En el debate público actual se ha ido imponiendo una lógica según la cual el adversario político ya no es alguien con quien se discrepa, sino alguien a quien hay que anular. Da igual si el discurso proviene de posiciones de derecha o de izquierda, ya que en ambos extremos aparece la misma estructura, la de convertir al distinto en enemigo absoluto, en amenaza que no merece ser escuchada ni, en el fondo, reconocida como plenamente humana. Esta situación es uno de los fundamentos para que emerjan fórmulas totalitarias sumamente peligrosas y dañinas para el ser humano. Comprendo que esto es estimulado por discursos muy oscuros que calan en corazones agobiados por injusticias y experiencias amargas que han dado forma a frustraciones y molestias. Sin embargo, esto no hace menos dañina la propagación y estimulación de estos discursos.
Discrepar de alguien es reconocerlo como interlocutor válido, aunque equivocado. Negarlo es otra cosa. Negarlo es sacarlo del círculo de quienes tienen derecho a hablar, a existir con legitimidad en el espacio público. El discurso radicalizado de nuestro tiempo -sea el que caricaturiza al de izquierda como enemigo de la patria y la familia, sea el que caricaturiza al de derecha como enemigo de la humanidad y la justicia- comparte ese mismo gesto. Sustituye el argumento por el estigma, y el estigma prepara el terreno para la exclusión, cuando no para la violencia simbólica o real. La pregunta que interesa aquí no es cuál bando tiene razón en tal o cual asunto, sino qué ocurre cuando se abandona la posibilidad misma de que el otro tenga razón en algo.
Lévinas construyó buena parte de su obra alrededor de una intuición central. El otro no puede ser reducido a una categoría, a una idea o a un concepto que yo ya poseo. El rostro del otro se presenta como algo que excede cualquier totalización; por eso, para Lévinas, la ética, nuestra responsabilidad ante ese rostro, es anterior a cualquier sistema político o ideológico. Un discurso que empieza por decidir de antemano qué es el otro (un fascista, un comunista, un enemigo del pueblo, un zurdo) antes de escucharlo, cancela el rostro y lo sustituye por una etiqueta. Algo semejante había señalado antes Martin Buber cuando distingue la relación Yo-Tú, en la que el otro es reconocido como sujeto irreductible, de la relación Yo-Ello, en la que el otro queda reducido a objeto manipulable. La radicalización política contemporánea empuja sistemáticamente hacia el Yo-Ello, en la cual el adversario deja de ser un tú y pasa a ser un obstáculo a remover.
Hannah Arendt ofrece quizá la advertencia más directa sobre este fenómeno. En su análisis de los totalitarismos, mostró que estos regímenes no comienzan necesariamente con la violencia física, sino con la eliminación de la pluralidad, con la pretensión de que existe una sola verdad legítima y de que quienes no la comparten no son solo adversarios, sino elementos ajenos al cuerpo social que deben ser silenciados o eliminados. Para Arendt, la política existe precisamente porque los seres humanos son plurales y distintos entre sí; un discurso que aspira a borrar esa distinción, imponiendo una identidad única de los buenos contra los malos, no es un exceso de la política, sino su negación. Es significativo que Arendt haya insistido en que la ideología, entendida como sistema cerrado que pretende explicarlo todo, sustituye el pensamiento por la deducción automática. Una vez aceptada la premisa (el otro bando es el enemigo del pueblo/de la nación/de la humanidad), todo lo demás se sigue sin necesidad de mirar la realidad. Ahí reside buena parte del peligro. No hace falta ya pensar, basta con aplicar la etiqueta.
En el siglo XX, el Concilio Vaticano II, en la constitución pastoral Gaudium et Spes, subrayó que el hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, y que el ser humano solo puede encontrarse plenamente a través del don sincero de sí mismo a los demás. Negar al distinto, tratarlo como si no mereciera ser escuchado ni reconocido, supone, desde esta perspectiva, una forma de desconocer una dignidad que no ha sido conferida por el consenso político, sino que le antecede y lo trasciende. El personalismo cristiano desarrolló esta intuición en términos filosóficos rigurosos. Para el personalismo, la persona no es un individuo aislado ni un mero engranaje de una colectividad; es un sujeto libre, irrepetible y esencialmente orientado a la relación con otros. Mounier criticó con la misma fuerza el individualismo liberal, que atomiza a las personas y las reduce a competidoras, y el colectivismo totalitario, que las disuelve en la masa o el partido. San Juan Pablo II, por su parte, insistió en que ninguna causa -ni siquiera una causa justa- autoriza a tratar a la persona humana como un simple medio o como un enemigo a eliminar; hacerlo es traicionar la verdad misma sobre el hombre.
Fratelli tutti del Papa Francisco, denuncia de manera explícita tanto los populismos que manipulan al pueblo cerrándolo sobre sí mismo como los individualismos que fragmentan el vínculo social, y contrapone a ambos lo que llama la cultura del encuentro. La disposición a reconocer valor en quien piensa distinto, frente a la cultura de los muros que solo sabe levantar fronteras entre nosotros y ellos. Ya antes, Benedicto XVI, había advertido contra el peligro de absolutizar una sola cosmovisión hasta el punto de no admitir ninguna otra como legítima, un riesgo que, aplicado al terreno político, es exactamente el que este ensayo describe: la conversión de una posición partidista en verdad total e indiscutible, ante la cual el distinto ya no es interlocutor, sino hereje.
Estos planteamientos no señalan que todas las posiciones sean equivalentes o que deba renunciarse a defender con convicción las propias ideas. Ni la filosofía de la alteridad ni la teología católica proponen un relativismo que diluya toda diferencia. Se puede, y probablemente se debe, discrepar con firmeza. Lo que ambas tradiciones rechazan es otra cosa. La pretensión de que esa discrepancia autoriza a negar al otro su condición de interlocutor válido, su rostro, su dignidad de persona. Recuperar esa distinción es, quizás, la tarea más urgente para cualquier sociedad que quiera seguir llamándose plural. Como recuerda la imagen del buen samaritano, la pregunta decisiva no es ¿quién piensa como yo?, sino ¿quién ha sido capaz de acercarse al que sufre, aunque fuera distinto, aunque fuera, incluso, su adversario declarado? Mientras el discurso público siga premiando la respuesta contraria, la radicalización seguirá avanzando, y con ella, el riesgo de que la política deje de ser el arte de convivir con el distinto para convertirse en la administración de su exclusión. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

