Es un templo indomable.
Un enjambre no es un amontonamiento miserable de cuerpos; Es una tesis rabiosa sobre la existencia. Frente al culto idiota del individuo —esa ficción trágica que insiste en aislarnos en pedestalitos de barro para vendernos la ilusión del éxito en soledad—, la naturaleza propone una metafísica con agallas: La vida no se sostiene en el «yo», sino en el «entre». Es la ecuación perfecta donde el ego se disuelve a golpes de humildad para que no se nos caiga el techo encima.
Miren si no a las abejas, esas matronas feroces que trabajan con la disciplina de las viejas de antes —las que zurcían manteles mientras cargaban la casa entera en el lomo sin pedir ni un miserable aplauso—. Ahí no hay tirano que marque el ritmo a latigazos; Hay un murmullo salvaje, una danza secreta en el aire donde una le grita a la otra dónde está la flor exacta, y la otra no duda ni murmura zoquetadas en el pasillo: Simplemente vuela y arremete.
O fíjense en las hormigas, capaces de trenzar sus cuerpos hasta volverse un puente vivo sobre el fango para que pise la hermana, enseñándonos lo ridículos que son los que se creen gigantes con corona. O en esos estorninos que al atardecer le clavan velos de seda negra al cielo, moviéndose como un solo pensamiento eléctrico para que el gavilán hambriento se vuelva loco buscando un cuerpo aislado al cual clavarle los colmillos.
Comprender la filosofía del enjambre exige mandarle a tomar por saco a la tiranía del ego y a la adicción enfermiza al poder. Su arquitectura nace de una gramática visceral: Escucha al de al lado, cede el paso, aguanta al que se cae, baila con furia para marcar la ruta. El enjambre demuestra que la complejidad sublime no requiere pisar cuellos, sino sincronizar un propósito.
Por eso hoy agradezco con el pecho encendido que se me llame parte de un enjambre: el enjambre de venezolanos que no nos vamos a rendir.
Este enjambre responde con garra, con memoria y con una dignidad colectiva que no se doblega porque la casa común nos pertenece a todos. Venezuela no se entrega ni se negocia; Venezuela se cuida, se defiende y se reconstruye a pulso.
El enjambre no se queda callado ni de brazos cruzados: el enjambre quiere votar. Y quiere votar el 24 de julio de 2027.
Gracias por llamarnos enjambre.
soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

