Se llama presagio a todo acontecimiento que anuncia que va a ocurrir algo bueno o no deseable, es decir, algo que solo se manifiesta en nuestra mente, algo que únicamente sucede porque así lo dispone “la loca de la casa”, como llamaba Santa Teresa a la imaginación.
Michael Page y Robert Ingpen son los felices autores de la fascinante Enciclopedia de las cosas que nunca existieron. Una Enciclopedia referida explícitamente al mundo antiguo, porque era lo conocido en ese entonces. No nombran a América y sus prodigiosos encantamientos porque era tierra que no aparecía en ningún mapa y Colón, el almirante alucinado, aún no pensaba en viajar y mucho menos en equivocarse creyendo que llegaba a China en lugar de encontrarse con nosotros, que andábamos dando gritos y cubiertos apenas con un taparrabo.
Sin embargo, me ha tocado escuchar a lo largo del siglo veinte no solo los ecos de la hazaña de Lindbergh, sino conocer los avances científicos y los grandes pasos que ha dado la conducta humana, revelando nuestra capacidad de dominar al tiempo y a todos los espacios conocidos. ¡Vamos en camino (aunque creo que ya llegamos) de ser nosotros nuestros propios dioses, de ser amos del cielo y de la tierra!
Los autores de la Enciclopedia sostienen que a la vuelta de la esquina de nuestras ilusiones la realidad es un intruso y los sueños se hacen suprema verdad. Agregan que fácilmente podemos escaparnos hacia esa realidad, si es ese nuestro antojo, porque no se requiere conocer ninguna contraseña ni varitas mágicas ni ninguna lámpara de Aladino, ya que basta con nombrar a la ilusión para que cristalice. La nombras y lo que invocas adquiere vida y consistencia; la sombra deja de ser sombra y se abraza a lo espléndido y maravilloso. Basta con tener un poco de imaginación y curiosidad para enterarnos y conocer las cosas que jamás existieron bien sea en el cosmos, en el suelo o en el subsuelo y particularmente en el país de los encantamientos, regiones donde impera la magia; los países del agua, de los cielos y del aire con dioses y diosas que controlan el viento y los truenos y son amos de la noche más oscura y tenebrosa y dueños también de crepúsculos en los que silenciosos caminantes presagian la muerte de los que les ven pasar. Hay sirenas y tritones atlánticos; diosas del amor, del aire, del mar y del subsuelo; jueces que juzgan a los muertos y tribunales en los que la muerte (que arrastra consigo una segunda muerte) es llevada a juicio por enamorarse de un poeta. Hay manzanas de la juventud que jamás existieron, gorgonas, basiliscos y centauros. En una isla de ensueño se encuentra Avalon, la dulce y silenciosa residencia de los héroes. También hay hechizos, melocotones de inmortalidad y cavernas en los mares donde encuentran reposo final todos los barcos que se desvanecen sin dejar rastro.
¡Y presagios! Inexplicablemente, Page e Ingpen incluyen en su Enciclopedia presagios de buena suerte, pero también de mala y perdurable suerte.
Un presagio corriente es, por ejemplo, la rotura de un espejo que acarrea por lo menos siete años de mala suerte. Yo he debido haber roto varios porque la única buena suerte que he tenido fue haberme casado con Belén Lobo, la bella bailarina (mejor suerte tuvo Rosita Alvírez, la mexicana del famoso corrido, porque el día que la mataron, de los tres tiros que le dieron solo uno era de muerte). Además, considerando que el ganado vacuno no vuela, los venezolanos de mi edad o de antes siempre aseguraron ser buena suerte que el excremento de un pájaro sea lo que ensucie mi camisa.
Presagio es toparse con un gato negro que se cruza en nuestro camino y anuncia mala suerte hasta el próximo año o que un pájaro revolotee dentro de la casa, un cuadro se caiga de pronto de la pared o por descuido pasemos por debajo de una escalera.
Hubo muchos presagios cuando Caracas, la aldea en la que nací, desbordaba de supersticiones, pero quien alimentó en nosotros buen número de presagios fue Juan Vicente Gómez, el despiadado dictador andino. Su nombre era pronunciado en susurro porque se temía que solo por mencionarlo aparecería física, patriarcal, ventura y alevosa en el zaguán de la casa. Contrariamente, el Bagre, como se le llamaba por los bigotes, no necesitó de ningún presagio para traicionar a su compadre Cipriano, apoderarse del poder en 1908 y atormentar a los venezolanos durante 27 años.
Hemos sido nosotros los que nos hemos visto obligados a producir presagios para tratar de defender a la democracia cada vez que el fantasma de Gómez emerge del mausoleo que le construyeron en Maracay, porque con él siguen apareciendo militares y gente ávida y codiciosa que al instalarse abusivamente en el poder obligan a la democracia a correr asustada y esconderse vaya uno a saber dónde.
Nos enfrentamos a nuevos presagios que nada tienen que ver con gatos negros o con marineros que por desgracia ven a un cura antes de zarpar. Nuestra peor desventura reside en la absurda o equivocada política que practicamos y padecemos, porque es allí donde surgen las preguntas y se aventuran respuestas generalmente infelices y contradictorias. José Ignacio Cabrujas hizo una observación que abarcó ella sola el comportamiento del país venezolano en todo tiempo y lugar: “el profesor dice una cosa en el liceo y el policía de la esquina dice otra totalmente distinta”. ¡Entonces, es cuando aparecen absurdos presagios!
Nicolás Maduro, pongamos por caso, se tocó el bigote con la mano izquierda. ¡Un nuevo presagio! Señal de que va a ser traicionado, secuestrado por gente sin nombre y sin rostro y llevado por los aires a una cárcel en el país que tanto odió cuando se sentía único y poderoso, aunque secretamente le habría gustado que lo invitaran a la Casa Blanca. ¿Murieron algunos cubanos que lo protegían? Sí, ¡un lamentable daño colateral!
Un ave negra deja de volar en el cielo azul y se pierde detrás de unas nubes: ¡Señal de que está oscureciendo en Fuerte Tiuna o dejó de llover en Miraflores! Una gaviota agonizante y empapada de una sustancia negra viscosa aparece en los medios o en televisión: ¡Alguien se está robando nuestro petróleo!
Son presagios reveladores de nuevas y maltrechas situaciones que caben en un país como el mío, que dejó de ser un territorio para convertirse en la actual Venezuela de casi treinta millones de habitantes que aún no califican como ciudadanos, porque ni siquiera han aprendido a respirar.
Por momentos, Ingpen y Page dejan a un lado las cosas que no existieron para advertirnos que los presagios necesitan de un intérprete experto y por eso conviene pedir consejo a un profesional. Dicen que antes de emprender un proyecto importante, deben observarse todos los posibles presagios y buscar un augur que los interprete. ¡El problema es que tenemos a 1900, una mujer histórica que se ha convertido en nuestro mejor augur! ¡Pero de seguro hay presagios en su contra que no le permiten regresar al país y ella lo sabe, porque es una indiscutible y valiosa dirigente política que espera su oportunidad!
Al dejar el miedo atrás, la democracia venezolana también regresará y en lugar de preocuparse por la salud política del venezolano o por su salud moral, se preocupará entera y decididamente por el país. Estableceremos definitivamente el perfil de nuestra propia muerte, cesará el absurdo carácter de los presagios, pero estoy seguro que seguirán vivas en nuestra imaginación las cosas que jamás existieron.

