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Soledad Morillo Belloso: Es justo, equitativo y saludable

 

Entiendo —o eso murmuran los reportes de prensa, siempre tan afectos al dramatismo de sobremesa— que misia Cilia anda con achaques y que, según sus abogados, ha decidido solicitar al tribunal de Brooklyn un pequeño upgrade penitenciario: Pasar de celda a sala, de barrotes a cortinas, de la rutina carcelaria al spa conceptual llamado “casa por cárcel”.

La verdad, no tengo ni la menor idea de si sus dolencias son tan graves como para que no puedan atenderla en el lugar donde está recluida. Que ese centro penitenciario sea peor que los sitios donde su gente —esa maquinaria que convirtió el sufrimiento en trámite administrativo— ha enterrado en vida a miles de venezolanos… Bueno, permítanme dudarlo con la calma de quien ya ha visto demasiados capítulos de esta serie.

Pero digamos que el juez, en un arrebato de compasión judicial, decide concederle la gracia. Que encuentra algún asidero legal, una grieta normativa, un párrafo olvidado en el sótano del derecho que le permita decir: “Sí, señora, váyase a una casita”.

Hasta ahí, todo dentro del guion.

Lo que me dejó pensando fue otra cosa: Dicen sus abogados que misia Cilia está dispuesta a entregar su pasaporte. Y aquí, como escritora, se me activa la alarma narrativa. Porque para entregar un pasaporte, hay que tenerlo. Y tenerlo implica que se lo llevó metido dentro del sostén en medio del torbellino de aquella madrugada de enero.

Imaginen ustedes la escena: soldados disfrazados de Ninja Turtles, armados hasta los dientes, el zaperoco monumental, y ella diciendo con la serenidad de quien va a regar las matas: “Un momentico, chamos, que voy a buscar mi pasaporte…”. Eso no es una escena: Es un género literario entero.

El juez, según leo, ha ordenado que los registros médicos de la señora sean sellados, confidenciales, ocultos al ojo público. A mí, francamente, me importa poco si perdió tres dientes, si tiene sabañones o si sufre angustias existenciales que la dejan al borde de un síncope. Y a Venezuela, a la Venezuela noble, le importa menos todavía. Así que lo de la confidencialidad, pues sobra. No hay curiosidad que satisfacer; El país ya tiene suficientes dramas propios.

Supongamos entonces que el juez, por la razón que sea, le concede la prisión domiciliaria. Yo solo quisiera pedirle a “your honor” dos cositas, dos nada más:

*Que en ese domicilio le corten la electricidad sin aviso por tres o cuatro horas diarias, incluyendo sábados, domingos y fiestas de guardar;

*Que el agua corriente llegue cada cuatro o cinco días, como llega en tantos hogares venezolanos.

Es justo, equitativo y saludable.

Un pequeño recordatorio del país que gracias a ella quedó convertido en cenefa desflecada.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM