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Ramón Guillermo Aveledo: Si se puede

 

Los momentos más difíciles de los pueblos ponen a prueba su liderazgo social, económico, intelectual y sobre todo, político. Ahí es cuando hace falta una política de calidad y no sólo me refiero a una política pública realista, sino a un adecuado manejo de riesgos y posibilidades, para producir soluciones equilibradas por el bien común.

En estos días he recordado el libro Economía Política de la Transición de Alejandro Foxley, exitoso ministro de Aylwin, que no duda que la clave de aquel notable logro chileno fue “la calidad de la política”. Un liderazgo que venía de la amarga experiencia dictatorial, que había cometido errores “hasta hacer imposible nuestra convivencia” al punto de provocar el desplome de las instituciones, fue capaz de aprender la lección, de redescubrir “la esencia de la tarea” y de “mirar con generosidad y con una visión de Estado lo que había que hacer…”.

Calidad de la política también vimos en España tras la muerte de Franco. Líderes con historias personales y pensamientos muy distintos, sin dejar de debatir sus diferencias, fueron capaces de encontrar espacios de coincidencia y abrir caminos para una vida por libre y próspera, mejor para todos. En África del Sur, donde tras veintisiete años preso Mandela salió a negociar con sus captores, que a su vez entendieron que el status quo era insostenible, para transformar el sistema político de modo que todos estuvieran incluidos.

En Polonia, donde la dictadura del Partido Comunista se acercaba a los cuarenta años cuando decretó la Ley Marcial en 1981 y acorraló a Solidaridad. Ocho años después las negociaciones posibilitaron unas elecciones muy parcialmente libres, un gobierno coaligado de comunistas y opositores con la drástica reforma económica del Plan Balcerowicz y sólo en 1990 pudo elegirse a Walesa, indiscutible líder de la lucha por la democracia y la justicia.

A la caída de la dictadura venezolana, Larrazábal un militar que venía del régimen mas no comprometido con la represión, de talante abierto y espíritu democrático, encabezó la transición. Los partidos prohibidos, perseguidos con sus líderes regresando del exilio, junto a otros sectores contribuyeron a la estabilidad, firmaron el Pacto de Puntofijo y un “Programa Mínimo de Gobierno” que también suscribió el almirante que renunció a la Presidencia para ser candidato. Produjeron así un gobierno de coalición, una nueva Constitución bastante consensuada, apoyaron unas reformas económicas tan necesarias como antipáticas y cuarenta años de gobierno civil, libre, con alternancia por cuarenta años imperfectos, sí, pero objetivamente los mejores de nuestra historia hasta el día de hoy.

En esos casos, los ajenos y el propio, la calidad de la política fue la clave. Una política que ponga el interés de todos por encima del parcial o personal. Que aprecie con realismo el presente sin dejar de pensar en el futuro.

Es histórico, esa política de calidad es posible. La duda razonable general es si esta vez, con este liderazgo que tenemos, se podrá. Me puede el pesimista esperanzado que llevo dentro y consciente de las enormes dificultades, mi convicción acerca de su necesidad es tan fuerte que apuesto a que sí, a que sí se puede, a que sí se podrá.