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Soledad Morillo Belloso: Despacio, que vamos de carrera

 

¿A qué vuelve María Corina? ¿Qué es este nuevo capítulo de la  «Vuelta a la Patria»? ¿Qué tenemos enfrente y cómo se le mira a los ojos a este monstruo sin que nos brinque a la yugular?

Venezuela amaneció metida en esa neblina donde el piso nunca está firme. Nos convertimos, a fuerza de palos, en equilibristas de pasillo a medianoche: Caminamos descalzos, con la planta del pie memorizando el relieve de las baldosas y adivinando dónde quedaron los escombros de la última vajilla rota. Un pisotón en falso y no solo se desbarata la taza que quedaba sana: Se despierta la casa entera, ladran los perros del vecino y el susto no nos lo quita ni una toma de toronjil.

Aquí la prisa es un lujo de gafos. El país no es una pista de carreras; Es una bajada de granzón suelto. El que arranca a taconazos y a zancadas termina mordiendo el polvo antes del primer recodo. Lo sabe la marchanta que sale con tres matas de lechuga marchita a ver si resuelve el almuerzo; Lo sabe el tinterillo que firma un poder en una oficina que huele a humedad; Lo sabe el abogaducho de bufete que ensaya estratagemas jurídicas sobre la nada. En la Venezuela de hoy, el margen de error no es ancho: Es un hilito de coser entorchado y a punto de reventar.

La maña de pisar pasito

Se nos acabó el combustible para la guapeza. Esos tiempos del micrófono destemplado, la garganta inflamada y la bravuconada de plaza pública solo sirvieron para dejarnos las manos vacías, el alma llena de moretones y la casa desmantelada hasta los sócates. Lo que toca ahora no es tener la razón a grito herido, sino la contabilidad chiquita, el ojo clínico y la sagacidad mañosa del que se conoce cada hueco de la carretera porque ha dejado la amortiguación en ellos.

Aguzar el oído y bajar la zancada no es cobardía, por más que cuatro viudas de la estridencia salgan a cacarear. Es la sabiduría añeja de las abuelas en la provincia: Esas matriarcas que sabían exactamente cuándo bajar la voz para que no se enterara la chismosa del frente, y cuándo correr a guarecer los cuatro granos de carne en el congelador antes de que el idiota de la CORPOELEC de turno nos regalara otro apagón de doce horas.

En este valle de lágrimas se aprende a caminar suave para no levantar ese polvero ciego que solía estrangular la verdad. Hoy la política exige medir la distancia exacta entre la ansiedad del estómago y la realidad de la nevera; entre el runrún que corre por el grupo de WhatsApp y la verdad descarnada de la calle; Entre la promesa rimbombante pronunciada con ademán de prócer y la sartén fría que espera sobre la hornilla sin gas. Cada paso de ahora en adelante requiere la precisión quirúrgica del médico y la paciencia infinita del que teje un chinchorro de moriche: Hebra por hebra, sin que se vuele el nudo.

La supervivencia como única doctrina

Si en la mesa de la casa hay que andar midiendo el pellizco para que alcance para todos, en el terreno de la política la cautela dejó de ser una virtud teologal para convertirse en una ley de biología pura: O eres cauto o te extingues. Ahí es donde la puerca tuerce el cuello. Una pisada en falso aquí no deja una raspadura tonta en el ojo del pie; Le quita el oxígeno a lo poco que queda en pie y deja a un país entero recogiendo los vidrios rotos mientras los culpables se lavan las manos en la televisión y bailan en templetes de campaña adelantada.

Llevamos un cuarto de siglo atrapados en la misma telenovela de mal gusto: La prisa histérica de los apurados, la estrategia dibujada en la servilleta grasosa de un restaurante de carnes, la declaración destemplada a las siete de la mañana para ganar tres “me gusta” en las redes sociales… Y ya para el mediodía, la tragedia es irreversible y el costo se paga en cárcel, exilio o resignación. Pusieron de moda la imbecilidad vestida de audacia, convenciéndonos de que la libertad era asunto de guapos y apoyados, de pechos henchidos y de ultimátum con fecha de vencimiento escrita en un papelito de bodega.

La realidad —esa vieja implacable que te da el golpe justo cuando se cae la luz a mediodía— terminó demostrando que los discursos de guapetón de barrio solo han servido para engordar el inventario de nuestras derrotas.

Desmontar al monstruo sin morir en el intento

Ser prudente no es sentarse a ver si el mango cae solo por maduro; Es no ser pendejo (perdón por mi francés). Es entender la abismal diferencia entre mover una pieza con picardía y estrellarse contra la pared por puro entusiasmo desbordado. Es saber, de una buena vez, que enfrente no tenemos a unos caballeros británicos debatiendo bajo las reglas del parlamento de Oxford. Enfrente hay una maquinaria pesada, achantada pero peligrosa, resabiada y doctorada en la universidad de la maña, cuyo único arte es pescar en río revuelto y alimentarse de la desesperación ajena.

A esa estructura no se le entra a taconazos de pasarela ni con discursos inflamados que duran lo que un suspiro en una hamaca. A ese monstruo se le camina por los bordes. Con la cabeza metida en hielo, los ojos pelados y el pulso sereno y quirúrgico del artesano que desactiva una granada con la punta de un alfiler oxidado.

Es el tiempo de la política de los adultos. La de la prudencia maliciosa de los viejos de caserío: Saber callar cuando la lengua pica por decir una sandez, sopesar cuánto pesa de verdad la palabra de cada aliado, desconfiar del amor a primera vista en la política y no repartir los chicharrones antes de matar al cochino. Cada palabra que se empeña, cada papel que se firma, cada rendija que se deja abierta o se cierra de golpe tiene un efecto dominó sobre millones de almas que ya no tienen cuero para aguantar otra decepción. Nos queda la gimnasia dura de la templanza: Una templanza amarga, que no perdona la estupidez, pero que entiende, con lucidez matemática, que para ver el amanecer hay que lograr la hazaña de llegar vivo a la madrugada.

Ni Juana de Arco ni salvadores a caballo

Lo que viene no es una comparsa de fuegos artificiales ni una consigna gritada desde una tarima con sonido alquilado. Lo que viene es el trabajo sucio, amargo, aburrido y de hormiga de pegar los pedazos de un jarrón que molieron a taconazos. Es la etapa de la política con P mayúscula, esa que no genera titulares sensacionalistas en cinco minutos, pero que va minando la piedra por debajo, silenciosa, implacable, como la gotera de agua que termina pudriendo el horcón de la casa.

A esta causa le llegó la hora de enterrar los cuentos de camino. Quien todavía crea que esto se resuelve con un zarpazo mágico, una estocada épica o la bajada providencial de un santo a caballo no ha entendido lo que han sido estos veintitantos años. Frente a nosotros no hay un biombo de papel periódico; Hay un paredón de concreto armado, mañoso, resabiado, que tiene las llaves del estanco y no tiene el menor pudor en usar el garrote. A ese paredón no se le cae a puñetazos: Se le estudian las humedades, se le busca la falla de origen y se le carcome la base sin hacer ruido.

Por eso hay que ponerle el anteojo a la realidad sin adjetivos patrióticos. María Corina no es Juana de Arco —figura mística que, conviene recordar a los despistados, terminó achicharrada en una pira—. La metáfora del martirio siempre le ha quedado hedionda a la política de verdad. El sacrificio en la hoguera sirve para la poesía patriótica de primaria y para adornar plazas con estatuas de bronce cagadas de palomas (otra vez, perdón por mi francés), pero aquí nadie está buscando santos achicharrados; Aquí se necesitan políticos vivos, mañosos, enteros y con la cabeza fría.

