Lectura de finde.
Querido José Ignacio:
Te escribo porque tú tenías esa lucidez casi descarada para descifrar nuestro gran sainete, para explicarnos cómo este país inventa y deshace sus propios mitos entre un trago de ron y una opereta. Hoy te busco entre las líneas de lo que fuimos y lo que nos pasó, porque Venezuela sigue sin ser un mapa geográfico ni una sucesión de decretos: Es, tal como tanto lo vislumbraste, una anatomía del desgarro y de la desmesura, una criatura sentimental que ha vivido siempre al borde del colapso o del milagro. Para entenderla no hay que buscar en los archivos del Banco Central ni en las actas notariales, sino en el pliegue del alma donde conviven la soberbia de sabernos bendecidos y el pánico atávico a quedarnos huérfanos.
Tú bien sabías cómo nacimos: De un espasmo sangriento. La gesta libertadora no nos dejó una casa tranquila, sino un cementerio cubierto de laureles, un paisaje de obituarios. Fuimos educados para el heroísmo, no para la cotidianeidad; se nos enseñó a amar la patria con una pasión trágica, ciega, descalza y llena de heridas de lanza. Aprendimos a buscar el consuelo en las estatuas de bronce y a esperar, con la mirada puesta en el horizonte, al caudillo providencial que viniera a salvar a los hijos de una tierra siempre prometida y nunca poseída. Arrastramos desde el siglo XIX esa melancolía del origen, el duelo sin procesar de una devastación que nos hizo creer que la grandeza exigía la entrega del propio pellejo.
Luego, la tierra manó ese sudor negro y denso que nos cambió el destino. El petróleo no fue un mero recurso económico, José Ignacio; fue un color colectivo. Pasamos de la casa de bahareque a los rascacielos sin haber cerrado el luto del pasado. El país rural, palúdico y taciturno, se despertó de pronto metido en un traje de seda. Nos embriagamos de modernidad. Floreció entonces esa alegría estruendosa, esa desenvoltura de quien se cree rico por derecho divino. Inventamos una forma de estar en el mundo hecha de desparpajo, de risas ruidosas en las aceras, de una solidaridad caliente y desordenada. Nos refugiamos en la “mamadera de gallo” no solo como chiste, sino como una armadura invisible: Si nada es serio, nada puede dolernos; Si todo es una fiesta, la muerte no se atreverá a entrar.
Así construimos el espejismo. Nos creímos invulnerables. Bailamos sobre el volcán con una copa de guarapita en la mano, repitiendo el dogma ciego de que Dios era venezolano y tenía un pozo de petróleo en el patio trasero. Éramos una sociedad que confundió el consumo con la felicidad y la abundancia con la virtud. Pero la abundancia anestesia, y en esa borrachera colectiva fuimos dejando desatendidos los cimientos de la casa, incubando la tormenta en las esquinas donde la fiesta nunca llegó a sonar.
El despertar fue un golpe seco, directo al esternón. El dinero comenzó a evaporarse y el espejo donde nos mirábamos hermosos se agrietó. El desencanto no fue solo financiero; Fue una bancarrota moral. Sentir que nos habían robado el futuro generó una amargura amontonada que tardó años en fermentar. Nos llenamos de un rencor sordo, de una rabia acumulada que buscaba culpables a los que cobrarle las promesas rotas.
Y entonces llegó el vendaval de la división. Nos inyectaron la sospecha en la sangre. Aprendimos a mirarnos como amenazas. El odio político atravesó la piel del país hasta la médula, fracturando el único santuario inviolable que nos quedaba: La familia. La mesa del domingo, ese rito donde el sancocho reunía a tres generaciones, se convirtió en una trinchera. Nos dijimos palabras irreparables, nos despojamos de la empatía, amputamos afectos de años por una franela, un color o un eslogan. El tejido social se deshilachó con un crujido espantoso, y la soledad empezó a sentarse en los comedores de las casas.
Lo que vino después fue el vaciamiento. La geografía del sentir se fragmentó en millones de pedazos repartidos por las estaciones de autobús del continente y las salas de espera de aeropuertos lejanos. La patria dejó de ser un suelo para convertirse en un duelo itinerante, en una pantalla de teléfono que se enciende a medianoche para confirmar si el otro sigue vivo. Aprendimos la tortura de la ausencia: La madre que envejece frente a una cámara, el hijo que crece en un idioma extranjero, las sillas vacías en diciembre que duelen más que las ausencias de los muertos. La nostalgia se nos instaló en los pulmones como un polvo denso que no deja respirar.
Hoy somos una nación golpeada por la fatiga del alma. Vivimos en la oscilación perpetua entre el agotamiento de quien lo ha perdido casi todo y la terquedad casi mística de no dejarse apagar. Nos queda la piel curtida, la cicatriz como marca y no como vergüenza, y esa capacidad prodigiosa de encontrar, en la penumbra más absoluta, una chispa de humor para espantar a los demonios. Venezuela es hoy una madre con los brazos vacíos pero con el corazón encendido, velando la casa a media luz, esperando que el afecto disperso encuentre, alguna tarde, el camino de regreso.
José Ignacio, en esa vigilia a media luz no habita la resignación, sino el presagio del alba. Porque ninguna noche, por más densa y dilatada que parezca, ha logrado jamás desactivar la terquedad de la luz. El país fracturado que hoy duele en tantos husos horarios no es una ruina definitiva: es una semilla amarga pero fértil, sembrada en las entrañas de millones de almas que aprendieron a querer con la rabia sagrada de los sobrevivientes.
Llegará el día en que la memoria deje de escocer para convertirse en cimiento. Volveremos a sentarnos a la mesa no para saldar cuentas con el pasado, sino para bendecir el pan del reencuentro. Las sillas vacías irán recuperando nombres y cuerpos, las pantallas frías se apagarán ante la calidez de un abrazo de carne y hueso, y el tejido social —hilo a hilo, perdón a perdón— volverá a bordarse sobre las cicatrices de la tierra madre. La promesa de Venezuela no está escrita en la fragilidad de un hidrocarburo ni en la boca de un mesías extranjero; late intacta en esa dignidad serena de quien, habiendo conocido el abismo, elige obstinadamente volver a florecer.
La casa no está destruida, José Ignacio: solo está esperando que encendamos de nuevo todas las luces. Y tú, haces falta, mucha falta.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob


