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Soledad Morillo Belloso: A esta novela le faltan muchos capítulos 

 

La simetría de estos días no es casual. En un país acostumbrado al caos desgreñado, lo que ahora se mueve tiene otro pulso: Un ritmo glacial, calculado, sin el olor a improvisación ni la estridencia del sainete criollo. Algo se está orquestando con una precisión que no admite excusas.

El primer golpe fue el crujido de la exmagistrada: Una fractura expuesta que ventiló lo que la buena sociedad murmuraba en voz baja en los cafés de Las Mercedes. De inmediato, en los tribunales norteamericanos, emergió la lista de torturas contra ciudadanos estadounidenses. Dos episodios que parecían transitar por aceras distintas, pero que al cruzarse revelaron el mismo hilo invisible, la misma mano que cose el sudario.

A la señora instalada en el Palacio de Misia Jacinta y a su hermano les están aplicando la medicina estadounidense. Sin marines, sin aspavientos, sin show tropical. Es la tortura de la gota fría: Una hoy para arruinarles el almuerzo, otra mañana para aguarles el sueño, otra más cuando creen haber esquivado la marejada. Una gota que no salpica: Corroe.

Los hermanos nunca han sido devotos de las fanfarrias ideológicas. Su fe es terrenal: El poder como feudo, la libertad de moverse sin mirar atrás y la certeza de no terminar con braga naranja en una cárcel federal. Cuando ese tríptico empieza a resquebrajarse, el frío que asciende por los tobillos no respeta apellidos.

Las garras que hoy cercan a la pareja presidencial y a la comparsa de notables no son manotazos al azar. Tienen la factura metódica de una novela negra al estilo de James Ellroy: Conspiraciones que se cruzan en pasillos alfombrados, silencios que pesan más que titulares, actores ebrios de soberbia que creen dirigir la orquesta mientras solo bailan el son que les tocan desde afuera.

Washington no juega al desorden. Washington contabiliza. Administra el pánico en dosis homeopáticas. Cada “indictment” es una factura y una advertencia; cada expediente abierto, un veneno lento que erosiona lealtades. No buscan el estallido que deje las calles en ruinas, sino el desgaste metódico, el quiebre íntimo, la parálisis por desconfianza.

La función no termina. A esta novela le faltan páginas. Cuando la maquinaria del Norte engrana, no se detiene por pataletas ni discursos de balcón. Desmonta el régimen ladrillo a ladrillo, ficha a ficha.

La pregunta en el aire caraqueño ya no es qué hará la justicia estadounidense. La verdadera incógnita es hasta dónde cederán los hermanos, a cuántos entregarán cuando el dogal apriete. Porque cuando la patria deja de ser eslogan y se reduce a salvar el pellejo, hasta los más dogmáticos aprenden a contar en dólares… Y en años de prisión.

Me pregunto si esos empresarios de casimir impecable y perfume caro que escucharon la homilía de Delcy entienden el terreno que pisan. Sonríen, aplauden, posan. Ignoran que no son jugadores: Son fichas. Hoy adornan la escenografía de una normalidad de utilería; mañana pueden pasar al lote de lo prescindible.

En enero de 1958, mientras Eisenhower miraba el tablero de la Guerra Fría, Eugenio Mendoza entendió que no bastaba cuadrar balances. No estuvo en la Junta de Gobierno por azar: Estuvo porque supo leer la gravedad del momento, porque comprendió que la estabilidad no se compra con zalamerías, sino con visión republicana. Esa lucidez es la que hoy le falta a quienes creen que el presente es eterno.

El reloj de la historia no espera a los timoratos. La trampa del poder totalitario es hacerles creer que el ajedrez se juega solo en Caracas. Error craso. Mientras unos aplauden para salvar el negocio de la semana y otros calculan cuántos aliados sacrificar, Washington sigue pasando la página, gota a gota, con la paciencia implacable de los imperios. Y el poder de una potencia no es ni bueno ni malo. Simplemente es.

Al final, la diferencia entre un liderazgo con estatura de país y una comparsa de mercaderes asustados es la capacidad de leer la historia antes de que ella aplaste. La tragedia del régimen —y de quienes le sirven— es creer que juegan su propia partida, sin entender que ya no son jugadores: Son fichas con las que el destino liquida la cuenta.

A esta novela le faltan muchas páginas, muchos capítulos…

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob