Supongamos que, tras hacer algunas correcciones y sacar del juego a algunos indeseables, al fin cuaja ese nuevo andamiaje petrolero del que tanto se cacarea: Una maquinaria aceitada, sin mañas viejas ni trucos nuevos, capaz de soltar dólares como quien sacude un árbol de mangos maduros. Supongamos que por fin funciona, que produce, que rinde, que promete, que cumple.
Y supongamos también que el mercado petrolero sigue siendo lo que siempre ha sido: Un animal bravo, de esos que no se dejan amansar ni con rezos ni con caricias. A veces suelta plata como lluvia de mayo, generosa, fresca, bendita. Y a veces se pone seco, duro, cruel, como verano largo que raja la tierra y obliga a la gente a mirar al cielo buscando milagros.
Ya sabemos —porque lo hemos vivido en carne, historia y bolsillo— que cuando las vacas han estado gordas hemos gastado como si la fiesta fuera eterna: Estrenos, viajes, proyectos que nunca se terminan, promesas que se inflan como globos. Y cuando las vacas han estado flacas, hemos pasado más trabajo que el penado 14: contando lochas, recortando sueños, inventando soluciones con alambre y fe, sobreviviendo a punta de terquedad.
La pregunta queda flotando, como ese olor a diésel que se pega en la madrugada: ¿habremos aprendido algo? ¿O volveremos a caer en el mismo baile de siempre, ese canto de euforia y desastre que ya parece parte del ADN nacional? ¿Caeremos en el sempiterno “más de lo mismo”?
Porque la verdad es que el petróleo nunca ha sido solo petróleo. Ha sido un espejo. Y en ese espejo hemos visto, una y otra vez, nuestra dificultad para distinguir lo urgente de lo accesorio, lo que construye futuro de lo que apenas entretiene el presente. En los tiempos de bonanza confundimos riqueza con holgura, ingreso con estabilidad, abundancia con eternidad. Y en los tiempos de crisis descubrimos —a golpes, siempre a golpes— que las prioridades no se improvisan: se construyen con disciplina, con memoria, con instituciones que no dependan del humor del mercado ni del capricho del gobernante de turno.
Por eso la pregunta es, en realidad, un examen de conciencia nacional: ¿Seremos capaces de invertir en educación, en infraestructura, en institucionalidad, en diversificación económica? ¿O volveremos al delirio del despilfarro, a quemar los reales en lo que deslumbra pero no transforma? Nótese que escribo las preguntas en primera persona del plural (nosotros). Porque el petróleo es nuestro y el país, este, el que hemos tenido, el que tenemos, y el que tendremos es nuestro.
Que nos quede claro: La tragedia del negocio petrolero no es su volatilidad. Es nuestra amnesia. Y la esperanza —si es que queda alguna, y creo que sí— está en que esta vez la memoria gane la batalla.
El mercado petrolero enseña, sí. Pero enseña duro. Y nosotros hemos sido alumnos mediocres, repetidores, distraídos. La duda verdadera es si esta vez tendremos la madurez —y la memoria— para no volver a tropezar con el mismo barril.
Se habla de tutelaje. Tal palabra, tutelaje, en realidad, es tener los errores confundidos. Creer que alguien de afuera tiene que venir a decirnos cómo se hace lo que ya deberíamos saber hacer. Lo que cabe no es tutela sino asociación. Nosotros tenemos el petróleo, la experiencia, el conocimiento técnico, profesionales que saben de yacimientos, de ingeniería, de operación. Los socios tienen capital, tecnología, músculo financiero y ganas de hacer negocio. Entonces la asociación tiene que ser para que todos ganemos: Que ellos ganen por invertir y nosotros ganemos por producir riqueza, que es la única cura verdadera de la pobreza.
Ese es el reto.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

