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Pedro R. García: En el país ¿Revolución socialista o revolución de la Acedia?

 

Punto de Quiebre.

Ubicando algunas pistas.

En la celebración del Congreso Internacional sobre el Humanismo Cristiano, en el tercer milenio el cual celebró, en Roma 21-25 de septiembre 2003. Se abordó el mal espiritual de la Civilización actual.  Un intento de diagnóstico espiritual inspirado en la doctrina tradicional sistematizada y expuesta por Santo Tomás de Aquino, el teólogo y, S.J. Horacio Bojorge quiso llamar la atención sobre algunos hechos. 1) la percepción y señalación desde diversas disciplinas científicas, de la envidia como mal radical de la cultura y civilización moderna; 2) la conciencia creciente de que la doctrina tradicional acerca de la envidia y de la acedia, recogida y sistematizada por Santo Tomás, permite comprender mejor la naturaleza espiritual de esos males y los caminos para intentar remediarlos; 3) la luz profética que arroja esa doctrina, sobre las investigaciones en curso para interpretar proféticamente sus resultados, 4) la conexión de la envidia reconocida, con la acedia ignorada, que sin embargo es su fuente y origenIré señalando en este intento de análisis el grueso de obras y de sustantivos estudios de diversos autores que exploran, desde distintas disciplinas el fenómeno de la envidia en nuestra sociedad y en nuestra cultura, y coinciden en mostrar su presencia, efectos negativos e influjo determinante en el mundo actual.  Son dignas de atención, porque en su conjunto y por convergencia, permiten apreciar el valor permanente de la enseñanza de Santo Tomás sobre la envidia, y cómo esa doctrina ilumina la naturaleza de la dolencia espiritual de acedia, raíz de la envidia que reconocen como dolencia de la actual decadente civilización.  También porque confirma la objetividad de lo que se ha venido exponiendo en numerosos, estudios, ensayos y conferencias.

Una referencia a una circunstancia actual: fue el debate de la mención, o no, del cristianismo en el proyecto de Constitución Europea, la cual brindó una ocasión concreta para iluminar, a la luz de la doctrina sobre la acedia.  Este hecho confirma que, como adelanto, Bojorge en: “En mi sed me dieron vinagre”. Para la inaplazable tarea de forjar un nuevo humanismo en el tercer milenio el terreno no está vacío.

Las ciencias redescubren la envidia 

Un buen número de investigaciones en el área de lo que los alemanes llaman Geistes-Und Sozialwissenschaften, convergen en observar el hecho de la envidia desde sus respectivas disciplinas. Lo comprueban e interpretan coincidentemente y a veces utilizando los mismos términos: Helmut Schoeck en Sociología, Gonzalo Fernández de la Mora en Ciencia

Política, Bernard en Economía, Víctor Frank y Tony Anatrella en Psicología, tanto profunda como   social, René Girard en filosofía de la cultura, y demás.

Helmut Schoeck el desenmascaramiento de las formas políticas de la envidia

En 1966 un joven sociólogo conmovió las doctrinas sociopolíticas utopistas, señalando en su obra, La envidia una Teoría de la Sociedad, la función extremadamente dañosa que logra la envidia dentro de la vida social.

Helmut Schoeck, era un pensador conservador cuyo pensamiento influyó radicalmente la acción política europea.  Dio clases en la universidad de Mainz y describió las manifestaciones sociopolíticas de la envidia en estos términos. “La política de aquellos que procuran nivelarlo todo, intentan instaurar, por lo menos poco a poco, tendencialmente, una igualdad utópica”.  Estas utopías que quieren crear una sociedad en la cual ya no haya casi ninguna diferencia entre las personas que estarían dispuestas a pagar cualquier precio, tanto en economía como en las ciencias, cuanto en la capacitación profesional, con tal de alcanzar el ideal de la igualación al que tienden.  En estos casos, la Envidia, que se institucionaliza como política niveladora en forma de impuestos diferenciales progresivos, es responsable del agotamiento del potencial de la población y de sus cualidades.

Helmut Schoeck resumió los resultados de sus investigaciones en la tesis: la envidia traducida a política es el comunismo. Él probaba su tesis demostrando el carácter expropiatorio de los impuestos diferencial y severamente progresivos, estos no provenían de la ciencia económica sino de la psicología política.

La penalización de la eficacia tiene una causa de orden ideológico.  Desde el punto de vista de la economía de la nación no tiene sentido alguno.  La igualación creciente produce el decrecimiento de la eficacia para daño de todos.

Rene Girard del deseo mimetico a la tristeza por el bien del otro

René ha descrito el deseo mimético como el impulso más profundo del hombre y de los animales.  Este deseo de imitar es indispensable para que el hombre llegue a ser hombre, porque es imitando como aprende a hablar, a caminar, a integrarse a la familia y a la sociedad, a una cultura.  Pero Girard distingue la mimesis de rivalidad o de antagonismo.  El hombre está gobernado por el deseo mimético. Deseamos algo porque el otro lo desea. Y de ahí surge el antagonismo, la rivalidad y la videncia.

No es difícil advertir que lo que Girard describe larga y minuciosamente, señalándolo en las más variadas obras literarias, tópicos culturales y religiosos, es lo que tradicionalmente ha llamado “envidia”.

La teoría de René Girard viene sembrando desde hace décadas inquietud y encendidos debates en los medios intelectuales de Francia.  De hecho, si se toma en serio, conduce a una seria revisión del psicoanálisis y de las ideas del estructuralismo y del marxismo, entre otras pone al descubierto el secreto de la violencia latente y escondida en el corazón del hombre de todas las culturas. Sus análisis son una revolucionaria interpretación de la cultura y una especie de metafísica de la envidia.

Y queda así establecido el nexo lógico que conecta la envidia con la acedia y que resulta evidente en los planteos de la doctrina de la Escuela de René Girard. La envidia nace y se nutre de la acedia, el comportamiento interhumano de rivalidad y de envidia, que entre nefastas consecuencias tiene la ya señalada del totalitarismo y del terror igualitarista, y la no menos terrible de ser la fuente de todas las videncias, es consecuencia lógica de una actitud religiosa anterior y más profunda: acedia, tristeza por el bien de los que aman a Dios, tristeza por los mismos que aman al prójimo.

Toda cultura es reflejo de una religión, y toda incultura reflejo y consecuencia de una irreligión. El desorden del afecto ante el bien supremo, va de la mano con el desorden ante el bien del prójimo.

La acedia: el mal de nuestro tiempo, ha habido quienes reconocieron con afinada sensibilidad espiritual, más allá de la envidia entre semejantes, observada y descrita por tantos y desde tan distintas disciplinas del saber actual, que su raíz y su fuente es un mal espiritual, el pecado de Caín.

William J. Bennett, un pensador bien conocido en Norteamérica y buen conocedor de esa sociedad, graduado en derecho en Harvard, y doctor en filosofía por la Universidad de Texas, afirmaba hace ya una década, que la verdadera crisis de su país y de nuestro tiempo “es de naturaleza espiritual y se llama acedia”.

Una clave antigua para un mal moderno

La doctrina tradicional sobre este fenómeno espiritual, sistematizada por Santo Tomás, cobra por eso particular actualidad y es recomendable por su utilidad, tanto para el diagnóstico del mal como para orientar la aplicación de sus posibles remedios.

El Dr. Francisco Canals Vidal, lo afirmaba en una conferencia en 1989, en el Campus Oriente de la P. Universidad Católica de Chile: “Nadie puede conocer la situación del mundo de hoy si no medita estos textos de Santo Tomás”.  Y en la tesis de su obra, La   Envidia Igualitaria, Barcelona, 1984 puede sintetizarse así: ´´El progreso de una sociedad supone la aceptación por la mayoría de una planificación realizada por una minoría.  La pasión malsana de la envidia, que margina a los mejores y exalta a los mediocres, que demuele las jerarquías de una sociedad (o de una organización cualquiera), se transforma entonces en una fuerza negativa que puede llegar a detener el progreso de esa sociedad o de esa (organización)”. También Fray Armando O.P viendo la actualidad del asunto le ha dedicado un estudio: Los ángeles y el demonio del mediodía, Santa Fe, Centro de Estudios San Jerónimo, 1966.  El Dr. Mauricio Echeverría, afirmaba, en ocasión de hacer una presentación sistemática de la doctrina del Dr. Angélico sobre la acedia: “La acedia y el bien del hombre, en Santo Tomás” “Angelicum de Roma, con ocasión del jubileo de la Universidades; publicada en:  Intus-Legere, No. 4 (2001). “El antiguo concepto de “acedia” puede resultar esclarecedor para la pregunta sobre el bien del hombre, precisamente en los tiempos que vivimos”. “Si queremos superar los síntomas de la creciente depresión contemporánea, la radiografía de la acedia nos mostrará caminos realmente valiosos para una terapia moral”.

La crisis más profunda de la iglesisa: Acedia

Pero la acedia no afecta solamente a agnósticos y laicistas, también afecta a la Iglesia.  Como lo ha reconocido un observador con nada despreciable autoridad, el Cardenal Arzobispo de Viena, Monseñor Chistoph Schönborn, la acedia “es la crisis más profunda” que nos aqueja hoy de la que no escapa la Iglesia Católica.

“La crisis más profunda que hay en la Iglesia consiste en, que nos atrevemos ya a creer en las cosas buenas que el creador obra por medio de quienes le aman.  A esa poca fe intelectual y espiritual, la tradición de los maestros de la vida espiritual la llaman acedia, hastió espiritual, un edema del alma como lo llama Evagrio que sumerge al mundo y a la propia vida en un lúgubre aburrimiento y que priva de todo sabor y esplendor a las cosas”.

Acedia ante el pasado cristiano de Europa

Un hecho de reciente data viene a confirmar una vez más lo acertado del diagnóstico espiritual de nuestro tiempo, como un tiempo aquejado de acedia: casi simultáneamente con la celebración del Congreso Internacional de Humanismo Cristiano en el tercer Milenio, Roma 21-25 sep. 2003.  Se agitaba el tema de si se había de mencionar o no el cristianismo en el texto de la futura Constitución Europea.  Se comprueba, como lo ha hecho Hosep Miró y Ardévol, presidente de la Convención de Cristianos por Europa, que “reza lo ridículo que el preámbulo haga referencia a la componente helenística y romana y salte directamente a los filósofos de la luz, omitiendo la referencia cristiana sin la cual la ilustración resulta incomprensible.  Ignorar como hace el texto, la realidad de la identidad europea, que tiene como uno de sus componentes básicos el cristianismo, constituye una imposición ideológica y expresa la voluntad política de que el laicismo excluyente la única categoría cultural y referencial posible, marginando así el hecho religioso.

Sería fácil ver, si se respetase la teoría democrática del derecho de las mayorías, que no solo trata de mencionar o no el rol del cristianismo en la historia, sino de impedirles a los cristianos el derecho de configurar su mundo y su cultura de acuerdo a su fe.  Uno se asombra de lo que pudiera suceder que no solo se mencionara el cristianismo, sino que se les diera libertad de configurar cristianamente su mundo a los cristianos en un continente en que son abrumadora mayoría: 555 millones de cristianos (269 católicos, 170 ortodoxos, 80 protestantes, 30 anglicanos) y 39 millones de otras religiones (32 de musulmanes, 3,4 de hebreos, 1,6 hinduistas, 1,5 budistas, 500 mil sikh).

Resulta igualmente asombroso que se acepte sin crítica y sin respuesta el “miedo” a los cristianos que debería ser examinado e interpretado como una forma de acedia.  Es asombroso que se pueda admitir por “obvio” que un mundo de clara mayoría cristiana deba organizarse en forma laica y considerar “comprensible la desconfianza de quienes temen que detrás de las raíces cristianas se esconda la intención de imponer o privilegiar una determinada identidad de acuerdo a su fe y su cultura, aun respetando los espacios de los demás religiones”.

Ceder a la compulsión laicista ¿no es ceder a una de las formas más terribles de la pretensión igualitarista e igualadora de la ideología de la envidia? En efecto: es la pasión igualadora, secularizadora, desacralizadora de la ideología de la acedia.

Aplicada a la iglesia, a los fieles, al pueblo católico, la afirmación de Gonzalo Fernández de la Mora, cobra ribetes escalofriantes: Aquellos que se rebelan contra el sometimiento a la ideología instalada, comúnmente los mejores, son eliminados o marginados.  ¿Puede aceptarse como comprensible el miedo a la existencia de una humanidad de hijos de Dios? ¿No es eso lo que pretende el igualitarismo laicista lograr que el hombre católico se auto imponga?

La civilización de la Acedia

Este ejemplo actual de obnubilación para la licitud de la pretensión cristiana en la historia, y la ciega condescendencia ante su pretensión arbitraria de excluir los derechos de las mayorías cristianas, sospechar y considerarlas peligrosas, es un síntoma que muestra la actualidad del diagnóstico acerca del mal espiritual que aqueja, no solamente a nuestra civilización sino también a destacados miembros de la intelectualidad católica y que amerita llamarla civilización de la acedia, como habían comenzado a hacerlo desde 1996.  En diversos escritos y conferencias, de esta percepción se han ido confirmando sucesivamente varios hechos. Primero el interés de infinidad de lectores.  Luego la avidez con que se agotó la primera edición del libro de Horacio Bojorge, S.J.  En mi Sed me dieron Vinagre.  La Civilización de la Acedia.  Ensayo de teología pastoral, edit. Lumen, Buenos Aires, 1996.  Y así han ido llegando a conocimiento de los lectores, uno tras otro, los estudios que hemos citado antes de William J. Bennett, Francisco Canals Vidal, Fr. Armando Díaz O.P y

Mauricio Echeverría.  Se establece en (2001) un productivo dialogo sobre el tema en el Foro Virtual de la Universidad Balmesiana.  Desde esa fecha la observación ha venido siendo recogida bajo la égida de Santo Tomás.

La Acedia innominada, padecida y no reconocida

En el prólogo del libro de Horacio Bojorge, S.J. Mujer: ¿Por qué lloras? Señala una serie de autores y obras, que se ocupan de hecho, de diversos efectos de la acedia, pero sin reconocerlos como tales y sin mencionar el mal que son claros síntomas.  No se trata solamente de un asunto de nomenclatura o lexicográfico, se trata de que no se le reconozca y por tanto tampoco se señala la verdadera entidad espiritual del fenómeno que se tiene entre manos.  Decía Bojorge allí: “Es reconocible la descripción de diversas formas de acedia eclesial en numerosas obras teológicas, pastorales y de espiritualidad”. Por ejemplo: H. Urs Von Balthasar ha descrito la acedia, ante el primado de Pedro el magisterio papal, aunque sin presentarla explícitamente como tal.  Una de sus grandes obras teológicas: Gloria.  Puede considerarse un alegato contra la acedia infiltrada en el quehacer teológico occidental de los últimos siglos, hecho de espalda al bien de la belleza.  El jesuita francés André Maranche ha descrito la acedia gnóstica contra el Magisterio Apostólico y el Orden Sagrado.  René Laurentin ha señalado numerosos objetos de la acedia en la Iglesia del fin del Milenio: ante los movimientos, ante las apariciones marianas, acedia académicamente ante la piedad y la fe.  H.J.M Nouwen hace una acabada descripción de la acedia pero sin llegar a darle ese nombre, en la que es, quizás la más nombrada de sus obras, al describir la acedia del hermano mayor del hijo pródigo.  De la acedia litúrgica han disertado con preocupación, sin llamarla tampoco por su nombre, el Cardenal G. Danneels, Max Thurian y el afamado liturgista catalán Pere Tena o el menos reconocido capuchino vasco José Luis Ansorena.  J.L. Idigoras jesuita español destinado al Perú, señalaba desde allí, ya hace años, la acedia de los clérigos ante la religiosidad popular.

Continuando con la decodificación de obras y autores que tratan de la acedia sin reconocerla como tal, se señala en el capítulo quinto de Mujer ¿Por qué lloras?

Las observaciones de los psicologos Viktor Frakl y Tony Anatrella

Víctor Frankl, el psiquiatra austriaco sobreviviente de Auschwitz, ha impuesto en la ciencia psicológica moderna el reconocimiento de que, la depresión se debe a la pérdida del sentido de la vida: El hombre necesita tener un sentido último.  Y ese sentido último ha de ser un bien que no se pueda perder.  Ahora bien  el así llamado mundo contemporáneo, se edifica voluntariamente bien sea negando en forma teórica, bien sea prescindiendo en forma pragmática, de todo sentido último.  Dicho con mayor exactitud: alejándote de Dios como sentido final, como el gran para qué para quien del hombre y el universo.  Y esa es la raíz de su tristeza característica.

Las afirmaciones de Viktor Frakl

Se ven confirmadas por W.J. Bennett: “La explicación que les ofrezco es que la verdadera crisis de nuestro tiempo es de naturaleza espiritual.  Concretamente, nuestra dolencia es lo que los antiguos llamaban acedia.  Es una aversión y una negación ante lo espiritual.  La acedia se pone de manifiesto en una ansiosa e indebida preocupación por lo exterior y lo mundano.  Consiste en una pachorra y ausencia de interés por las cosas divinas.  Traen aparejada según los antiguos, una cierta tristeza y dolor por todo.  La acedia se pone de manifiesto en un rechazo carente de alegría, malhumorado, y egotista de la vocación de ser, hijos de Dios.  El hombre contagiado de acedia odia todo lo espiritual y quiere verse exento de sus exigencias.  Según los antiguos teólogos la acedia produce odio contra todo lo bueno.  Y este odio realimenta y exponencia el rechazo, el mal humor, la tristeza, el dolor y la frustración”.

Es la misma realidad que se refleja en la frase de Bossuet, citada por Francisco Canals Vidal: “Este inexorable aburrimiento que constituye el fondo de la vida del hombre que ha vuelto la espalda a Dios”.  A la acedia me parece continua diciendo F. Canals Vidal – hay que atribuirle la drogadicción, el suicidio juvenil, el conflicto de generaciones y demás.  Hay cosas que no se explican sin esa teología de la acedia, el más grave de los vicios capitales que puede llevar por un camino aburrido a la soberbia y a la rebelión contra Dios y el prójimo y a la absoluta insoportabilidad de la vida, porque el fondo de la vida sería tan inexorablemente aburrido…”

“La acedia-observa atinadamente W.J. Bennett- no es un mal espiritual nuevo, por supuesto.  Es conocido como el séptimo pecado capital.  Pero hoy escandalosamente en aumento”.

A medida que avanza, la cultura moderna, que se prolonga y se consuma en la post-moderna, al mismo tiempo que se ha ido imponiendo el “progreso” a los pueblos, se les ha ido quitando las alegrías de las que no carecían los pobres.  Mientras que no siempre ni a todos los ha sacado de la pobreza, sí los ha empobrecido humanamente.  Los pueblos que nuestra civilización llama primitivo suelen contar de alegría durante el trabajo, se regocijan cuando comparten sus alimentos así sean unos mendrugos, se alegran en su matrimonio y con sus hijos y no necesitan costosísimas vacaciones para repararse el stress.

La cultura de la Globalización-Globaliza tambien su tristeza

El psiquiatra y psicólogo social Tony Anatrella, conocido por su obra El Sexo Olvidado, es autor de una obra que titula La Sociedad Depresiva.    La depresión dices no solo la enfermedad más extendida en nuestra civilización, sino su mal característico. La nuestra es una sociedad deprimente.  “La sociedad deprime – dice Anatrella, porque ya no está animada por un ideal que la trascienda.  Un ambiente de muerte y la idea de un universo carente de perspectiva sofocan nuestra sociedad.  El número creciente de enfermos depresivos y la utilización masiva de ansiolíticos lo demuestra. A la manera del deprimido, nuestras sociedades se han idealizado como si ellas pensaran ser ellas mismas su propio ideal.  Y queriéndose liberar del creador, lo han cambiado por ideologías alienantes y desesperanzadoras para el hombre, basadas en el mito triunfador de la ciencia y la tecnología.  Mientras nuestras sociedades no renuncien a este yo idealizado que no tiene fundamento real, ellas se sumergen, en la depresión”. Tony Anatrella enumera también otros síntomas acecidos: “Los dogmas son percibidos como sofocantes para la experiencia humana; la sociedad descuida el sentido del ideal; ignora o rechaza las adquisiciones, culturales, religiosas y sociales”.

La acedia es una dolencia espiritual que se caracteriza por la ceguera para el bien, ya que no se le ve, ya por que se le ve como un mal.  Hemos llamado este fenómeno apercepción y dispercepción. La acedia, como la tristeza por los bienes espirituales de que se goza la caridad, los hace ciegos para la consideración de esos bienes.

De esa ceguera mental para ver el bien la ha abordado el Dr. Angélico en la Secunda secundae, q. 15 art. 1, donde sitúa la ceguera para el bien como un pecado que tiene su causa principal en la lujuria. Y respondiendo a la objeción tercera afirma conocer la verdad es algo por sí deseable, a no ser que accidentalmente, en algún caso, no se quiera conocer la verdad porque impide tener algo que se ama más.  ¿Qué es lo que la sociedad actual ama más?  ¿Qué será lo que el actual régimen de turno ama más?.

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