pancarta sol

Soledad Morillo Belloso: “Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador…”

 

Lo que hay que hacer hoy para que la historia de la próxima generación no sea un fracaso no es un listado de buenas intenciones: Es una faena dura, que exige manos firmes, ojos despiertos y una voluntad que no se deje doblegar. La historia futura no será un milagro ni una casualidad; será el resultado directo de cómo luchemos y cómo defendamos con coraje lo nuestro.

Hoy más que nunca hay que vivir con una ética que no negocie con la miseria moral. No se trata de heroísmos cinematográficos, sino de gestos constantes: no aplaudir lo torcido, no justificar lo mediocre, no acostumbrarse a lo inaceptable. La historia que los de la próxima generación leerán será la suma de nuestras pequeñas y grandes decisiones. Si hoy cedemos ante la corrupción, la estupidez, la indiferencia o la cobardía, mañana ellos heredarán un país que ya no sabrá distinguir entre lo correcto y lo conveniente.

Hoy hay que enseñar a los niños a pensar con la cabeza despierta y el corazón alerta. A desconfiar de lo que brilla demasiado. A leer el mundo con la misma atención con la que se lee un poema. A entender que la libertad no es un regalo sino una tarea ardua y constante. Si ellos crecen sin criterio, serán presa de cualquier relato ajeno. Y un país sin criterio es un país condenado a repetir sus errores como una mala obra de teatro.

Hoy hay que cuidar la memoria como se cuida una llama en medio del viento. No permitir que la reescriban los que necesitan justificar su poder. No permitir que la deformen los que prefieren un país amnésico. La memoria es el único mapa que evita que la próxima generación camine hacia el mismo abismo. Si la perdemos, ellos caminarán a ciegas.

Hoy hay que pelear contra la resignación, que es el veneno más eficaz. La resignación mata sin ruido. Se instala en la piel, en la voz, en la mirada. Y cuando se instala, ya no hay historia que valga la pena. Por eso hay que combatirla como se combate una enfermedad: con disciplina, con terquedad, con rabia sana. Porque si nos resignamos hoy, la próxima generación heredará un país sin pulso.

Y sí, hoy hay que sostener la alegría, que también es una forma de resistencia. No la alegría ingenua, sino la que nace de la convicción de que hay mucho que salvar. La alegría que se planta como un árbol en medio del incendio. La alegría que dice: “No nos han vencido y no nos vencerán”. Esa  será la luz que ellos encuentren cuando abran el libro de su propio tiempo.

Hoy hay que escribir. Escribir bien. Con precisión, con hondura, con la verdad desnuda. Escribir para que mañana no tengan que reconstruir lo que nosotros dejamos incompleto. Escribir para que sepan que hubo quienes pelearon con palabras inteligentes. Escribir para que entiendan que incluso en la noche más larga hubo quienes se negaron a apagar la luz.

Lo que hay que hacer hoy es simple y brutal: No fallarles. Porque si fallamos, la historia que ellos lean será una triste elegía. Pero si hacemos lo que corresponde, será una epopeya.

No, no padezco de ese optimismo bobo que se infla con aire prestado. Dios sabe que lo mío es un realismo sin cosméticos, sin filtros, sin la cursilería del autoengaño. Pero justamente ese realismo —crudo, directo, sin anestesia— es lo que me sostiene y me impide caer en el expediente más triste de todos: el conformismo, esa renuncia idiota que convierte a un país en un fracaso anunciado.

No me opongo a nuevos modelos de negocio; sería una estupidez pretender que el país avance con la cabeza enterrada en el siglo pasado. Lo que sí rechazo —sin matices, sin diplomacia, sin tibieza mediocre— es a quienes solo conciben a Venezuela como un burdel barato donde todo se vende y nada se respeta. Esa visión de cuarticos de lenocinio aplicados a la industria energética, a los suelos y a los subsuelos es más que inmoral e ilegal: Es una idiotez colosal, una traición vende patria vestida de emprendimiento.

No quiero que la próxima generación tenga que escribir en su partida de nacimiento “nací en un lupanar del norte de Suramérica”, un territorio profanado por bucaneros con colmillos afilados. Quiero que esos venezolanos de la generación por venir canten, en el ritmo que quieran o el que esté de moda: “Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador…”. Y que lo hagan con una voz orgullosa y espléndida.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Tradución »