Lo de ella tiene que medirse con la vara sudafricana, no con el fervor religioso de las galias. Nelson Mandela no fue el abuelito dulzón y sonriente que terminó vendiendo la iconografía de Hollywood. Mandela fue un pragmático terco como una mula, un hombre que se chupó casi tres décadas de calabozo viendo cómo su país se deshacía en odio y estiércol. Su genialidad no estuvo en aguantar la reclusión como un mártir mudo, sino en entender que la resistencia no es un destino: Es apenas el boleto para sentarse en la mesa de los adultos. Tuvo el estómago de plomo para sentarse a negociar con los mismos verdugos que lo encerraron y el guáramo de convencer a los suyos —a los extremistas, a los que pedían candela y sangre inmediata— de que para refundar una nación no se puede incendiar la estructura completa con todos adentro.

Esa es la vara. La única que sirve hoy en Venezuela.

Si María Corina se deja encandilar por el espejo de la pureza moral y la estatua de mármol, el destino es la hoguera de siempre donde terminan cenando los mismos de siempre. Pero si digiere la lección de Pretoria, el juego es otro: Le toca administrar la legitimidad atronadora que le endosó la gente sin caer en el delirio mesiánico, combinándola con la frialdad estratégica necesaria para ofrecerle una rendija de salida a un régimen atrincherado que le tiene pavor a la cobradora del destino. Mandela comprendió una verdad elemental: al Adversario acorralado no solo hay que arrinconarlo con el garrote; Hay que dibujarle un puente de plata para que tenga por dónde salir corriendo sin necesidad de prenderle fuego al pueblo en la huida.

La prueba del estómago

Nos viene la prueba definitiva de la madurez ciudadana: Aguantar la mirada cuando el desencanto vuelva a apretar el gaznate. Toca organizar la acera de enfrente con la pulcritud de un relojero viejo: Casa por casa, gremio por gremio, sin el vicio del micrófono prendido, pero con la terquedad del mulo que sabe que el voto, la protesta con cabeza y la resistencia cívica no son concesiones que nos regalan, sino jirones de dignidad arrebatados a dentelladas.

Y exige, nos guste o no, la valentía amarga de sentarse a negociar sin entregar los principios. La política real no se hace entre caballeros perfumados en un club privado; Se hace con el tipo que te produce náuseas, apretando las muelas, tragando grueso y calculando cada coma para no regalarle ni un milímetro de ventaja al contrario.

A los que pilotean esta lancha les toca una sola tarea: Guardarse el ego desmedido en el bolsillo trasero del pantalón. Ya estuvo bueno de la comparsa de tres o cuatro caciques peleándose por el micrófono mientras la estructura completa se desploma sobre nuestras familias. La gente se cansó del discurso de pasarela, del traje planchado y de las promesas con fecha de caducidad. Se necesita una cabeza fría que mire el mapa con lupa, que sepa cuándo dar dos pasos adelante y cuándo recogerse un metro sin que eso signifique salir corriendo.

Viene la hora del trabajo de orfebre, del aguante sin gritería, de la astucia que no necesita pavonearse en las redes sociales. Tuvimos demasiado muerto en el altar de los desatinos; Ahora nos hace falta alguien con la serenidad de abrir la puerta, prender la luz, sentar en la misma mesa a los que se odian a muerte y lograr que la casa siga en pie sin que se nos vuelva a romper la loza en la cabeza. Lo que nos jugamos aquí no es la próxima figuración electoral ni el destino político de tres apellidos ilustres: Es la mismísima posibilidad de tener un pedazo de tierra donde valga la pena despertarse mañana. Y en esa faena, el que no tenga los nervios de acero, la paciencia del teñidor de alpargatas y el alma blindada contra la vanidad, que haga el favor de hacerse a un lado y deje trabajar a los adultos.

No nos queda espacio para el berrinche ni para el desánimo de sobremesa. La historia no se acomoda sola ni nos va a tocar el timbre de la puerta para entregarnos el país en una bandeja de plata. El laberinto es áspero, la piedra sigue pesando lo mismo y el camino está minado de trampas y de fatiga. Pero en medio de esta penumbra que ya se nos hace costumbre, hay un hecho tozudo que no se deja borrar por los cañones ni por la desmemoria: María Corina tiene con qué. A nosotros, nos toca estar a la altura.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob