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Soledad Morillo Belloso: La burguesía del maletín y el menú con sobreprecio

 

El caso de Germán Rubio —bautizado en las benditas aguas de la picaresca y el cambalache como Álvaro Pulido— no es más que la estampa viva de esa Venezuela que cambió el sudor de la frente por la viveza del maletín y el descaro del bodegón. Porque digámoslo sin anestesia: Germán no es Germán, pero Álvaro sí es el negocio. En los anales de nuestro sainete patrio, este señor y su inseparabilísimo compadre Álex Saab encarnan la versión más depurada, sonriente y cínica del compadrazgo de trastienda. Ese que no necesita ponerse uniforme, colgarse medallitas ni encaramarse en una tarima a echar discursos de tres horas, porque le basta y le sobra con despachar, en chancletas de firma y con la confianza de la casa, por los pasillos dorados donde se reparten las arcas de la nación.

Son los herederos hipertrofiados de la “boliburguesía”, sí, pero con ínfulas de cosmopolitas de pacotilla, chofer a la puerta y pasaporte de ultramar en el bolsillo. Mientras la abuela venezolana hacía milagros de alta magia para estirar la harina pan y la masa de las arepas frente a anaqueles pelados como desierto, Germán-Álvaro y su socio vieron en la tripa vacía del ciudadano la mina de oro perfecta. ¡Genios de la finanza patria! Lograron la proeza de convertir la miseria ajena en un suculento menú con sobreprecio, empaquetando la necesidad en un catálogo de importaciones a precio de caviar: leche en polvo que parecía tiza molida, granos duros como perdigones y habitados por gorgojos y latas de atún sospechoso, todo facturado a precio de restaurante con estrella Michelin y cobrado en divisa constante, sonante y verde. Mientras en los barrios la gente esperaba la milagrosa caja CLAP con la fe resignada de quien aguarda un aguinaldo rancio, en algún yate de paraíso fiscal se brindaba con Moët & Chandon a la salud de nuestra “soberanía alimentaria”. Es decir, pagado con el bolsillo pelado de doña Juana, de don Tomás y de todos nosotros.

Su prontuario de identidades de quita y pon, nombres prestados, empresas de maletín abiertas en islitas que ni aparecen en el mapa y mudanzas a medianoche dibuja la cartografía perfecta del desvalije institucional. Germán es ese personaje tan de nuestro costumbrismo político: La burguesía del maletín en su máxima expresión. El intermediario de sombra larga, corbata fina y sonrisa floja que jamás firma un decreto ni aparece en la Gaceta Oficial, pero le dicta el número de cuenta en Suiza al funcionario de turno con la frialdad de un usurero de esquina. Es la prueba reina de que en esta Venezuela del rentismo petrolero en ruinas, para mandar de verdad nunca hizo falta llevar charreteras ni acumular votos, sino tener a mano un portafolio atiborrado de contratos adjudicados a dedo y comisiones suculentas.

El abnegado viacrucis de Álvaro —que pasó sin escalas del aire acondicionado de los despachos oficiales a la incomodidad de una celda en el Sebin por el enredo de PDVSA-Cripto, para terminar empacado con tarjeta de embarque hacia los tribunales del imperio— es el broche de oro de esta trágica comedia de equivocaciones. Nos deja el espejo más amargo de un país al que le remataron hasta los clavos del marco mientras por la televisión le vendían espejismos de justicia social e igualdad. En el retablo de nuestras desgracias, Germán-Álvaro queda erigido como el monumento a la prosperidad malhabida, recordándonos con amarga ironía que en esta tierra la escasez más destructiva no fue la de leche ni la de harina, sino la de vergüenza y escrúpulos.

Y al final de este cuento de pillos, la pregunta idiota que se nos queda atragantada en el buche a todos los venezolanos es una sola: Y los miles de millones que nos robó… ¿Volverán alguna vez?

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob