La erosión del orden internacional y el consecuente cambio en el equilibrio de poder impulsaron el surgimiento de nuevas alianzas y marcos de cooperación en seguridad. Por un lado, se fortaleció un eje estratégico compuesto por Rusia, China, Irán y Corea del Norte. Por otro, las democracias occidentales y sus socios avanzaron nuevos mecanismos de cooperación, como AUKUS (entre Estados Unidos, Australia y el Reino Unido) y el ingreso de Finlandia y Suecia a la OTAN, que puso fin a décadas de neutralidad nórdica. Esto demuestra que las potencias medias comenzaron a redefinir sus alianzas y asociaciones de seguridad como componentes indispensables para preservar su seguridad, autonomía estratégica e influencia internacional. Y eso trae oportunidades para México.
La invasión rusa a Ucrania es una de las advertencias más importantes de nuestro tiempo para las potencias medias: la guerra sigue siendo usada como instrumento de conquista territorial y persecución de objetivos estratégicos por parte de una gran potencia. Al mismo tiempo, el conflicto demuestra que una postura estratégica mal calibrada puede ser fuente de riesgo e inestabilidad. Pero, cuando está respaldada por capacidades creíbles y alianzas claras, puede funcionar como una herramienta clave de disuasión y diálogo.
Aquí es donde cobra relevancia el concepto de “pivotes estratégicos”. En El gran tablero mundial, Zbigniew Brzezinski usó ese término para describir a países que, sin ser grandes potencias, moldean el orden internacional por su posición geográfica, fortaleza económica e influencia política. En ese marco, como potencia intermedia, México enfrenta hoy una ventana histórica de oportunidad: puede quedarse al margen, expuesta a las consecuencias de un orden definido por otros, o asumir un rol activo en su reconfiguración.
México y la necesidad de asumir una postura estratégica
Esto no implica neutralidad pasiva, sino una postura estratégica activa que combina dos dimensiones complementarias y no excluyentes. Por un lado, requiere fortalecer las capacidades de defensa y profundizar alianzas con socios afines. Por otro, exige tender puentes de diálogo entre las grandes potencias y actuar como mediador en áreas donde los canales tradicionales de comunicación y cooperación se debilitaron o desaparecieron.
En este segundo frente México cuenta con un activo subutilizado: su propia historia diplomática. El Tratado de Tlatelolco, que estableció a América Latina y el Caribe como la primera región densamente poblada del mundo libre de armas nucleares, demuestra que México ya fue capaz de construir una arquitectura de seguridad multilateral en un período de intensa competencia entre grandes potencias.
Esa capacidad diplomática no desapareció, simplemente quedó relegada a un segundo plano. Hoy, sin embargo, debe complementarse con una estrategia centrada en fortalecer capacidades y forjar alianzas estratégicas. En un entorno internacional cada vez más marcado por la competencia geopolítica y la erosión de los mecanismos tradicionales de cooperación, México tiene la experiencia y la oportunidad de recuperar su rol como promotor de diálogo y constructor de consensos, sin comprometer su autonomía estratégica ni su libertad para fortalecer sus propias capacidades de defensa y profundizar vínculos con socios estratégicos.
La recomendación estratégica para México es clara: en lugar de esperar pasivamente a ser arrastrado hacia un alineamiento binario entre bloques en competencia, debería perseguir activamente acuerdos en áreas donde posee legitimidad histórica y ventajas geográficas. Por ejemplo, incluyendo no proliferación, seguridad marítima, la posibilidad de convertirse en Socio Global de la OTAN y la modernización de sus capacidades de defensa.
Líneas de acción
Esta estrategia implica cuatro líneas de acción. Primero, México debería recuperar su liderazgo diplomático en foros de desarme y control de armamentos, apoyándose en el legado del Tratado de Tlatelolco como capital político. Segundo, debería promover discusiones sobre gobernanza marítima regional. Es un área en la que se intensifica la competencia estratégica entre grandes potencias y donde México está bien posicionado para actuar como intermediario del diálogo. Tercero, debería explorar su participación en el marco de Socios Globales de la OTAN para fortalecer la colaboración en ciberseguridad, resiliencia de cadenas de suministro y desminado, sin asumir obligaciones de defensa colectiva. Finalmente, México debería avanzar en la modernización de sus Fuerzas Armadas para que puedan cumplir plenamente sus misiones constitucionales y responder con eficacia a los desafíos del entorno estratégico actual. Esa modernización solo será posible si va acompañada de un compromiso político sostenido.
México debe incrementar gradualmente su presupuesto de defensa para equipar a sus Fuerzas Armadas con la tecnología, el equipamiento y las capacidades necesarias para enfrentar los desafíos de seguridad contemporáneos.
El mundo está entrando en una nueva era de competencia estratégica en la que la influencia depende cada vez más del poder, las capacidades y las alianzas. Frente a esta realidad, México tiene dos opciones: puede observar pasivamente cómo otros reconfiguran el tablero geopolítico, o puede asumir su rol como pivote estratégico activo. La oportunidad existe. La pregunta es si México tendrá la visión estratégica y la voluntad política para asumir el rol que su historia, geografía y capacidades le permiten jugar en el orden internacional emergente.
Consultora de Seguridad e Inteligencia. Inteligencia Estratégica, Amenazas Emergentes y Seguridad Internacional.

