El país huele a pintura fresca, esa capa torpe que intentan embarrar sobre el salitre para fingir que la casa no se está cayendo. Pero la grieta sigue ahí, terca, obstinada, como un sarpullido que no respeta pomada ni disimulo. Y así vivimos: Con el metro roto de los bandos, midiendo el mundo según quién grite más fuerte. La izquierda que aprieta el pescuezo, la derecha que reparte leñazos, y nosotros, bobos útiles, partiendo la acera y hasta el saludo del vecino según el trapo que cuelga del balcón, mientras el comején se come los horcones sin hacer ruido.
Me han dado palo por arrimarme a Américo Martín, a quien no hay día que no extrañe, y por andar de juntas con José Toro Hardy. Allá ellos. Gastan pólvora en zamuro. Yo solo les ordeñé y ordeño decencia, escuela y claridad, que es lo que hace falta cuando el país anda con la brújula oxidada y el horizonte se vuelve un espejismo.
Esto nunca fue un pleito de doctrinas ni de libros gordos que nadie abre. Esto va de Casilda, la señora que devuelve el vuelto que no es suyo. Va de mirar al que manda y sentir el mismo asco cuando la marramucia la hace el camarada de franela roja o el señor de apellido rimbombante. La traición sabe igual de amarga y huele a pestilencia sin importar la mano que empuña el cuchillo; la mentira huele igual de podrida venga del charlatán del pueblo o del doctorcito que pontifica desde un estrado.
Nos vendieron la política como mapa, como geografía ideológica, y nosotros, ilusos, compramos la patraña. Pero la moral no tiene carnet. La ética no se negocia en restaurantes de manteles largos. La decencia es simple: Sudar la camisa trabajando, no robarse los reales del remedio y de la leche de los carricitos, no aplaudirle la vagabundería al vivo porque «es de los nuestros», y sobre todo, no compartir el oxígeno con un corrupto.
El cinismo se nos sentó en la mesa y le servimos café. Nos acostumbramos a la trampa chiquita, al uniformado que pide «pa’ los frescos», al militante que justifica la barbarie del suyo con tal de no darle la razón al de enfrente. Y mientras jugamos ese estúpido ajedrez de sordos, la casa se nos cae encima. La frontera real es una línea finita: La que separa a la gente decente de los mercachifles de la dignidad.
Cuando se pierde la vergüenza, no hay ideología que salve. No hay bandera que tape el encochinamiento del alma. Y cuando se apagan los micrófonos y los aplausos alquilados, queda lo básico: La dignidad no se maquilla. La falta de vergüenza no se tapa con franela de turno. La historia no se paga con discursos interminables ni con banderas que cambian de manos según sople el viento.
Gentuza como Alejandrito Betancourt o Alex Saab no tiene currículum: Tiene prontuario. Y por más que esa chisma se abanique con billetes o se esconda tras el poder de turno, el país sabe que zamuro no cuida carne. La decencia de la gente de bien no se tapuja con las mañas del hampa, ni se compra con dólares húmedos de maletín.
Porque al final, cuando la pintura fresca se cuartee y el friso vuelva a mostrar su herida, quedará claro que la casa no se cae por falta de colores, sino por exceso de sinvergüenzas. Y que la única reconstrucción posible empieza por la línea delgada —pero firme— donde la gente de bien decide no compartir ni un soplo de aire con quienes han hecho del país su botín.
Decía mi abuelo materno: No todos somos iguales ni aun después de muertos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

