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Rafael Fauquié: El juego, el arte, la vida II

 

En el caso de la escritura -o lo que es lo mismo: el juego de las palabras- se trataría de resolver un rompecabezas donde dibujos verbales reúnan certeramente memorias, visiones y argumentos.

En ese juego no hay nada escrito. Cada jugador decide su manera de jugarlo y de entenderlo: como refugio o como reto, como asidero o como incierta aventura, como concordia o como refutación, como reconciliador hallazgo o como búsqueda atormentada…

Al igual que el juego de la vida, el de las palabras está hecho de opciones, propósitos, esfuerzos, ilusiones, conclusiones, reinicios… Todo haciéndose itinerario, construcción, estilo… plasticidad de un ser humano viviendo y expresándose.

Cualquier razón pudiera relacionarse con el juego de las palabras. Existen tantas razones para él como escritores existen. Cada uno buscará dar rienda suelta a su necesidad de decir. A veces, puede que todo haya comenzado como una rutina cultivada lenta y trabajosamente que, poco a poco, terminó haciéndose costumbre indispensable: una necesidad tanto como un deleite, una pulsión tanto como una obligación impuesta. Es posible también que el autor nunca haya ignorado que su destino sería literario porque siempre existieron en él mundos de fantasía que precisaban ser descritos; universos donde todos los rostros, los actos y los escenarios pugnaban por nacer. O es probable que el ser de palabras escriba como un reconstruirse en el reordenamiento de experiencias evocadas, una manera de conjurar demasiado sinsentido revoloteando alrededor de sus días. O que escriba como una manera de relacionarse consigo mismo y con su tiempo, acaso una justificación de su habitar en el mundo desde ciertos propósitos muy lentamente descubiertos, siempre cercanos a su más íntima singularidad. O, es posible que escriba por una escueta y práctica necesidad de ganar dinero; y que, gracias a su habilidad para contar historias, lo haga puntualmente, cumpliendo con plazos y pedidos…

En todo ser de palabras existe un propósito de decir y una manera de hacerlo. Varían las intenciones y varían los resultados; pero permanece, inalterable, la necesidad de escribir. Los temas que escoja lo señalan. Y, a su vez, él se identifica con sus temas. Se parece a sus obsesiones, que es lo mismo que decir que se parece a sus voces. Escribir significará escoger lo que quiere decir y la manera de hacerlo. Por supuesto, callará siempre más, mucho más, infinitamente más de lo que diga. Pero habrá siempre un equilibrio entre lo que diga y lo que silencie. Y esa opción lo identificará. Sin embargo, nunca será posible el silencio dentro del mundo interior de un ser de palabras. Su escritura será un conjuro contra ese silencio que jamás podría adueñarse de su alma.