Hay palabras que, de tanto manosearse en la charlatanería del foro público o en la contabilidad ruin del mercado de conveniencias, terminan por perder hasta la sombra. El término «cambio» es una de ellas: Suena a veces como moneda falsa en el bolsillo de un prestidigitador y otras como un rezo desesperado al pie de un altar sin santos.
Pero si se despeja la hojarasca de los micrófonos y se mira a través del cristal limpio de la realidad, el asunto deja de ser un eslogan para revelarse como lo que verdaderamente es: Una grieta irrestañable entre la maña del acomodo y la vorágine de la rotura.
Para Delcy, el «cambio» no pasa de ser un remiendo de vieja costurera sobre un paño podrido. No hay en su vocabulario el menor pálpito de enmienda moral ni de arrepentimiento doctrinario, sino la astucia de quien se sabe acorralado en la despensa y empieza a mover los trastos para ganarle tiempo a la noche.
Cambiar, en ese idioma de trastienda, es vender unas cuantas parcelas del patrimonio antes de que se venga abajo el techo; Es ablandar la mano con la ley punitiva para que la gente crea que respira mientras solo se le afloja la soga un milímetro; Es llamar «inversión» a la angustia por ingresar divisas con las cuales sostener la tramoya y «estabilidad» al silencio de los sometidos. Es la perversa aritmética de alterar los adornos de la sala para que los dueños del caserón sigan cenando en la mesa alta. Es, en suma, cambiar el veneno de frasco para que el muerto no se queje.
En la orilla opuesta, el discurso que blande María Corina es un hachazo al horcón central del trapiche. Allí no hay margen para la maniobra de pasillo ni para la repartición de migajas en el zaguán. El «cambio», bajo su voz, suena a demolición de cimientos, a sacudida de polvo viejo, a fuego en el rastrojo. No busca el retoque de la fachada ni la negociación de un rincón en la sombra con los capataces, sino el desplome definitivo del andamiaje que trocó la república en un patio de favores. Es el regreso al valor sagrado del título de propiedad, al esfuerzo sin la venia del inspector, al juzgado sin consignas y al voto como un acto de soberanía no tutelada. Para ella, el cambio no es un regateo de sobrevivencia entre cúpulas fatigadas, sino el finiquito de una bancarrota ética y el nacimiento, a fórceps, de un país que se negó a morir arrodillado.
Así se desgarra la palabreja en el alma de esta tierra cansada. Una entiende la transformación como una sutura cosmética para que el monstruo siga respirando en la penumbra; La otra la exige como una extirpación a garrote vil para que entre, de una buena vez, el aire fresco.
En esta lid, las dos visiones se excluyen con la furia de los contrarios. No caben las dos. Una va a triunfar y la otra va a perder, porque las terceras vías son espejismos de la fatiga y los acomodos a media luz, componendas de corto vuelo. O se desmorona de raíz el andamiaje del oprobio para edificar un orden nuevo, o el país se sumerge definitivamente en la penumbra de una autocracia adaptativa. Entre la tramposa supervivencia del carcamal que se maquilla para seguir mandando y la ferocidad del arado que quiere abrir un surco definitivo, Venezuela se consume en la víspera de su destino.
Habrá un duelo final, en las urnas, y las espadas serán los votos. Ambas lo saben, con los dientes apretados y el pulso conteniendo el aliento.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

