Yo soy Soledad, Sol, Sole, como me quieran llamar. Viajo por las letras de otros y por las mías. Viajo como quien atraviesa un país sin mapas, guiada solo por la intuición, por la memoria, por la temperatura de cada palabra. Viajo porque en las letras —ajenas y propias— encuentro los caminos que la vida a veces me niega. Viajo porque allí, en ese territorio sin fronteras, puedo ser la que fui, la que soy y la que todavía no sé qué seré.
No soy una escritora exitosa, y qué alivio poder decirlo sin rubor. Nunca quise ese éxito que se mide en números, en aplausos veloces, en la ansiedad de gustar. Ese traje siempre me quedó mal: Me apretaba el pecho, me encorvaba la espalda, me exigía una forma que no era la mía. Yo aprendí a escribir desde otro lugar, desde la sombra que también es casa, desde una luz que no necesita escenario.
Quizás esa certeza nació en mis recorridos por el país, en las casas que fueron mías, en los silencios de Margarita, en los amaneceres del Sur del Lago, en los andares por Caracas y El Hatillo, en las voces familiares y de maestros que me enseñaron a mirar el mundo con rebeldía y ternura. Escribo desde allí: Desde mis pérdidas, desde mis fracasos, desde mis fogatas pequeñas, desde los pasillos donde la vida me obligó a escucharme.
Y escribo para alguien. Para ese lector que llega sin anunciarse, que abre la puerta de mis palabras como quien entra a una casa ajena y, aun así, se queda. Para ese lector que no conozco, pero cuya respiración imagino. Ese lector es el centro. Nadie es más importante que el lector. Sin él, mis textos serían solo un murmullo perdido.
Mis palabras no son invitaciones a un salón lleno de gente. Son puertas hacia un corredor silencioso. Quien entra camina solo, pero acompañado por la temperatura de mis letras. No ofrezco espejos perfectos: ofrezco reflejos temblorosos, como agua que vibra cuando alguien la roza. No ofrezco grietas que rompen: ofrezco ranuras que respiran, que dejan pasar un hilo de claridad. No ofrezco territorios marcados: Ofrezco un suelo vivo donde uno pueda descalzarse y sentir que algo —aunque sea mínimo, aunque sea íntimo— lo reconoce.
No busco celebraciones. Busco compañía. Busco que alguien encuentre en mis textos un calor inesperado, una brasa que resista el viento sin pretender convertirse en espectáculo. Si una sola persona siente que al leerme su intemperie se vuelve menos feroz, menos deshabitada, entonces estoy cumpliendo mi oficio.
Porque en este mundo que cada día suma más habitantes, la verdad desnuda es que cada día nos sentimos más solos. Y si mis palabras pueden acompañar a alguien en esa soledad, en esa intemperie, aunque sea por un instante, entonces todo lo que escribo —la sombra, la luz, la grieta, la brasa, el dolor, el amor, la rabia, la risa, el llanto— encuentra espacio. Y entonces mi vida tiene sentido y lo seguirá teniendo hasta el día en que ya no respire más.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

