Llegar entero a los ochenta años puede considerarse como algo normal, porque no significa en modo alguno vencer al tiempo que se asigna a nuestra propia muerte; pero noventa y cinco escapa a lo convencional, no obstante las tres patas que mencionaba la Esfinge de Tebas. Al parecer, no hay nada nuevo bajo el sol, porque ya la Esfinge estaba al tanto de los bastones y hace referencia a ellos en el perverso enigma que planteaba a sus víctimas.
Yo tengo varios bastones, pero aborrezco uno porque es cuádruple, es decir, tiene cuatro pies que ciertamente ofrecen seguridad, pero evidencian a gritos no solo su carácter geriátrico, sino la asepsia clínica que rechazo abiertamente por temor a contagiarme con el malestar de los enfermos que allí buscan salud.
Tiendo a perder el equilibrio y caer, lo que me ocurre a menudo, ocasionando contratiempos en mi cuerpo y alarma en mi familia; pero todos saben que tropezar y caer es normal en humanos como yo que creen estar envejeciendo cuando es todo lo contrario: en lugar de senectud, de avance en la edad, siento que estoy naciendo de nuevo. He llegado a los noventa y cinco con mente libre y despejada, capaz de enfrentar y descifrar los enigmas políticos que me asedian y de combatir y superar las desigualdades sociales apoyándome en mi propio concepto de justicia, porque la que suponíamos ser verdadera es una justicia lamentablemente hundida en el pantano de la desvergüenza, nutrida de jueces deshonestos puestos en ejercicio por un gobierno desarticulado y perverso.
Retorno a la vida, nazco de nuevo, porque a mi edad creo saber mantener en sano equilibrio las fuerzas del mal y el incesante oleaje del bien. Me es fácil deslindar lo que está bien hecho y lo que revela maldad o deterioro. Estoy aprendiendo a perdonar, a ser mejor persona, menos necio e intolerante y acepto y reconozco los errores y desventuradas equivocaciones en los que haya caído voluntariamente o sin darme cuenta.
Sé que me estoy poniendo viejo, camino con torpeza, olvido lo que almorcé ayer y mi memoria huye espantada porque no recuerdo ninguna de las películas que visioné y disfruté en tiempos de la Cinemateca Nacional, pero tampoco hechos o situaciones relevantes. Mantengo, eso sí, fidelidad a mis amigos y —más fascinante aún— he hecho nuevos y con ellos aprendo a vivir.
¡Se nace y se muere! La Esfinge, derrotada por Edipo, se suicida arrojándose al vacío; también se muere el mar. Nosotros sabemos que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Pero yo sé que, mientras me estoy poniendo viejo, estoy comenzando a vivir. No sé si alegrarme o entristecerme, porque no resulta nada grato volver a nacer en un país como este, azotado por la intemperancia política, la vulgar ostentación del dinero mal habido y el persistente y nefasto pensamiento único.

