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Soledad Morillo Belloso: De la realpolitik al realismo mágico

 

Esa es, quizá, la ruta torcida que algunos poderosos han decidido recorrer, como si caminaran por un puente colgante hecho de humo. Pero ni ellos ni nosotros, los que hoy habitamos este planeta fatigado, inventamos ninguna de las dos cosas.

La realpolitik nació de la crudeza inaugural de los Estados; El realismo mágico, de la necesidad latinoamericana de nombrar lo imposible para sobrevivirlo. Aun así, ciertos gobernantes de aquí y de allá —legales o ilegales, qué más da— están convencidos de que fueron ellos quienes las parieron, como si la historia fuera una incubadora privada. Creen que la realpolitik brotó de su astucia y que el realismo mágico emergió de su habilidad para torcer la realidad hasta que parezca un cuento contado por un ventrílocuo ebrio.

Lo que hacen, en verdad, es más simple y más peligroso: Confunden el poder con el relato, la gestión con la manipulación, la responsabilidad con el espectáculo. Creen que gobernar es producir espejismos, convertir la tragedia en entretenimiento, transformar la precariedad en una épica inventada. Y así, sin rubor, mezclan la frialdad estratégica con la fantasía delirante, como si Maquiavelo y García Márquez compartieran escritorio en un despacho donde la tinta es humo y las decisiones son caprichos.

La realpolitik, en su sentido más duro, exige cálculo, rigor, comprensión del tablero global. Pero algunos poderosos —maníacos del poder, más bien— la han reducido a un manual de supervivencia personal, una guía de bolsillo para mantenerse aferrados al sillón. Y al realismo mágico, que nació para revelar lo profundo de nuestra condición latinoamericana, lo han convertido en coartada: “Si todo es absurdo, nada es culpa nuestra”. Ese tránsito —del pragmatismo al encantamiento, del análisis a la fábula— no es inocente. Es un método. Un modo de gobernar desde la niebla, donde la mentira se disfraza de metáfora y la arbitrariedad se presenta como destino inevitable.

Y aquí estamos nosotros, ciudadanos sin utilería, obligados a vivir en esta mezcla tóxica: Una política que se justifica con cinismo y se narra con fantasía; Una política que se cree autora de teorías que no entiende y de mitologías que no respeta; Una política que pretende convencernos de que la realidad es negociable y la historia un borrador perpetuo que ellos pueden corregir con lápiz rojo cada madrugada.

Pero no. La realpolitik no es suya. El realismo mágico tampoco. Lo único que han inventado —y eso hay que reconocérselos— es esta patéticamente tragicomedia contemporánea en la que el poder actúa como si viviera dentro de una novela y el país como si fuera su escenario de utilería.

En esta lógica descabellada, la relación entre Estados Unidos y Venezuela se ha convertido en un laboratorio perfecto para observar cómo la geopolítica puede degenerar en fábula. Ambos actores, cada uno desde su orilla, se comportan como si hubieran descubierto un nuevo género literario: la diplomacia fantástica, donde los cables diplomáticos se escriben con plumas de pavo real y las decisiones se toman mirando espejos deformantes.

Washington, que suele operar desde la frialdad del interés nacional, ha dejado que su política hacia Venezuela se contamine con impulsos erráticos, presiones internas, intereses de nuevos ricos  y ciclos electorales que convierten cualquier decisión en espectáculo doméstico.

Caracas, la Caracas de un Miraflores sin legitimidad, ha reducido la realpolitik a un manual de supervivencia: resistir, sonreír, besuquear, acomodarse cuando es rentable para los bolsillos de unos pocos oportunistas. No hay estrategia de Estado; Hay estrategia de permanencia como garrapata. No hay tablero global; Hay tablero de control, una mesa chueca donde las fichas siempre caen del mismo lado.

Así, la relación bilateral se narra como si la lógica estuviera suspendida y la narrativa mandara. En Venezuela, la crisis se presenta como discurso de medio pelo, la precariedad como victoria moral, la negociación como triunfo épico, la dependencia de limosnas como soberanía absoluta. En Estados Unidos, la política hacia Venezuela se envuelve en promesas de presión “definitiva” que nunca es definitiva, aperturas “condicionadas” que jamás terminan de aclarar sus condiciones, y declaraciones de prioridad hemisférica que solo importan cuando conviene al calendario electoral.

Lo que debería ser una relación estratégica —energía, migración, seguridad regional, democracia— se ha transformado en un reality show donde cada gesto se calcula para la cámara, no para la historia. Washington anuncia alivios, advertencias disfrazadas de sonetos mal escritos y “últimas oportunidades” como si fueran episodios de temporada. Caracas responde con declaraciones arrodilladas y promesas de apertura que se evaporan con el sol. La política exterior se vuelve espectáculo; la tragedia se vuelve guion; la ciudadanía queda como audiencia cautiva, obligada a ver una serie que nunca termina y que nunca mejora.

Ese tránsito del pragmatismo al encantamiento no es casual: es un método compartido. Confusión como herramienta. Ambigüedad como estrategia. Relato como arma. Ambos gobiernos han descubierto que la niebla les es útil: Permite justificar lo injustificable, ocultar lo evidente y postergar lo impostergable.

Así las cosas, la relación Estados Unidos–Venezuela termina convertida en una payasada diplomática: un país que se narra a sí mismo como protagonista heroico, otro que se narra como árbitro moral del hemisferio, ambos actuando como si vivieran en una novela donde la realidad es negociable y la historia puede reescribirse cada semana.

En medio de todo este despiporre, la Asamblea Nacional fantoche —esa comparsa de utilería que finge solemnidad— se pone su mejor traje de poliéster brillante para debatir, con voz engolada y gesto de prócer de opereta, una ley sobre los grandes felinos. Allí están, muy serios, muy circunspectos, hablando de jaguares y pumas como si el país no fuera un incendio y como si ellos no fueran los bomberos sin agua que llegaron con gasolina. “Así están las cosas”, diría Óscar Yanes, con ese tono resignado que mezcla ironía, cansancio y la certeza de que, en esta tierra, la realidad siempre supera al absurdo.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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